El Real Madrid va a pasar muy pocas noches tranquilas esta temporada. Hasta que el próximo verano se declare el estado de felicidad (estadio nuevo, quizá con Mbappé, tal vez sin virus), está abocado al sufrimiento constante. El problema es que no le sobra nada. Sólo al máximo de revoluciones consigue elevar el cuello sobre los rivales, pero ese acelerón no se sostiene un partido entero, hay esfuerzos insostenibles, ya lo dijo Woody Allen: «Cariño, si te quisiera como el primer día ya me habría dado un ataque al corazón».

Digamos, pues, que la inspiración no es espontánea, sino que depende de una conjura que nace, la mayor parte de las veces, de la extrema urgencia. Contra el Barça había mucho en juego (Zidane, nada menos) y el equipo salió adelante. Contra el Inter ha ocurrido algo parecido, aunque en esta ocasión el Real Madrid ha terminado más descosido. El gol salvador de Rodrygo, excelente en el golpeo, no fue consecuencia del juego, ni de la tendencia del partido, inclinado para entonces hacia el Inter. Si acaso fue producto de la determinación, y también del talento, y por supuesto de la insistencia de Vinicius, que funciona mejor como refuerzo que como titular. Todo eso acudió al rescate cuando lo demás estaba en contra.

He comparado muchas veces los partidos del Real Madrid con las películas de James Bond (RIP Connery), en el sentido de que los peligros no suelen ser reales, sino estímulos para el lucimiento del héroe, que termina cada aventura sin rasguños y rodeado de misses. Pero eso era en otros tiempos. Ahora el Madrid acaba las peleas como si le hubiera atacado una docena de gatos callejeros y si salva el tipo no es por el guion, sino por milímetros.

Esta vez, ni siquiera el 2-0 le dio algo de paz, aunque era el inicio soñado. Para variar, el dominio se había materializado en goles. Benzema había aprovechado un error de Achraf (bien vendido y zanjemos el asunto) y Ramos había cabeceado como sabe a la salida de un córner.

No dio tiempo ni a sonreír. A los dos minutos, Lautaro remató un pase de tacón de Barella, del que nos compraremos la camiseta en cuanto estiren las rayas. Nada volvió a ser apacible. Entre otras razones porque el Inter es un equipo caótico en muchos sentidos, comenzando por Achraf, desordenado en defensa y en ataque, si HH levantara la cabeza.

Cuando Perisic logró el empate la noche se hizo muy negra. El Madrid se vio contra las cuerdas y sin oxígeno, y de allí lo sacó Rodrygo en un contragolpe excelente que activó Valverde, un futbolista que es mucho más importante de lo que dicen y decimos.

Fue un susto entre mil, uno más entre los que han sido y serán. Una alegría hasta el próximo partido, cuando repetiremos la letanía: falta gol, no sobra nada, Hazard necesita más tiempo y los chicos más años… Pero es el Madrid.

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