Me falta mi Atleti.

Sí, ya sé que la Liga se está disputando, que vamos muy bien, que este año parece que lo pinta Sorolla y no Caravaggio, que tenemos un diamante que empieza a brillar, que se nos caen los goles de los bolsillos, que jugamos mejor y todo eso.

Ya, pero me falta mi Atleti.

Tuve una sensación compartida al leer recientemente un tuit del gran Miguel Sosa. Decía que echa de menos hasta los bocadillos de jamón a seis euros del bar del estadio, esos que nunca compra para no sentirse estafado. Pues hasta eso extraña ahora.

Y no puedo estar más de acuerdo, como creo que le pasará a mucha más buena gente.

Dicen por ahí, algún aburrido tocapelotas, que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Pero nosotros siempre lo hemos sabido y disfrutado como se merece.

Es difícil explicar lo que supone para un atlético acudir al Calderón, esté donde esté, y se llame como se llame. Es una liturgia en la que nos congregamos a rendir culto a la única religión que no tiene ateos (como decía Eduardo Galeano). Aunque sí pecadores chiringuiteros y advenedizos, de esos no estamos a salvo.

La cita en el estadio con el equipo, nuestra teología de la liberación, no comulga con las prisas, el enfado, las escaleras mecánicas, la calefacción en la grada, el pitar a los nuestros o las pipas. No se profesa saliendo en el minuto ochenta para luego pararse a echar mierda sobre los nuestros en un micrófono vendido, ni alquilando plazas en el aparcamiento privado —esos que llegan tarde y se van pronto como si visitaran al dentista y el rato que están no hacen más que quejarse—. Al albur de los buenos resultados, parece que más de uno se está equivocando de ventanilla últimamente (desde hace 8 años y 11 meses aproximadamente…).

Las malas rachas del equipo actuarán como siempre de filtro entre el polvo y la paja (huelga la aclaración, pero los auténticos seguidores somos lo primero).

En estos tiempos raros, me falta mi pijama bajo los vaqueros en febrero, aparcar lejos y caminar hasta el estadio con frío y lluvia, comentando la alineación con mi hijo. Me falta subir la rampa sin asfaltar desde la Avenida Luis Aragonés ayudando a las sillas de ruedas que se quedan enganchadas en el barro, me faltan las interminables colas de los servicios en el descanso y la megafonía patosa que trata de imponer su protagonismo al de la grada.

Hasta eso me falta.

Y si echo de menos todo eso, qué decir del ritual de preparar la mochila con los bocadillos y las bufandas, de ver salir del túnel a los míos, a los de rayas —mientras atruenan guitarras desde las Antípodas—. Se me eriza la piel sólo de pensar cómo será volver a cantar con mis hermanos bajo la lluvia sin que nos importe el resultado, aplaudir peinetas certeras, gritos ocurrentes, un gol en el descuento o a los jugadores que casi se dejan un riñón por defender nuestros colores.

 Cuento las horas que faltan para que vuelva el FÚTBOL. Como se encarga de decir el nuevo anuncio (¿promocional?) de la Liga; “No es fútbol, es la Liga”. Desde luego que no es fútbol, es vuestro negocio. El fútbol es su gente, sus aficionados. Para vosotros es el fútbol de los espectadores “ficcionados” y las arengas en lata.

Y no, no soy de los que lamentan más la orden de alejamiento forzosa ahora que estamos en una buena racha. Peor sería que vinieran mal dadas y el equipo de verdad nos necesitara para empujar. Eso sí sería duro… Más que el tobillo de una cabra.

Buscando el lado bueno, que ya es buscar, esta situación me ha permitido crear y estrechar lazos a través de las denostadas redes sociales con gente como yo. De diferentes lugares físicos, pero vecinos puerta con puerta en lo que a corazón indio se refiere.

Con ellos he cocinado, debatido, aprendido, cantado, reído y llorado; nos hemos echado una mano cuando se ha podido y hemos defendido nuestro escudo como si estuviéramos juntos (el escudo he dicho, no el logo). Y todo desde la distancia, en nuestros diversos confines confinados.

Escribo estas líneas mientras salta la noticia de una posible vacuna. Por eso, desde la esperanza y la ilusión quiero lanzar desde aquí un llamamiento. Cuando todo esto pase nos ponemos cara y ojos todos los hermano/as de pasión. En una previa y alrededor de unas cervezas.

Me lo agendo desde ya.

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