El tipo de pronto comenzó a correr y nadie se lo esperaba. No era de correr, independientemente de la situación en la que estuviese y había estado en muchas difíciles. Cuando la situación se complicaba, solía plantarse y solucionarlo todo cara a cara, como un hombre. Y parecía, viéndolo de lejos, que así iba a ser una vez más cuando, de pronto y sin darse cuenta, se vio rodeado de dos tipos bastante más fuertes que él, mas otro que se acercaba. Sin embargo, en vez de entregarse, viendo el lugar donde estaba, en vez de alejar de sí el problema, comenzó a correr.

La verdad es que era un tipo peculiar, de pocas palabras y muchos hechos y así se le conocía y tal vez por eso a todos nos cogió de sorpresa. Yo miraba de lejos, con curiosidad, sintiendo un cierto regusto en la cara de perplejidad que imaginaba se le estaba poniendo a la gente que lo detestaba, que eran muchos, al verlo de esa guisa; todo el mundo pensaba que no sería capaz de salir de aquello.

Yo también, en el fondo, me sorprendí, porque no entendía su huida ni hacia dónde podía ir, era una huida hacia adelante, hacia ninguna parte, una alocada carrera en la que, a pesar de estar allí con él, no nos sintió ahí, solo nos sintió incapaces de hacer algo y nosotros lo supimos en cuanto le vimos y por eso huyó a toda velocidad mientras lo mirábamos sin hacer nada.

Yo comencé a correr también, pero no a su lado para que me sintiera cerca por si la cosa se complicaba, ni a su espalda para protegerlo, ni me enfrenté por supuesto a los que lo perseguían, que es lo que debía haber hecho. Yo corría a una distancia prudencial mirando, sintiéndome un inútil, sin saber qué hacer en aquella absurda e inédita situación.

Los tipos lo perseguían tenazmente, aunque él les sacó cierta ventaja que lo ponía a salvo por el momento, pero los tipos no estaban solos. Hubiera sido tan sencillo acabar con todo, tan fácil, pero no lo hizo, porque nunca hacía lo que se esperaba. Contaba, eso sí, con el factor sorpresa. El que lo aguardaba no sabía que, cuando llegase a él, iba a ir a esa desenfrenada velocidad. Casi ridículamente, en un teatral scherzo, lanzó su pierna hacia atrás para interponerse en su camino y entonces dudé. Dudé si ir hacia él o no, pero de nuevo, sintiendo que él no me sentía a su lado, decidí esperar un poco más, mientras otro salía a su encuentro, y esta vez sí, casi lo coge, mientras yo esperaba, mirándolo y mientras la gente que miraba, la de lejos y la de cerca, contenía el aliento.

El tipo que había lanzado su pierna hacia atrás intuyó lo ridículo de su acción y fue a por él, a acabar su trabajo, a toda velocidad, y yo me quedé quieto, siempre esperando, mirando, contemplando aquella escena con el tiempo detenido, mientras él era cazado por detrás y caía de espaldas, y todo, esperando, porque aquella tarde fue la más larga espera de mi vida, esperando ver cómo le cazaban, esperando que contase conmigo, solo tenía que mirarme, hubiera sido tan fácil…

Y aún sigo esperando, porque es verdad que lo cazó el tipo del movimiento de ballet mientras otro se le tiraba a sus piernas, pero él, sin mirar a ninguno, y mucho menos a mí, y con la punta de la bota izquierda, mandó el balón al segundo palo y marcó. Diego era así y yo me quedé esperando.

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