La época de los galácticos me pilló siendo un adolescente demasiado permeable a las opiniones de los demás. Cuando digo los demás me refiero a los que no eran del Madrid, cuyos dedos acusadores por todo lo que gastaba el club en los mejores jugadores del mundo me obligaban a caminar arrastrando los pies y con la mirada baja, pidiendo perdón por todos los bancos que había atracado Florentino Pérez para poder pagar semejantes millonadas. O de eso me intentaban convencer, y yo me dejaba.

Pero también había un prejuicio interno que rechazaba tanto tufo a fiesta en casa de Isabel Preysler. El Madrid que yo había visto hasta entonces había tenido grandes jugadores, pero no de ese nivel de coleccionistas de Balones de Oro. Para alguien que se había criado escuchando que el madridismo era luchar hasta el final, aquella política del lujo suponía una invasión sospechosa, como si esos grandes jugadores no fueran capaces de dejarse hasta la última gota de perfume sudada en el campo. 

Yo entonces no comprendía nada, algo propio de la edad, tampoco que aquella estrategia era precisamente la que había hecho grande al Madrid. Di Stéfano lo explicaba muy bien: “Cada vez que Bernabéu agarraba plata la convertía en cemento para hacer más plata, y luego fichaba a otro gran jugador para llevar más gente, y con lo que volvía a ganar agrandaba el estadio, y así siempre”. En este caso, Florentino convirtió el mundo entero en un estadio madridista, con aquellas giras asiáticas que tanto dinero reportaron al club y tan poco entrenamiento para lo que se supone que debía hacer un equipo de fútbol por encima de todo: jugar.

Disfruté de aquel equipo o, mejor dicho, de aquellos jugadores, pero no me sentía identificado con ninguno. Pensaba que no eran de los nuestros, pero me equivoqué. Con el tiempo entendí que uno puede hacerse madridista a los 29 años, edad a la que se vuelve a ser niño si es la primera vez que se viste la camiseta del Real Madrid. Como le ocurrió a Zidane. Esto lo vi bastante tarde: ni siquiera cuando ganaba las Champions, sino cuando decidió volver a sentarse en el banquillo blanco. No te enfades con quien falte a la boda, sino con quien falle al entierro. 

Zidane decidió poner en riesgo su prestigio imposible de remedar en una muestra de amor con la que me ganó para siempre. Ya había visto algunas de sus virtudes durante sus dos años y medio previos, como convencer a Cristiano de que debía sacrificar goles cotidianos para llegar bien arreglado a la cita de los goles decisivos, o la impecable imagen que ofrece como entrenador-embajador del club, pero es cierto que caí en el error de creer que su pizarra era de juguete y que en el fútbol de hoy las flechas corren más que las piernas.

El francés me ha enseñado a valorar que lo más importante en el fútbol es convencer al talento de que trabaje, porque al trabajo no se le puede enseñar a ser más talentoso. Cada vez que Zidane ha estado discutido sus jugadores han corrido a sacarle del incendio, y aquí radica el mayor secreto de su éxito: sus futbolistas matarían por él, incluso después de varias temporadas juntos, y eso es la primera vez que sucede en un club donde el entrenador está acostumbrado a ser mirado por encima del hombro tanto desde el césped como desde los despachos. Mourinho tuvo al principio un impacto parecido, todos le seguían, pero se descubrió que era un embaucador, al contrario que Zidane, un embelesador al que siguen (seguimos) por sus encantos naturales y no por conveniencia. Aunque sea de manera retroactiva en algunos casos. Hasta su gol en la Novena me parece más bonito ahora.

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