El fútbol de barrio inventó una forma de terminar los partidos que luego le copió la UEFA con el pomposo nombre de “gol de oro”. En los partidos callejeros aquello que se llamaba “el que mete gana”, o un “metegana” en su expresión contraída (por la pereza o por el cansancio), y consistía, es obvio, en que la disputa se podía alargar hasta la medianoche si ningún equipo hacia un gol. En el metegana los contendientes daban lo mejor de sí mismos, y en la misma situación se encontraron Villarreal y Real Madrid en los últimos minutos, juraría que transportados a los tiempos de la infancia (en el caso de los más jóvenes transportados a la infancia de sus abuelos). El árbitro, señor Hernández Hernández, debió prolongar el partido un mínimo de diez minutos, no por el tiempo perdido, sino apelando al espíritu del reglamento, cuyas reglas parten de un objetivo fundamental: proteger el espíritu del juego. Y no había mejor manera de honrar al fútbol que dejar que esos chicos siguieran jugando un rato más.

Hecho este alegato en favor de lo imposible (y de Kubo, que entró en el 88’ y casi marca), hay que señalar el valor didáctico del encuentro. Para empezar nos recordó (se nos olvida) que un delantero centro es un especialista. De la anticipación, del remate y del gol. El tanto de Mariano cuando no se habían cumplido los dos minutos nos hizo ver cuánto tiempo perdemos en justificaciones filosóficas y cuánto tiempo ha perdido Zidane parcheando la realidad. Sólo existe un nueve en la plantilla. Y valen más sus goles que una docena de hermosos pases entre líneas. Será tosco a veces (que no tanto) y puede parecer precipitado (nunca como Vinicius), pero es el único jugador con instinto goleador.

El gol de Mariano permitió que el Madrid viviera cómodamente durante la primera mitad y buena parte de la segunda. Demasiado cómodo. El equipo se preocupó más de controlar que de sentenciar, como si el 0-1 no estuviera expuesto a accidentes. Brillaron Modric y Odegaard, pero el juego perdía filo al llegar al área. Por falta de contundencia o porque no se quiso hacer sangre. A los futbolistas de ahora les gusta muy poco mancharse, con fluidos propios o ajenos. El Villarreal se hizo muy pequeño en ese tramo.

En la segunda mitad, Emery quitó a su mejor jugador (Trigueros) y al peor (Bacca); entraron Chukwueze y Yeremy. También se incorporó Estupiñán (por Pedraza). La jugada funcionó a pesar de lo cuestionable del movimiento (debió salir Kubo) para demostrarnos lo poco que sabemos de fútbol aunque a veces acertemos de chiripa (qué flojito es Mendy).

Un penalti innecesario de Courtois dio vida a un Villarreal que no hubiera marcado de otro modo porque no tiene más delantero centro que Alcácer y no jugaba. Gerard Moreno es un futbolista estupendo, pero podría ser primo de Benzema, por conocimiento del juego y por falta de gol.

A partir de aquí, ambos equipos se lanzaron al ataque en un metegana frenético (valga la redundancia) que encontró al Villarreal sin Kubo (hasta el 88’) y al Madrid sin Mariano por soberana decisión de Zidane, que está enfrascado en el programa Salvemos a Asensio.

La conclusión es que el Madrid perdió más con el empate porque durante bastante tiempo tuvo el partido a su merced. La sensación es que el Villarreal ganó más que un punto porque resucitó tras verse muy superado. El resumen final es que Mariano tiene razón.

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