Cuando se habla de himnos oficiosos de clubes de fútbol siempre se suelen mencionar los mismos, los típicos. Qué si nunca caminarás solo (a veces apetece, la verdad), que si el otro nunca se rinde, que si lo mío y nada más…

Pero hay historias menos conocidas y con un poso de autenticidad que las hacen especiales, emotivas, y que nos devuelven la fe en el deporte y en la humanidad.

No he querido insinuar que las canciones citadas tengan menos sentimientos, sean más comerciales en el mal sentido y suenen fuertes sólo cuando se gana. Lo afirmo rotundamente.

Hoy quiero referirme a uno de esos casos, extraños, que todavía se dan de romanticismo y amor a unos colores, y que se produjo recientemente, ya en pleno auge del negocio despiadado de las televisiones y el resultadismo extremo en el fútbol.

Aunque vamos a acabar el relato en 2016, tenemos que remontarnos primero a 1990 y trasladarnos a la vieja Escocia. Esa tierra que junto al deporte conforma una combinación casi nunca ganadora, pero casi siempre imbatible.

El Hibernian Football Club es un equipo de tradición católica. Se fundó en 1875 por inmigrantes irlandeses que influyeron en el color verde que le caracteriza desde entonces. También en el nombre (Hibernia era Irlanda en la época del Imperio Romano.)

Los romanos no pudieron dominar Caledonia (Escocia) y yo creo que la razón no fue solo el espíritu guerrero y combativo de los protobravehearts, sino que, al ir en sandalias, los dedos de los pies de los soldados romanos se cristalizaron en las Highlands y cayeron como fichas de dominó. No tengo pruebas, pero sí sentido común.

Poca gente sabe que a los Hibs les corresponde el honor de ser el primer equipo británico en participar en la Copa de Europa. Fue en 1956 ante el Rott Weiss alemán. Pero eso es otra historia. También lo es que el mítico George Best vistió sus colores durante dos temporadas, ya en el ocaso de su carrera.

En sus 145 años de vida el club ha ganado muy pocos títulos y ha desfilado por divisiones inferiores habitualmente. Se fundó en Leith, un barrio al norte de Edimburgo con un sentido de identidad muy arraigado. En 1920 fueron anexionados a la capital, pese a que en el plebiscito no vinculante el 80 % de sus habitantes se manifestaron en contra.

En aquellos tiempos, Leith vivía una situación difícil por el cierre de astilleros, lo que dejó a muchas personas en la calle. Trainspotting, la icónica película rodada allí, nos refleja fielmente el entorno al que me refiero; delincuencia, drogas y prostitución. Las consecuencias universales del desempleo y la desesperación. Hoy en día queda poco de aquello y se ha producido una curiosa gentrificación que lo ha convertido en el rincón bohemio y canallita de Edimburgo. Es el destino escogido por la juventud más inquieta y cultureta.

Pues allí, recién estrenados los años noventa, el mandamás del equipo rival de la ciudad: el Hearts de Midlothian, no predicó con el ejemplo precisamente. Haciendo caso omiso a las cosas del corazón y prestando más atención a las del bolsillo lanzó una oferta de adquisición para anexionar a los Hibs a su equipo.

Subestimó al barrio más genuino, orgulloso, emblemático y con más sentido de pertenencia de una nación perpetuamente progresista. Y lo hizo en su momento más duro. El sentimiento que se generó para resistir la toma de posesión fue un momento para la historia.

Ese movimiento se denominó Hands off Hibs («Quitad las manos de los Hibs») y participaron aficionados, exjugadores como el pelirrojo Strachan, empresarios, vecinos y hasta músicos. Craig y Charly Reid eran dos gemelos born and rise en Leith que habían alcanzado la fama con su grupo The Proclaimers. Seguidores del Hibernian desde niños, no dudaron ni un segundo en colaborar cediendo una de sus canciones para abanderar la causa. Ese tema, Sunshine on Leith, es ahora un himno para el equipo, para el barrio y para su gente. Representa como ninguna otra cosa el orgullo, la resiliencia y la lucha que les salvó de la desaparición.

Desde ese momento, en Easter Road se canta en cada partido y pone los pelos de punta. No tiene una letra festiva, ni mucho menos, pero conmueve mucho más porque se percibe que treinta mil gargantas son una sola durante cinco minutos y hay una identificación absoluta.

Mi heart was broken.  (Mi corazón estaba roto).

Sorrow, sorrow.  (Dolor, dolor.)

You saw it, you claimed it, you touched it, you saved it

(Lo viste, lo reclamaste, lo tocaste, lo salvaste).

My tears are drying.

(Mis lagrimas se están secando).

Thank you, thank you.

(Gracias.  Gracias).

Huelga decir que la oferta no llegó a consumarse y que todo Leith se volcó haciéndose con la parte accionarial suficiente para mantener su identidad. Como en una película de Frank Capra, el todopoderoso Potter de turno se fue con las orejas gachas (Bean ears dicen allí…).

Damos ahora un salto hasta 2016, cuando el Hibernian se clasificó para disputar la final de la Copa de Escocia. En este torneo había perdido las últimas once veces que había llegado al partido definitivo. Levantó el trofeo en dos ocasiones, pero en 1887 y 1901… Aquí sí tiene sentido la coletilla de “ni los más viejos del lugar”.

El Hibernian llegó a la final estando en Segunda División (Championship) y se enfrentó a otro equipo de esa categoría, pero cuyo paso era circunstancial por motivos extradeportivos: el Glasgow Rangers. Uno de los dos grandes. El Rangers, un equipo mucho más mediático (y, por tanto, mucho más aburrido), era el favorito claro. Equivalía a un Cádiz-Real Madrid de aquí, con todo el país neutral bancando al más débil.

Contra todo pronóstico los Hibs se adelantaron en el marcador, pero mediada la segunda parte los azules de Glasgow ya le habían dado la vuelta. El portero irlandés de los Hibs (al que nunca han confundido con Tomasito en Jerez) no pudo evitar que, en dos zarpazos, los Rangers recondujeran el partido hacia la lógica. Otra vez el fútbol iba a dar la espalda en una final a los chicos de Leith. El ansiado amanecer luminoso de la canción se volvía a teñir de nubes negras y la espera de la Copa no parecía detenerse tras 114 años.

Pero cuando peor pintaba la cosa, cuando la sensación de derrota se iba apoderando del ambiente, en el momento más duro,  el espíritu de Hands off Hibs tomó las riendas del guión y reescribió la historia en uno de los desenlaces más épicos que se recuerdan en la centenaria competición.

Primero, tras lo que allí se llama un penalti británico y aquí córner: un remate de cabeza devolvía la igualada al marcador y desataba la locura en las gradas. Desde ese instante, la mitad del estadio teñida de azul se quedó inmóvil, incrédula, silenciosa, como si estuvieran en la ópera. La otra mitad, la verde, era fútbol en estado puro. Gargantas ya rotas llevando en volandas a sus héroes, un mar de bufandas al viento agradeciendo a los suyos que se dejaran el alma, una hermandad e ilusión desbordantes.

El equipo rival perdía balones absurdos por toda esa presión que hacía retumbar el cemento de Hampden Park.

Faltaba el último giro, el truco final, el segundo mágico que iba a cambiar la historia del Hibernian en la Scottish Cup. Bien entrado el descuento, los Hibs provocaron el enésimo córner. Era la última oportunidad antes del alargue. Sería demasiado bonito, no puede ser.

El balón voló hasta la cabeza de Gray, el gran capitán, que lo cruzó hasta la red haciendo añicos la maldición copera de los verdes. El yeaahhh! de la grada de ese fondo aún se recuerda.

Todo el equipo se fundió con la grada en un abrazo que quedará para siempre en la retina de los afortunados que estuvieron allí. Y en la del policía al que, literalmente, pasó por encima la manada verde y que todavía está buscando la gorra.

Tras la invasión del césped que siguió al pitido final y a la entrega del trofeo, medio campo se quedó vacío (práctica habitual entre las aficiones de los que se dicen grandes.) La otra mitad del estadio seguía atestada y celebrando, aunque si hubieran perdido se habrían comportado igual, apoyando a los suyos (práctica habitual de los equipos que son grandes sin decirlo.)

Por la megafonía empezaron a sonar los primeros acordes de Sunshine Of Leith y la hinchada empezó a cantar como había hecho tantas veces en los veinticinco años anteriores, y al mismo tiempo como no lo había hecho nunca. Las lágrimas acumuladas de varias generaciones afloraron de golpe y la emoción se tornó en irrepetible.

Y seguro que en ese océano verde se encontraban dos gotas anónimas y gemelas llorando de felicidad al escucharlo. Y su gente celebró al tiempo que el equipo era por fin campeón y que el himno de los hermanos Reid, de Leith de toda la vida, acababa de proclamarse inmortal.

While I’m worth, my room on this Earth

I will be with you, while the Chief puts sunshine on Leith

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here