No sé si están ustedes familiarizados con las diversas teorías existentes acerca de cómo construir una narración (una interesante, quiero decir). Casi todas coinciden en una cosa: el motor de la historia es el conflicto, el reto que debe superar el protagonista. Si Alonso Quijano hubiera gozado de una excelente salud mental, si Gregor Samsa se hubiera despertado aquella mañana con su habitual pinta de pánfilo, si el capitán Ahab se hubiera conformado con pescar mojarritas en el Puente Canal… Si las vidas de todos estos personajes inmortales hubieran sido, en fin, tan anodinas como la del ciudadano medio, sus historias habrían carecido de interés. 

Y justamente a eso apuntaba hasta hace un par de jornadas la impecable trayectoria del Cádiz en Primera División: un nirvana permanente, un orgasmo interminable, una sonrisa perpetua que amenazaba con anquilosarnos las quijadas. 

Para salvarnos del tedio, el equipo gaditano ha encadenado dos derrotas consecutivas que nos zarandean el ánimo, pero ni mucho menos nos achantan. Ambos tropiezos han sido contra dos de los mejores equipos de la categoría, serios aspirantes al título. Y, para más inri, en el choque que nos medía a la Real Sociedad, Cervera tuvo que presentar un once inédito tras las bajas de Cala, José Mari, Negredo y Lozano. 

En los primeros compases del encuentro se repitió el sempiterno ballet. Los rivales manejaban el balón, con maña y sin filo. Los amarillos basculaban leves y constantes, ocupando espacios, interceptando pases. 

Pero el guion pronto cambiaría, y nuestro protagonista no tardó en enfrentarse a conflictos serios: los donostiarras empezaron a encontrar vías de agua en la zaga local, a través sobre todo de Silva y de un extraordinario Janusak. Los dos zurdos se entendieron como si fueran Zipi y Zape y sobrecargaron de trabajo a Pacha Espino, hoy más desasistido que en otras ocasiones. El caso es que los uys se sucedieron y, desde nuestras casas, los espectadores nos desgañitábamos como los niños en un teatro de guiñol: cuidado que viene Isak, cuidado que viene Oyarzábal. 

Mal que bien, el Cádiz consiguió conservar su portería a cero hasta la media parte, pero algo ominoso se mascaba en el ambiente: mucho tenía que cambiar aquello para que el puñetero conflicto no nos triturase. 

Y no se puede decir que el míster no lo intentara. En el descanso sentó al reaparecido Garrido para sacar a Álvaro Giménez (será la última vez que lo cite en esta crónica). La sustitución desprendía un inequívoco aroma ofensivo pero el equipo hoy, simplemente, sentía en sus huesos el peso implacable de la inferioridad. Los de Imanol eran más rápidos, más fuertes, más técnicos: mejores. Durante un tramo de la segunda mitad empezaron a acumularse las ocasiones de gol hasta que Isak embocó una de ellas, ni siquiera la más clara. Siguió Cervera resistiéndose al destino y Alejo y Perea saltaron al verde. Dio igual. Si mis cuentas no fallan, los gaditanos acabaron el partido sin un tiro entre los tres palos. Nuestro entrenador declararía en rueda de prensa que nos habían superado en todas las facetas del juego y que si no somos capaces de robar y correr (como un pilluelo de alguna novela de Dickens) nuestras posibilidades de ataque mueren antes de nacer. Estoy de acuerdo con él, desde luego, pero espero que no se deje atrapar por la melancolía (hay algo en su tono que me transmite una preocupación quizá excesiva). Las dos derrotas eran esperables, el botín de puntos es exuberante, en la clasificación (engañosa, pero ahí está) seguimos en quinto lugar. Haya paz.

En el próximo capítulo compartiremos escena con el Elche, un partenaire de nuestra misma clase social. Confiemos en que nuestras líneas de diálogo sean mucho más brillantes para poder terminar la lectura con una sonrisa. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here