La clase y el fútbol de Maradona fue tan grande que no solo le encumbró a él o a los clubes en los que jugó. También hubo un puñado de jugadores que, afortunados ellos, se sentaron en la mesa de D10S, aunque solo fuera para recibir una asistencia, presenciar un entrenamiento, o jugar con la boca abierta mientras El Diego hacía diabluras en una cancha. Esos socios con los que entabló en algunos casos una amistad legendaria también ayudan a conocer a Maradona tanto dentro como fuera del terreno de juego. Estas fueron sus parejas de baile:

Carlos Bartolo Álvarez – Argentinos Juniors

El Maradona que yo conocí era un pibe lleno de ilusiones. Pero, sobre todas las cosas, un jugador capaz de hacer con la pelota las cosas más increíbles”. Así lo recuerda Carlos Bartolo Álvarez, el primer delantero con el que Maradona compartió paredes, asistencias y goles en Argentinos Juniors. Y eso que él nunca había sido un 9 o nunca lo había sido hasta que apareció Diego. En las categorías inferiores había jugado de mediapunta pues tenía facilidad para dar el último pase, pero también tenía gol sin necesidad de pisar el área. Con la irrupción de Diego, que no fue titular de inmediato sino que fue entrando poco a poco en el equipo hasta que en la jornada 15 agarró la titularidad para no perderla, ganó metros y se instaló en el área: “Con Diego nos turnábamos, cuando yo retrocedía él iba para adelante y viceversa”.

Y la dupla funcionó. Juntos jugaron el torneo Nacional de 1976 y el Metropolitano de 1977. Al lado de aquel adolescente que diez después de debut cumpliría los 16 años hizo un total de 43 goles en esas dos temporadas. Dos campeonatos trufados de recuerdos y anécdotas: “Una vez jugando contra Huracán, le devolví una pared y terminó la jugada eliminando a los dos centrales, dejó al Negro Baley revolcándose y haciéndole el gol de caño al pobre Carrascosa”. O la ocurrida en cancha de Newells, también en 1976: “Juan Carlos Montse le pidió que le tirara un túnel al Gringo Berta, para que se enojara. Empezó el partido, agarró la pelota y se mandó derechito a buscarlo. ¡Qué caño le hizo!”. Tras la marcha de Bartolo de Argentinos Juniors, Maradona se coronó como máximo goleador del Torneo Metropolitano (1978, 1979 y 1980) y del Nacional (1979 y 1980). Con razón aseguran muchos que aquellos años en La Pedernal tienen una frescura incomparable en la trayectoria del Diego.

Miguel Ángel Brindisi – Boca Juniors

El de Diego Armando Maradona no fue el único fichaje de campanillas del conjunto xeneize aquella temporada. Miguel Ángel Brindisi era ya un veterano de 30 años que se había convertido en ídolo en la UD Las Palmas y había vuelto a Huracán, su primer equipo, con intención de retirarse allí. El centrocampista ofensivo y versátil, que en algunas etapas de su carrera se desempeñó como delantero por su gran relación con el gol, llegó a La Bombonera poco antes que Diego para completar un plantel que buscaba desbancar a River Plate. Maradona debutó dos días después de firmar el contrato con la entidad xeneize (20 de febrero de 1981) marcando dos goles en su nueva casa. Los otros dos tantos de la victoria por 4-1 frente a Talleres llevaron la firma de Brindisi. Era el comienzo de una relación que se llevaría hasta las habitaciones de los hoteles, que ambos compartían.

Hugo Gatti, Diego Maradona y Miguel Ángel Brindisi tras ganar a River Plate por 3-0 en una foto que se convertiría en portada de El Grafico.

“La gente disfrutó a Diego los domingos, nosotros lo disfrutábamos todas los días de la semana. Ahí vimos que no tenía techo, por eso es el indiscutido de todas las épocas”, recordaba el centrocampista que lucía el 9 a la espalda en el conjunto xeneize. La dupla con Maradona repartió felicidad por todo el barrio de La Boca que vibró con los 16 goles marcados esa temporada por Brindisi. Diego anotó 17. Aquella pareja junto al mediático Loco Gatti cimentó uno de los equipos más recordados de Argentina, el Boca del 81, el Boca campeón del Metropolitano. “¿Cómo no va a tener buenos socios Diego con el monstruo que es? Él era el diferente porque teníamos una misma propuesta futbolística, ninguno de los dos éramos de área, pero cuando él venía yo iba y al revés”, recuerda Brindisi que vivió una temporada de ensueño. El partido cumbre fue un superclásico frente a River Plate que en medio de la lluvia y el barro Boca ganó por 3-0 con dos goles de Brindisi y uno de Maradona. “Ese River era la Selección Nacional y después de ganarles ese día sabíamos que el título no se nos podía escapar”.

FC Barcelona – Solista sin premio

Esa complicidad dentro del campo se rompió en Barcelona, como tantas otras cosas. Entre lesiones y enfermedades como la hepatitis del primer año, que ya enmascaraba otros vicios, Diego no consiguió afianzar ninguna sociedad fructífera en el césped del Camp Nou. Maradona fue el máximo goleador de los culés con 12 tantos en la temporada de su debut (82/83) a pesar de estar tres meses parado por la mencionada enfermedad. Al año siguiente fue la criminal entrada de Andoni Goikoetxea la que le dejó en el dique seco tres meses y medio y pese a jugar solo 16 partidos de Liga marcó 11 goles. La dupla que producía sueños húmedos en Jose Luís Núñez y escalofríos en el resto de rivales, la formada por Schuster y Maradona, tampoco pudo coincidir de manera reiterada sobre el césped y así se explica que el Barça solo fuera cuarto y tercero respectivamente en aquellos dos campeonatos.

“Yo era delantero pero si al final terminé siendo el máximo goleador del Barça aquella temporada fue por los goles que me dio él a mí”, confesaba un Marcos Alonso que acabó con 12 goles la segunda temporada de Diego en Barcelona y que no dudaba al preguntarle cuáles fueron sus mejores años como futbolista: “Los que pasé al lado de Diego”. El Lobo Carrasco otro integrante de aquel equipo destaca la cualidad que le fascinaba del argentino: “Él no controlaba el balón, el controlaba regateándote”. Aunque Maradona siempre tuvo un recuerdo especial para otro goleador de época con el que coincidió en la etapa crepuscular de este, Enrique Castro Quini: “Tal vez no tocaba la pelota en todo el partido, pero cuando le pegaba de zurda, lo hacía como el mejor zurdo. Y cuando le quedaba para la derecha, lo hacía como el mejor diestro. La pelota lo buscaba siempre a él”.

Antonio de Oliveira ‘Careca’ – Nápoles

Cuando Careca llegó a Nápoles en 1987, Maradona ya era Dios. En Nápoles lo situaban a la altura de San Gennaro, patrón de la ciudad, después de haber obrado el milagro en forma de primer scudetto para la escuadra del sur de Italia. En el resto del planeta todavía estaba muy presente su exhibición un año antes en el Mundial de México’86. Así que para el cuarto año de Maradona en Nápoles, el presidente Ferlaino quiso elevar el listón y fichó al delantero brasileño del momento. Así nació la mítica delantera MaGiCa, comandada por Maradona y con Giordano y el propio Careca como acompañantes. “Llegó una propuesta del Nápoles y otra del Real Madrid. Preferí la del Nápoles por Maradona, era mi sueño jugar con él”.

La delantera MaGiCa del Nápoli, con Giordano (izquierda), Careca (centro) y Maradona.

Pero los trece goles en su primera temporada en San Paolo solo bastaron para ser segundos, detrás del Milan de Arrigo Sacchi. Lo mejor, sin embargo estaba por llegar. La siguiente temporada marcó 19 goles y comandó junto con Maradona al Nápoles hacia su primer título europeo, la Copa de la UEFA de 1989. En la Serie A volvieron a ser subcampeones, en esta ocasión tras el Inter de Milán de Matthaus y Brehme. El brasileño nunca tuvo problemas en señalar a Maradona como el mejor futbolista de todos los tiempos: “Fue el mejor jugador que yo vi, por la técnica, por la visión de juego, por su tranquiliad, por su valentía para enfrentar la marcar y aguantar el castigo”. La guinda a aquella sociedad futbolística que fructificó en amistad para toda la vida fue el Scudetto de 1990, el segundo de Maradona en el sur de Italia en una época en la que el Calcio era la liga más potente del mundo.

Claudio Paul Caniggia – Italia’90

Caniggia nunca fue tan decisivo como aquel verano de 1990. Conocía bien Italia pues había jugado una temporada en el Hellas Verona, después de salir de la cantera de River Plate. El equipo de Bilardo llegó al país transalpino como vigente campeón y favorito al título pero desde el principio con aquella derrota frente a Camerún tocó remar a contracorriente. Con Maradona atosigado y mermado por los rivales, surgió la figura de Claudio Caniggia, un joven melenudo de 23 años al que todos llamaban El Pájaro, por ser ágil y veloz. Su sociedad con Diego iba a ser clave para que la Albiceleste alcanzara la final: “Era fácil jugar con él. Desde que empecé en la selección. Cuando yo hacía un movimiento, Diego sabía lo que iba a hacer. Y yo sabía lo que tenía que hacer para que él me pusiera la pelota ahí”. Así lo demostró en aquella cabalgada mítica frente a Brasil, mientras los cariocas intentaban arrebatar la pelota a Maradona por lo civil o por lo criminal.

En semifinales volvió a aparecer para marcar el gol de cabeza que igualaba el partido frente a los anfitriones. “En Italia a Diego lo amaban en el sur y lo odiaban en el norte. Pero ese día jugamos en la casa de Diego, en San Paolo, y él ejerció de líder”. Aunque esa definición de líder la redondeó en una entrevista con JotDown mucho tiempo después: “Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje”. Cani no pudo jugar la final de Italia’90 por acumulación de amarillas y ahí también se alineó con Maradona sobre los complots: “No querían que ganáramos la Copa”.

Cuatro años después los dos amigos volvieron a reunirse en Estados Unidos ’94, pero en aquel Mundial la persecución a Maradona no fue solo de los rivales, también de las autoridades sanitarias. Caniggia también las había sufrido después de estar suspendido por dopaje varios meses. Allí anotó dos goles el día que Maradona terminó el partido dado de la mano con la enfermera antidoping. Otra imagen icónica antes de que lo sancionaran. Casi tanto como el beso en la boca con el que Caniggia y Maradona celebraron uno de los goles de la aplastante victoria de Boca frente a River en La Bombonera en julio de 1996. “Es un truco de la cámara”, defendió siempre Caniggia, quien volvió a Argentina en 1995 para vestir la camiseta del eterno rival con tal de vivir en primer plano las últimas jugadas de Diego en el fútbol.

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