Nunca es tarde para encontrar tu lugar en el mundo. Mira Lucas Vázquez. A veces en la vida hay que dar un pasito atrás y arrancar desde el lateral en lugar de desde el extremo. Exponerse menos, refugiarse de la presión de la primera línea. Aceptar el papel de gregario, dejarle nuestra bici al líder que acaba de pinchar. En las últimas dos temporadas, Lucas Vázquez ha sido una diana recurrente de las mofas del madridismo, pero la culpa no era toda suya.

Tras la marcha de Cristiano Ronaldo, hubo muchos partidos en los que la única novedad en el once titular con respecto al que campeonó en Kiev era Lucas por el portugués. El error era mirar la marioneta y no a quien la movía, a quien decidió que se podía sustituir el talento por la entrega, indiscutible en el gallego. A Lucas nunca se le cuestionó la actitud, sino la aptitud. 

Es un jugador más que apto para estar en la plantilla del Madrid, un gran suplente y un cumplidor titular ocasional. Se hizo un hueco en el corazoncito de los madridistas con ese paseíllo de Milán, dando vueltas al balón sobre el dedo índice antes de marcar el primer penalti de la tanda de la Undécima, y su posterior celebración, llena de rabia y alivio, como cuando te sale bien un farol.

Solía salir desde el banquillo y sus piernas frescas pensaban algún buen centro que acababa cabeceando Cristiano. O participaba en las rotaciones de Zidane elevando el nivel de la unidad B. Incluso tuvo actuaciones espectaculares de inicio junto a la legendaria nobleza como en aquel partido en el Parque de los Príncipes de 2018, el día que el Madrid se convenció de que ganaría su tercera Champions seguida.

Pero ser titular de manera más o menos habitual le empequeñeció dentro de la camiseta. Hasta el Bernabéu, propenso a silbar al talentoso que se ahorra una carrera pero incapaz de criticar a quien muestra todas sus gotas de sudor, empezó a perder la paciencia. Quedaban defensores que alababan su capacidad para perseguir a quien le había robado el balón, pero obviaban que su principal problema era precisamente ese: había perdido el balón. Y lo hacía de manera recurrente, lo que propició que las crueles redes sociales pasaran la línea de la crítica y se quedaran a vivir en la permanente falta de respeto. Siempre contra eso.

Ahora Lucas lleva unos partidos cumpliendo en un puesto que quizás esté más hecho para él: prima el esfuerzo de volver hacia atrás y no eres el principal responsable de lo que se cree delante. No hay que oponerse al destino

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