El partido estaba tan a merced del Real Madrid que resultaba incluso un poco ruborizante. El equipo de Zidane lo dominaba todo. Apenas había sufrido para sacudirse la presión inicial del Elche y el gol de Modric confirmaba el pronóstico, victoria plácida. Poco antes, Marcelo, convertido en nueve, había disparado con la derecha al travesaño para hacernos ver que el fútbol es un acertijo envuelto un misterio dentro de un enigma (así definió Churchill la política rusa en 1939 y se quedó corto). En plena exhibición, llegamos a pensar que al juego del Madrid sólo le faltaba música (marcha Radetzky, concretamente), pero nos volvimos a equivocar: también le faltaba gol, otro más. Cuando el Elche se marchó al vestuario sólo se podía agarrar a una esperanza mínima: el marcador. A esas alturas costaba mucho imaginar cómo podía hacer el gol del empate. El equipo apenas llegaba y cuando se aproximaba elegía mal. Rigoni, muy activo, no tuvo una idea buena; Lucas Boyé es un delantero excelente si pasamos por alto que no marca goles (seis en su mejor temporada).

Con semejante panorama, el Elche necesitaba una ayuda exterior, humana o divina. Y la tuvo: Carvajal cometió penalti sobre Barragán. El agarrón fue indiscutible aunque será discutido porque todo se pone en duda a partir de un error anterior o posterior, siempre existe uno. Lo que cuesta entender es la acción de un defensa tan veterano. Supongo que fueron las pulsaciones, o quizá una afrenta anterior o tal vez un momento de enajenación transitoria, todos los sufrimos (miren Twitter). Lo cierto es que aquello fue un tiro al pie del equipo que ganaba la carrera.  

No creo que el Real Madrid se achicara por el empate, pero tengo claro que el Elche se agigantó. Estiró líneas y dejó de tener miedo. Ni siquiera las paradas de su portero (Badía evitó un par de goles claros) le hicieron temblar. Hasta creyó en la victoria y la buscó como si la mereciera. Verdú la rondó con un tiro libre casi sobre la bocina.

El tropiezo del Madrid es incuestionable, más aún sin pensamos que venía de ganar seis partidos seguidos. Sin embargo, nada cambia en esencia. Esta temporada, el equipo es un perseguidor. Del Atlético en la Liga, pero de sí mismo todo el tiempo. Y muchas veces se encuentra. Y quien no vea suficientes razones para ser optimista sólo tiene que contar las horas que faltan para que termine el 2020. Imposible no sonreír entonces.

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