Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia, pero no. Siguen ahí, acompañándome allá donde quiera que vaya, donde quiera que mire, en un rincón, en un papel o en un cajón. Cosas que pensabas que ya no estaban ahí, pero que, como un ladrón, te acechan detrás de la puerta.

A veces es un dibujo, otras una servilleta y la última que he encontrado, un enorme caramelo con sabor a vainilla que me trajo en su último viaje a Madrid. Mientras, me decía que se había acordado de mí.

Y en cada una de ellas está aquella pequeña cosa que yo cogía entre mis brazos y que se dejaba achuchar y dar besos mientras no dejaba de reírse, con su voz fina y sus maneras delicadas y con aquellas enormes pestañas que aleteaban como mariposas llevándose por el aire todo lo malo y dejando solo su sonrisa dulce e infinita.

Y ahora yo creo que me engaña, y yo la dejo, porque no puede ser que esté en la Universidad, y que, en realidad, está jugando, como cuando en el borde de la piscina, sentada en la escalera, me decía que aquello era un Burger y ella, la dependienta que atendía los pedidos por la ventanilla y por eso creo que ahora es igual y que las fotos de su habitación que me ha mandado las ha sacado de algún sitio y, en realidad, sigue sentada haciendo sus deberes ahí fuera mientras espera que se enfríen los copos de avena con leche que les preparo a temperatura de lava volcánica.

Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas que no queremos que se acabe y que pensamos que nunca se va a acabar, pero su tren, vendió boleto de ida y vuelta, y ahora está en su viaje de ida, el viaje de su vida, y sus enormes ojos negros que guardaban enormes lágrimas que dejaba derramar cuando la pena le podía, ahora, llena de felicidad, están mirando otras cosas, casi como yo, aunque las mías son aquellas pequeñas cosas que me tienen tan a su merced como esas hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí y que hacen conmigo lo que quieren.

Y cuando suena el teléfono y veo su foto en la pantalla, lo dejo todo y me siento a escuchar aquella voz que era como el viento pasando entre las hojas de los árboles en un soleado día de otoño, que suena como las gotas de una lluvia mansa cayendo suavemente sobre la hierba y dejo que se invente lo que hace cada día, mientras juega a estar en la Universidad, como si ya fuera mayor.

Y cuando cuelga, diciéndome que ya ha llegado adonde sea, porque yo soy su compañía por las calles de Valencia, yo le mandó muchos besos y le digo que la quiero, y entonces, me quedo con todas aquellas pequeñas cosas, que me sonríen tristes y me emocionan, y que en realidad, me hacen que llore cuando nadie me ve.

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