La marcha de Facundo Campazzo del Real Madrid constituye una espada de Damocles perpetua sobre la temporada del equipo blanco. No solo por el vacío que ha de dejar su partida, sino por los devastadores efectos en el presente. El base argentino, probablemente deshojando con ansiedad el calendario, ha dejado atrás su regularidad intensa —pilar básico en torno al que se ha construido el Madrid post-Sergios y post-Doncic— para únicamente aparecer con chispazos puntuales a lo largo de los encuentros. Deslumbrantes, aún capaces de arrebatarle un título a un gran Barcelona, pero irritantemente intermitentes. Un poco como el personaje de la novela de Marsé, contemporizando con los objetivos que considera se le han quedado pequeños, ilusionado con alcanzar cotas más elevadas; de vez en cuando una ráfaga de orgullo esporádica lo hace conectarse de nuevo, si bien nunca demasiado tiempo. El Madrid sería así homologable a Maruja, mientras que el oropel de la NBA, a Teresa. Cualquiera que haya terminado el libro no puede pues hacerse demasiadas ilusiones con el desarrollo del año merengue, aunque también es cierto que el deporte siempre deja una página extra en blanco.

El inicio del partido en Belgrado ofreció una dificultad añadida: no se cumplieron dos minutos cuando Tavares tuvo que ser mandado al banquillo, lastrado por dos faltas personales. Con su ausencia, el Estrella Roja se encontró mucho más liberado, defendiendo más cómodamente a Thompkins y a Randolph y amagando con penetrar antes de castigar por fuera, singularmente con Loyd. Laso movió ficha e introdujo en la pista las ganas de Garuba y a un acertado Carroll, maquillando de esta forma un mal primer cuarto. Sin embargo, la aparición de Laprovittola en el segundo período no permitió camuflajes: un horroroso parcial desnudó las carencias en la dirección de juego cuando Campazzo desaparece del parqué. Triples y más triples como solución, acaso algún balón al poste para Deck o Thompkins. Y el constante recuerdo del abismo al que asomarse en la posición de base.

No obstante, tras el descanso el Madrid se puso serio. El gigante caboverdiano regresó y todos los canales interiores que Walden, Davidovac y O’Bryant habían explotado se cerraron de repente. Perdida esa alternativa, también se redujo el porcentaje balcánico en el tiro de tres. La inteligencia defensiva de Rudy, el acierto desde el perímetro de Thompkins —habitual— y Randolph —menos esperable últimamente, y por lo tanto más esperanzador en términos de rendimiento de la plantilla— y la abnegación de Llull para aguantar las carreras de Loyd permitieron abrir una pequeña brecha. Todo bajo la batuta del Facu, que alternaba faltas de concentración con asistencias excelentes. Los serbios se vieron zarandeados, y solo un arbitraje desastroso —casero, pero por encima de todo errático— consiguió colocarlos momentáneamente un punto por encima en el último cuarto. La entereza mental de los madridistas, desterrada la fragilidad frecuente de sus inicios de temporada, les impidió caer en la desesperación y, reconfortados por la intimidación de Tavares, persistieron en el juego abierto hasta alcanzar la victoria.

Sin embargo, con el silbido final el realizador apuntó a los rostros de los jugadores y el cuerpo técnico, y las expresiones irradiaban más laconismo que euforia. Como si el próximo devenir del equipo subrayase una condición de provisionalidad que impidiera desembarazarse del cortoplacismo. Este Madrid oscila entre la supervivencia y la nostalgia anticipada. Quién podría reprochárselo: el Pijoaparte Campazzo, carismático, pícaro, estético y genial habría enamorado a cualquiera. La sensación de orfandad resultará inevitable, de modo que habrá que exprimir su estancia hasta el final y, después, el lasismo tendrá que reinventarse de nuevo. En su mano estará convertir una condena anunciada en una oportunidad. Al fin y al cabo, también escribió Marsé que la juventud solo muere cuando muere su voluntad de seducción.

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