Quien fue niño en los años 70 conoce la textura de los pantalones de franela. Picaban. No sé decir si eran ásperos, toscos o nuestras piernas infantiles demasiado delicadas, pero el hecho es que rascaban como la lija. En los días más terribles, los pantalones de franela se acompañaban de picosos jerséis de lana y de abrigos de paño con botones en forma de colmillo de jabalí. Y de un verdugo. No creo equivocarme mucho si digo que jugar contra el Granada produce las mismas sensaciones: picor, asfixia, pulsiones suicidas.

Durante 45 minutos, el Granada fue un traje de franela sin ropa interior. Parecía imposible que el Real Madrid pudiera sobreponerse a su presión, a su defensa y a su energía. Con Modric en la grada y Kroos muy vigilado, el juego dependía de la imaginación (poca) de Casemiro. No había conexión con la línea de ataque (léase Benzema) y para colmo de males Rodrygo cayó lesionado a la media hora, justo en su mejor jugada. Hay noches que es mejor no salir de casa, pregunten a Griffin Dunne.

El Granada había tenido su mejor ocasión en el primer minuto. En carrera hacia un balón que gritaba cómeme, desguarnecida la defensa y aterrado Courtois, Antonio Puertas cometió el error de pensar. No importa en qué, pero pensó. Y está prohibido. En el fútbol y en otras actividades lúdico festivas hay que actuar primero y pensar después. El mundo está lleno de cobras por reflexiones superfluas.

Con todo, el Granada hizo algo más que mantener el pulso al encuentro: dictó las normas. Se jugó a lo que había planeado. Correcto. A envolver el partido con franela.

Lo que sucedió en los respectivos vestuarios durante el descanso es lo que alteró la trama. Debió ser mejor el discurso de Zidane (tres o cuatro palabras, pero persuasivas) o tal vez Diego Martínez dejó entrever un punto de optimismo que relajó a los suyos. El caso es que el Madrid metió una marcha más y en un minuto (del 55 al 56) encadenó una espuela de Asensio al palo, un tiro de Valverde claro, un remate Benzema obvio y por fin un cabezazo de Casemiro, que se merendó a Vallejo en el salto. Eso es lo que se llama un gol por insistencia (también se dan besos así). La jugada, por cierto, fue una doble reivindicación. En primer lugar de Asensio, futbolista que pone a prueba la fe de los más fieles. En segundo lugar, de Casemiro, un jugador primitivo en la circulación pero fundamental en la contención y en la llegada.

El Granada no se repuso del golpe. Lo intentó, nadie arrojó la toalla, pero el equipo entero se puso a pensar en la oportunidad perdida, en la pendiente de la cuesta y en la noche gélida. En definitiva, en la franela.

2 Comentarios

  1. Ah, los malditos pantalones de franela. El compromiso era llevar los del pijama (los de verano) debajo, a modo de forro. Pero aún así…

    Además de los verdugos existían los jerséis de cuello vuelto. Muy pronto me negué a usarlos y sigo sin acercarme a tal prenda.

    Y si jugar contra el Granada es como la franela, ver al Madrid en días como este es tan incomodo como el maldito jersey de cuello vuelto. La diferencia es que sigo siendo del Madrid, posiblemente desde el día que decidí no usar cuello vuelto.

  2. Solo pensarlo produce sarpullidos:franela sin ropa interior.Qué crueldad,Trueba,qué crueldad.
    En casa decían pasamontañas,verdugo era un sustantivo inquietante.Como ver a este madrid,totalmente de acuerdo.Uno tiene la sensación de estar a punto de presenciar una recaída,pero escapamos como Houdini.Un número emocionante,pero malo para la salud.

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