El Real Madrid borró al Atlético del campo, y según tecleo noto que algunas teclas presentan cierta resistencia a componer la frase, como si fueran del Atleti o no hubieran visto el partido. No se lo reprocho. Cuesta creer que un equipo tan férreo, tan bien programado, sea aniquilado sin que medie un accidente. Y no lo hubo, al menos como solemos entender los accidentes: un poco de mala suerte, un mal árbitro, quizá un gol inexplicable. La única explicación reside en el Real Madrid, y más concretamente en su transformación de gusano a mariposa en apenas quince días. Después de perder contra el Alavés a Zidane se le preguntó si pensaba dimitir. Algunos lo tomaron como una pregunta ofensiva, pero en realidad era piadosa. Se trataba de evitar que sufriera. En el horizonte asomaban el Sevilla, el Moenchengladbach y el Atlético. Liga y Champions colgando de un hilo. Ahora no hay quien descarte al Madrid como candidato para la Liga y en Europa ya veremos. Ahora no hay quien le discuta el dibujo a Zidane, ni su apuesta por los veteranos. Ahora, de pronto, la plantilla del Atlético no parece tan esplendorosa. Comienza un libro nuevo, página en blanco.

A quien piense que un triunfo no significa nada, o que no es suficiente para declarar el estado de optimismo, le recordaré que son dos triunfos los que han elevado al Madrid, lo que reduce las posibilidades de que nos encontremos ante un arrebato aislado de inspiración, ya son dos en cuatro días. El Madrid que venció al Atleti es el mismo que se lució en Champions y con idénticos argumentos. Si presiono más y mejor, gano. Si Modric y Kroos entran en juego, gano. Si Ramos y Benzema están a su nivel, gano. No son condiciones excluyentes. Se necesitan unas a otras para que el equipo se sobreponga a las debilidades conocidas, y no es momento de enumerarlas. Es momento, más bien, de descubrirse ante el entrenador que ha recuperado a un grupo sin confianza, ya sea por la fidelidad que le profesan los jugadores, por sus discursos motivadores o por la flor carnívora que le adorna. El caso es que el Madrid ha vuelto a tiempo para mostrar la mejor de sus versiones. No lo recuerdo tan comprometido en el esfuerzo, ni tan armonizado en la presión, ni así de presionante cumplido el minuto 80, ni tan seguro con la pelota.

Es verdad que el equilibrio es inestable. Cualquier percance que sufran Ramos, Modric, Kroos o Benzema amenazará la excelencia de los últimos partidos. El cansancio también podría pasar factura. El equipo corre más que nunca, con Lucas Vázquez en el papel de fondista etíope. Y si jugadores de talento son capaces de igualar en entrega a equipos más esforzados, pocos rivales dan miedo. 

Supongo que al Atlético se le habrán resquebrajado algunas de las certezas de los últimos meses. Luis Suárez jugó en la posición teórica de exdelantero. Joao Félix fue sustituido cuando parecía el único capaz de encontrar un camino. El mediocampo fue desbordado por la presión madridista. Lemar fue de lo mejor del equipo… El primer gol del Madrid llegó tras un córner, el segundo por no atender a la segunda jugada. Debe doler que te ganen por juego, pero más aún que te venzan por cholismo.

La foto no es fija. A partir del lunes se le irán borrando los contornos, pero todavía es brillante y nítida. El Madrid sonríe y los demás no. Así empieza el libro.

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