El último clásico europeo en el Wizink Center entre el Madrid y el Maccabi fue tan parejo que hubo de decidirlo Carroll con un triple a escasos segundos del final. Quizá espoleados por el recuerdo del sufrimiento ante el enemigo, acaso motivados por tener enfrente a Zizic —quien tuvo un pie y medio en la entidad madridista el pasado verano  para en el último instante acabar volando a Israel—, o tal vez dispuestos a dejar un buen sabor de boca a Campazzo en sus partidos de despedida, los blancos saltaron al parqué con la determinación de las grandes citas, esa que tanto se ha echado de menos en el inicio de temporada.

El arreón inicial merengue se vio favorecido por la cantidad de espacios concedidos por los macabeos, con una defensa bastante discutible. Su acostumbrado líder, Wilbekin, fue anulado sin paliativos en la primera mitad por Campazzo y Llull. En la pintura, Zizic, a pesar de sus diez puntos al descanso, se vio intimidado por los centímetros de Tavares y por la rapidez de manos de Garuba. El acierto exterior del Madrid aportó un cojín de puntos, acompañado de las asistencias que Facundo regalaba al poste a su compatriota Deck, felizmente recuperado de su lesión. Por el contrario, el aro escupía una y otra vez los tiros de tres del Maccabi, permitiendo cierta comodidad inesperada en el electrónico.

Tras la reanudación, Wilbekin quiso echarse el equipo a la espalda y trató de cambiar la tendencia del encuentro con ocho puntos consecutivos. Sin embargo, en el baloncesto y en la vida hay momentos cruciales a partir de los cuales se desbaratan las ilusiones de los incautos; Tavares es un experto al respecto. En la siguiente penetración de Scottie el caboverdiano fue implacable: violento tapón contra el tablero que dejó por los suelos al base rival, inmediatamente mandado al banquillo no se sabe si más por golpe en el tobillo o en el alma.

A continuación, los Bender, Dorsey, Hunter o Bryant lanzaron sucesivamente con expresión apocada, casi sin convicción, errando canastas fáciles y cavando su propia tumba. Randolph, recuperado para la causa blanca, engordaba sus estadísticas y abrazaba los rebotes sin apenas esfuerzo, corriendo al contraataque con la ligereza del que se sabe por encima. Los dieciséis puntos de diferencia al final apenas hacen justicia a dos conjuntos mucho más distanciados sobre la pista. El partido tuvo tan poca historia que los periodistas recurrieron de nuevo al hueso de la marcha de Campazzo, que esquivó con media sonrisa la manida cuestión, por desgracia ya respondida con la elocuencia que ofrecen los silencios. El argentino evitó erigirse de nuevo como protagonista, a pesar de sus doce asistencias. No en vano Juan Marsé fue un gran escritor, pero los homenajes perpetuos agotan a cualquiera.    

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