“Yo tengo dos sueños en la vida: el primero jugar una Copa del Mundo y el otro salir campeón”. Eso le dice un adolescente de 16 años a una cámara que lo graba en una de sus primeras apariciones. Esa cámara va a ser su catapulta y su peor pesadilla. La misma que empezaba a escudriñar su talento y la que retrataba también el reflejo desfigurado de un hombre superado por su personaje. Los excesos comenzaban siempre en el césped a base de gambetas y carreras a la gloria que se reproducían luego en todos los terrenos, ya fuera una mesa presidida por la camorra napolitana o en las noches eternas de las discotecas barcelonesas. Así se terminó manchando la pelota y su culpa la arrastró el resto de su vida. Son los retazos de ese D10S terrenal, tramposo, divino y humano, que hoy ascendió más que aquella tarde en el Azteca, para volver a tocar el cielo. Esta vez para siempre.

El 25 de noviembre ya es una fecha señalada en rojo para todos los amantes del fútbol. Ese día se apagó la vida de Diego Armando Maradona a los 60 años de edad tras un paro respiratorio. Lo que no se apagará nunca será su fútbol, aquellas carreras que buscaban con la misma decisión escapar de la miseria y conquistar el mundo, regatear a los ingleses y devolverle lo de las Malvinas, humillar al norte de Italia y dar voz al sur. Ascender en esa pirámide del balompié hasta que nadie dudara quién era el mejor. El mejor era Diego. No de ahora, no de entonces. De siempre. El peaje a pagar, hoy lo sabemos muy bien, fue demasiado alto. Lo resumió como nadie Fernando Signorini : “Con Diego voy al fin del mundo. Con Maradona no voy ni a la vuelta de la esquina”.  

Los años felices siempre fueron los de Argentinos Juniors. Porque no hay nada como la primera vez. Ese aliento fresco que produjo su aparición resulta hoy inigualable porque todos hemos perdido la inocencia. Maradona la perdió siendo apenas un adolescente, convirtiéndose nada más llegar en el principal jugador y atracción del equipo. Eso incluía las patadas de los rivales, los insultos de los hinchas y la atención de los medios. Al genio de Villa Fiorito pronto se le quedó pequeño Argentinos, cómo antes se le había quedado pequeño el barrio, como después se le quedaría pequeña Argentina.

Su pase a Boca se convirtió entonces en una cuestión de estado. River y Boca pugnaban por él con ofertas y contraofertas, mientras el Sheffild inglés o el América de Cali colombiano intentaban lanzar sus redes. Hasta el Barça había hecho ya una tentativa para vestirle de azulgrana. Pero Diego decidió salir campeón en La Bombonera y así logró el único título que  consiguió en territorio argentino.

Tras el Mundial de 1982, en el que Diego fue el mejor de una discreta Argentina, su país no pudo retenerlo más. El Barça lo trajo entonces a Europa para formar una dupla con Schuster que hoy ocupa simplemente un párrafo en la dilatada historia del Barça. Allí volvió a ser el mejor pese a lo intermitente de su juego, debido en gran medida a las lesiones y las enfermedades que en realidad enmascaraban otros vicios. Dicen que allí, en la Ciudad Condal, conoció la noche y todo lo que vino después.

Y lo que vino después fue la gloria, el éxtasis y una resaca de campeonato. O dos mejor dicho. Los dos campeonatos italianos que ganó con el Nápoles en su momento más álgido como futbolista. El de Nápoles es el Maradona más genial que se recuerda, una auténtica divinidad en la ciudad, santificado a la altura de San Gennaro, el patrón de la ciudad. Su presencia, más de treinta años después, sigue siendo visible en esta ciudad del sur de Italia. Allí encontró Diego una réplica de su Buenos Aires natal, una ciudad caótica y pasional, olvidada  por un norte opulento y rico al que él se enfrentó con su talento como principal aliado. Luego le fueron completando un equipo que terminó siendo uno de los más completos de la Serie A. Pero su genio sobresalía por encima de todo, encumbrado tras la magnífica actuación de México 86, acabó con la dictadura de la Juventus de Platini y alcanzó una UEFA para un equipo que hasta su llegada ni siquiera aspiraba a ganar títulos. La cara b de Maradona también vivió en aquellos años una época de esplendor, en la que los vicios y las malas compañías se acrecentaron. Pero luego llegaba el domingo, saltaba a San Paolo y a Diego se le perdonaba todo.

En los Mundiales, la máxima cita del fútbol, brilló siempre con luz propia. Lo hizo en la decepcionante participación de Argentina en el 82. La Albiceleste no pasó de la primera fase, Menotti confundió el plan y El Diego no era todavía el caudillo que su selección necesitaba. Esa expresión de poder absoluto la tuvimos en México cuatro años después, cuando Maradona ajustó cuentas con los ingleses, despachó a los belgas y cumplió con la excepción que confirma cualquier regla, ganando a Alemania en la final. Cuatro años después, tocaba repetir la gesta en su segunda casa. En Italia’90 todo se rompió en aquella semifinal de San Paolo. Dios crucificado y resucitado en un mismo partido, para desgracia de los italianos. Los mismos que no le perdonaron esa derrota. Argentina finalmente murió en la orilla frente a Alemania y Diego no pudo completar una obra que ya era cumbre.

Lo de EE.UU tuvo más de show que de deporte. Y Argentina se extravió cuando aquella enfermera se lo llevó de la mano. Diego se apagaba por más que él quisiera seguir regateando el paso del tiempo. Lo consiguió durante un tiempo de nuevo en La Bombonera, en una vuelta a los orígenes, con los achaques propios de un héroe caído. Esos últimos coletazos todavía dejaron El Beso del Alma con Canniggia y sobre todo una frase inmortal. “La pelota no se mancha”, dijo en su despedida. Y hoy no hay mejor epitafio para despedirle.

Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas…

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