El fútbol siempre estuvo ahí en el Parque Tadsim Gezi de Estambul. Situado en el distrito de Beyoglu en la ribera occidental de la ciudad que une dos continentes, la parte central del parque sirvió de improvisado campo de fútbol cuando la Selección de Turquía daba sus primeros pasos allá por 1921. Allí debutaron también los otomanos frente a Rumanía, un 23 de febrero de 1923 en el primer encuentro oficial que disputaban los de la media luna y la estrella. Y allí se reunieron casi un siglo después, en mayo de 2013, los ultras del Fenerbache, del Galatasaray y del Besiktas, para hacer frente común pero esta vez sin balón de por medio. Los aficionados, irreconciliables en lo deportivo, se sumaron a la ola de protestas que agitaban la ciudad. El motivo inicial era el desalojo del parque Gezi en el que se iba a reconstruir el histórico y original cuartel militar, así como un moderno centro comercial. Aunque detrás de aquellas protestas también se escondía un cierto descontento con el creciente autoritarismo gubernamental, cada vez más preocupado por restringir las libertades de expresión, de prensa y de reunión. Recep Tayyip Erdogan era el presidente turco y tomó buena nota de lo que esos días sus adversarios políticos y deportivos reclamaban.

Lo que comenzó como una protesta ecologista se transformó en un movimiento que, alimentado por los aficionados más radicales de los principales equipos de Estambul, trascendió a todo el país. La violencia en los enfrentamientos con la policía fue aumentando a medida que los grupos ultras ganaban protagonismo en la protesta. Al fin y al cabo estaban acostumbrados a combatir contra ellos. Por primera vez en la historia las águilas negras del Besiktas, los canarios amarillos del Fenerbache y los leones del Galatasaray se mezclaron en las calles de Estambul bajo el nombre de Istanbul United, provocando un antes y un después en la relación de estas tres aficiones que quedó inmortalizado en el documental que lleva el mismo nombre.

El saldo de víctimas se elevó hasta los once muertos y más de 8.000 heridos, aunque Gezi se salvó. El gobierno de Erdogan se comprometió a mantener el parque intacto, tal y como cuentan Jordi Brescó y Pau Riera en su maravilloso libro Rivalidades Crónicas. Pero el presidente turco no olvidó la afrenta. Y desde entonces retorció aún más sus políticas. No solo incrementó las restricciones en las redes sociales o en el acceso a internet, también prohibió manifestaciones y cambió el sistema de representación parlamentaria por uno presidencialista. Incluso el Golpe de Estado fallido de 2016 reforzó el mensaje de Erdogan: La centralización del poder era más necesaria que nunca.

Y el presidente, presto a pasar facturas, tampoco se olvidó de la cuota futbolística de unas protestas en que los enemigos más encarnizados se habían aliado para presentarle batalla. Fue entonces cuando Erdogan decidió vengarse desde el terreno de juego. Un equipo recién ascendido del extrarradio de Estambul iba a ser su particular Caballo de Troya.

Un club fantasma, un barrio residencial

Hay que retroceder hasta 1990 para encontrar el origen del Istanbul Basaksehir. El club de fútbol fue lo primero que llegó al barrio. Allí se fundó el modesto ISKI SK, un equipo vinculado a la compañía de agua de Estambul y que solo un año después pasó a llamarse Istanbul Büyüksehir Belediyespor. Para entonces las grúas de construcción gobernaban el paisaje, mientras los edificios y el propio barrio iban creciendo poco a poco. Detrás de esos bloques de pisos y urbanizaciones estaba el propio alcalde de Estambul, cuyo propósito era crear un barrio en el que se aglutinaran los habitantes de ideología conservadora próxima al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco). El alcalde de Estambul en 1990 era Recep Tayyip Erdogan, hoy líder del partido.

El distrito de Basaksehir no ha parado de crecer desde entonces y hoy alberga a alrededor de 400.000 habitantes. “La razón más importante para quienes compran un piso en Basaksehir es el sentimiento de pertenencia a un lugar que tiene una identidad conservadora y la voluntad de crear una comunidad alrededor de estos valores religiosos”, asegura la académica Selin Gürgün en su tesis sobre el barrio. Un barrio en el que las calles tienen nombres de políticos, poetas e incluso intelectuales con convicciones islámicas. De hecho las mujeres se cubren con velo y está prohibido pasear a perros por los parques o montar en bicicleta.

Los colores del AKP, naranja, azul y blanco, son los mismos que luce el Istanbul Basaksehir que adquirió en 2014 esa denominación, cuando los tentáculos de Erdogan se extendían ya hasta la presidencia. En la poltrona encontramos a Goksel Gumusdag, otro miembro del AKP con lazos familiares con Erdogan. Gumusdag está casado con una sobrina de la esposa del líder turco. En el palco del Fatih Terim bien se podría montar un consejo de ministros, pues en la junta directiva encontramos al titular de Cultura y Turismo, Mehmet Ersoy o al de Sanidad, Fahrettin Koca, y varios concejales del ayuntamiento de Estambul. 2014 fue el año clave en la historia reciente del club. Ese año, con el ascenso a Primera en el bolsillo el club se privatizó, siendo adquirido por empresas próximas al Gobierno. El siguiente paso fue la construcción de un nuevo estadio, el Basksehir Fatih Terim Stadium, nombrado así en honor del laureado técnico Fatih Terim, hoy entrenador del Galatasaray. A la inauguración, celebrada el 26 de julio de 2014, asistió el presidente turco que no dudó en calzarse las botas y ponerse la zamarra de su club para saltar al césped. Para que la fiesta fuera completa marcó un hat-trick y la camiseta que lució ese día, con el 12 a la espalda, está retirada por el club y nadie la puede vestir.

Erdogan en la inauguración del Fatih Terim Stadium vistiendo la camiseta del Basaksehir.

Tras los goles de Erdogan llegaron los de Adebayor, Robinho o Arda Turan, fichajes a base de talonario que buscaban elevar el nivel y la exigencia del club. Aunque ni siquiera la presencia de esos galácticos de Serie B lograron paliar la principal carencia con la que sigue encontrándose el club, la falta de tirón en la grada. Las 17.801 butacas del Fatih Terim no se llenan ni en los compromisos europeos. Y es que la masa social no ha acompañado el crecimiento exponencial del club. Los pocos que acuden, en torno a 2.500 antes de la llegada de la pandemia, se agrupan bajo el colectivo ‘1453’, una cifra con significado pues recuerda la fecha de la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos. Entre los patrocinadores y sponsors del Istanbul Basaksehir sobresalen empresas como Turkish Airlines, Burger King, DenizBank o el consorcio de sanidad Medipol.

Ya en su primera temporada tras el regreso a la élite se convirtieron en la revelación del campeonato, con un cuarto puesto (2014-2015). La gloria la acariciaron en 2017 y 2019 con sendos subcampeonatos y finalmente fue la pasada temporada cuando se alzaron con la Superliga turca, y de alguna manera Erdogan pudo cumplir su venganza. Y es que en los últimos 35 años solo el Bursaspor, en la temporada 2009-2010 había sido capaz de arrebatar una Liga turca al Fenerbache, Besiktas o Galatasaray, los tres gigantes de Estambul y del fútbol turco. Desde el extrarradio de la ciudad se cuela ahora el Basaksehir, al abrigo de un Erdogan que entendió hace tiempo que el fútbol y la política pueden conformar un tándem ganador.

Erdogan, futbolista frustrado

La relación de Erdogan con el fútbol arranca en la infancia. Al pequeño Recep le encantaba el balón y desde niño se mostró como un apasionado. Aseguran, incluso, que no se le daba nada mal. De hecho, el Fenerbache se interesó por él y quiso hacerle una prueba, pero entonces se encontró con la negativa de su padre, un conservador islamista que no quería que su hijo se convirtiera en un simple futbolista. Pero Erdogan encontró atajos para seguir practicando su deporte favorito. En su juventud jugó en ligas amateur, aunque para entonces el fútbol era solo un entretenimiento con el que despejarse de su exigente jornada política. Ahora con el Istanbul Basaksehir como altavoz aspira a difundir su mensaje islamista en unas gradas demasiado vacías para poder ganar votos.

Por eso el incidente racista desencadenado en París en el partido de Champions League que enfrentaba al Paris Saint Germain y al Basaksehir ha sido hábilmente utilizado por Erdogan para ganar presencia en los medios internacionales y relanzar la idea de la persecución a todo lo islámico en occidente. “Este enfoque es imperdonable, una nueva expresión de la posición racista de los últimos tiempos de Francia”. No es la primera vez que Erdogan lanza reproches al Eliseo y a Emmanuel Macron, uno de sus enemigos irreconciliables, al que recientemente le recomendó ir a una «terapia mental» y le ha acusado de forma reiterada de islamofobia. Poco ha importado al líder turco que el comentario racista que desencadenó la ira de Demba Ba y del resto de integrantes del Basaksehir fuera pronunciado por un cuarto árbitro de nacionalidad rumana o que el propio PSG secundara la protesta de los turcos y se marcharan del terreno de juego. Erdogan sabe que para ganar, en el césped o en las urnas, lo primero que hay que crearse es un enemigo. En el parque Gezi de Estambul lo saben bien.

Erdogan en el palco del Fatih Terim en un encuentro de Europa League entre Istanbul Basaksehir y AS Roma en noviembre de 2019. CordonPress.

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