Se presentaba el Barcelona en un desierto Wizink Center con más urgencias de las que la clasificación señalaba, tras una semana tormentosa para olvidar. El Madrid, un punto displicente y con declaraciones evasivas en la previa —quizás con la vista puesta en el encuentro en Estambul del martes—, no parecía obsesionado con la posibilidad de una estocada en el ánimo azulgrana. El desenlace del Clásico ratificó aquello de que la vida, en algunas ocasiones, es una cuestión de actitud.

No debe colegirse de lo anterior que los blancos entregaron la cuchara fácilmente. El Madrid comenzó ordenado, atacando el lado débil culé con un afilado Causeur —incomprensiblemente condenado al ostracismo tras un gran primer cuarto—. Por su parte el FCB se aglutinó en torno a Mirotic, que asumió galones y solventó con facilidad los esforzados intentos de Garuba para defenderlo. Usman acabó en el banquillo con evidente frustración, aunque su moral debe permanecer intacta: tampoco Deck ni el resto de parejas fueron capaces de desactivar al montenegrino. El Barça compensó la falta de Davies con un denuedo impresionante en el rebote ofensivo, que poco a poco constituyó una muerte lenta para los madridistas.

Los buques insignias de la flota merengue naufragaron. Un errático Tavares, que llegó a fallar la friolera de tres mates con la pelota besando la red, tuvo minutos de descanso que pobremente aprovechó un superado Thompkins. En los duelos exteriores Higgins devoraba a Abalde y Rudy, posiblemente aquejado de sus sempiternas molestias en la espalda, fallaba los triples con estrépito, casi como si los lanzase con catapulta. Distintas rachas de puntos de Llull o Carroll permitieron, eso sí, mantener el electrónico igualado hasta el último período.

No obstante, a falta de diez minutos Jasikevicius ordenó apretar los dientes y la intensidad de los barcelonistas se elevó varios peldaños, cerrando los caminos al aro. El Madrid se resistía a morir pero cada posesión era un parto, y con cada rebote que Oriola, Smits, el propio Mirotic o incluso un meritorio Pustovyi arrancaban de las manos blancas, las opciones se reducían. Tras un parcial que estiró la ventaja culé hasta los doce puntos, una reacción de orgullo dejó a los de Laso solo a cuatro en el marcador (80-84). Fue nadar para morir en la orilla: un tapón de Nikola redondeó su colosal actuación para cerrar el partido y señalar a Laprovittola. De manera injusta, puesto que el base argentino estuvo correcto. Mas para su desgracia, su característica parsimonia al dirigir, opuesta al estilo tradicional de los últimos años, lo convierte siempre en perpetuo sospechoso.

El Barcelona se marchó de la capital con una victoria de importancia relativa en lo material y fundamental en lo emocional. Se vio necesitado, quiso y pudo: no hay receta mejor para disipar las dudas. Dudas que, pese a todo, no parecen afectar de momento a un estoico Madrid. Acaso, una vez cerrado el fichaje del añorado pívot, se halle centrado en la única incertidumbre decisiva para el 2021: si el compañero que debe complementar durante el resto de la temporada las intermitencias de Lapro ha de ser de Mahón, de Zaragoza… O de Béziers.    

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