La Selección española no es un equipo competitivo. Al menos, a día de hoy. Ni lo es ni lo puede ser por la ausencia de futbolistas diferenciales y por la juventud de los que podrían llegar a serlo. Esto no significa que la Selección sea un mal equipo; es uno mediano. Poco fiable en términos generales y expuesto ante cualquiera. En transición, si lo prefieren. Sin embargo, se ha instalado la idea de que la Selección progresa adecuadamente, de que contamos con estupendos jugadores y con el entrenador oportuno. Desconozco los motivos de este optimismo desaforado, y a veces sospecho que no hay ganas de enfrentarse con Luis Enrique por varias razones que darían para otro artículo. Sin embargo, los resultados (por no meternos en la subjetividad del juego) niegan la mayor. España, que empató penosamente contra Suiza, no ha ganado en sus últimas siete salidas y se jugará el martes contra Alemania el primer puesto del grupo en un torneo tan vaporoso como la Liga de las Naciones. Así estamos después de dos victorias, dos empates y una derrota.

Los dos penaltis fallados por Sergio Ramos, el segundo con un panenkicidio ruborizante, hacen ver que los jugadores (por lo menos el capitán) también participan de esa euforia infundada. Jugamos con exceso de confianza, como si no advirtiéramos nuestras debilidades. La principal es que no tenemos gol, pero hay otras. La creación del juego es inconstante y la defensa tampoco es un primor. En la portería, como en otras demarcaciones, Luis Enrique parece empeñado en ser original, como si burlar los pronósticos de la prensa fuera más importante que reunir a un equipo eficaz. Unai Simón es un buen portero, pero tal vez sea pronto para hacerle titular en la Selección. Lo mismo diría de Ferrán o Pau Torres. Y no me quiero extender en este asunto porque no se trata de desmerecer a nadie, sino de establecer una jerarquía basada en el presente y no en el futuro. Salvo que se haya tomado la decisión, no comunicada, de evolucionar un equipo inmaduro aun a sabiendas de que no se ganará nada a corto plazo.  

Rebajar el optimismo evitaría posibles frustraciones. Todavía no somos nadie, ni tenemos identidad como equipo, ni un jugador que nos arrastre. Somos una selección entre tantas, beneficiada por la ausencia de países dominadores en el fútbol actual. Esa es la única esperanza para quien esté decidido a tenerla.

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