¿Quién no ha comprado un producto similar al del resto de los competidores simplemente por el logotipo de una marca que nos gusta? No me refiero directamente a los fabricantes de ropa, si no no a la marca que se expande fuera de su negocio normal. Digamos el Real Madrid, el Manchester United, los Lakers, Harry Potter o cualquier película de Disney o Star Wars. A un niño de cinco años no le hace ninguna ilusión que le regalen un pijama verde, pero si el pijama verde tiene la cara de Hulk la cosa cambia. Todo está planeado perfectamente. Aún hoy se pueden comprar productos de Harry Potter sin que haya nuevos libros o películas. Es más que posible que este fenómeno tenga su punto de arranque en las tres películas de La Guerra de las Galaxias de los años 70 y 80. Muchos tuvimos figuritas de la saga y algunos incluso un Mandalorian, que entonces era simplemente un cazarrecompensas.

La marca Star Wars ya era entonces lo suficientemente poderosa para convertir en oro, o al menos en un buen negocio, cualquier cosa que tocase. Desde que se asoció con Disney las cuentas salen solas. Además de las tres precuelas y tres secuelas, a la trilogía original de Star Wars se le añaden series de dibujos animados y spin-off, junto a toda la colección imaginable de juguetes, juegos de ordenador, disfraces, tazas, gorras. Lo que quieran seguro que existe. ¿Quién no quiso tener alguna vez un sable de luz?

Quien se sienta ante la televisión a ver un producto Star Wars imagina que se encontrará con algo conocido, como ver capítulos repetidos de Friends. Hace falta ser muy fan de la saga —yo no lo soy— para esperar que The Mandalorian vaya a ser un producto de calidad excepcional. Personalmente, aparte de las tres películas iniciales, lo demás me da un poco igual. Si hilamos más fino, me sobran los osos Ewoks en El Retorno del Jedi. Me enfrenté a las tres precuelas sabiendo lo que iba a ver: sables de luz, naves, tiros, bichos interplanetarios… Bien, pues The Mandalorian es una experiencia similar.

La primera temporada empieza homenajeando al western, algo también habitual en las películas de la saga. Hay escenas que recuerdan a Dos hombres y un destino, Los Siete Magníficos o Centauros del desierto. Hay otras típicas del género: la llegada del Séptimo de Caballería, las encerronas en la calle, las peleas del saloon. Es difícil hacer un western, aunque sea en el espacio, sin caer en algunos tópicos y The Mandalorian no hace esfuerzo alguno por evitarlos. En este punto digamos que los guiones tienen menos giros que las carreteras de las road movies americanas: los episodios son cortos y hay muchos minutos sin diálogo, ocupados en el viaje entre planetas y los disparos. No hay apenas tensión en el desarrollo de la trama, pues antes del comienzo de cada aventura sabemos cómo va a terminar, apenas hay sorpresas. Tampoco hay actuaciones excelsas. El protagonista lleva un casco y no vemos su expresión. Muchos personajes son marionetas, combinadas con tratamiento digital. El llamado Baby Yoda, que por cierto, no es Yoda cuando era pequeño; es más una presencia en la pantalla que un personaje en sí. Su imagen fue el secreto mejor guardado y, por supuesto, su desarrollo comercial es imparable.

Nada de esto debería sorprender al espectador. En The Mandalorian no hay casos enrevesados —como en Sherlock— ni interpretaciones sensacionales. Quien va a comer a un restaurante de comida rápida, no espera —o no debería—- una hamburguesa de alta cocina en un lugar cómodo y acogedor.

The Mandalorian, con el cebo de la marca Star Wars y el atractivo del nuevo Yoda, promete historias de buenos y malos, tiros, naves espaciales y bichos interplanetarios. Nada de lo que vemos es especialmente nuevo. Aparecen las tropas de asalto, los mensajes en forma de holograma, las motos de El Retorno del Jedi y hasta las naves del Imperio y los rebeldes de las películas clásicas, todo lo que nos conecta con las películas. La serie cumple con lo que promete y no cabe esperar nada más: entretenimiento sin complicaciones.

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