La Vuelta siempre se inventa algo. Este año es la deliciosa disputa entre Carapaz y Roglic, tanto monta, tan estrechos enemigos que parecen un matrimonio durante el confinamiento. En principio, entre ellos debería estar el campeón, pero no podemos descartar que la Vuelta se invente algo más. Igual que en el Tour sorprendió Pogacar y en el Giro lo hizo Geoghegan-Hart, la posibilidad de que Hugh Carthy pelee por el primer puesto sería el último salto mortal de una temporada con antifaz que se ha empeñado en anticipar el futuro. 

De momento, Carthy venció en el Angliru y se coloca a 32 segundos de Carapaz, nuevo líder con diez segundos de ventaja sobre Roglic. Y no olvidemos a Daniel Martin, que resiste como nunca, y está a 35 de la cabeza. No debería haber otros invitados en la fiesta, aunque Enric Mas lo intentó, con más coraje que piernas. Siempre le falta algo y quiero pensar que cada vez es menos. A 1:50 del liderato, queda abocado a un proeza que quizá le aleje del podio pero que le acercará más a los aficionados. Y lo necesita, porque sospecho que no termina de empatizar con la gente (¿o seré yo?).

La ascensión al Angliru se planteó, como suele, como un concurso de escaladores que se transforma, según pasan los kilómetros, en una carrera de caracoles. De inicio sorprendió que Carapaz ocupara las últimas posiciones del grupo. O iba mal o estaba disimulando. La estrategia de la simulación no es nueva (Perico se regodeaba en ella), pero suele ser el anticipo de un ataque repentino. Así lo hizo Enric Mas. Se descolgó ligeramente para arrancar a continuación. Pero Carapaz no remontaba. De modo que le imaginamos contra las cuerdas. Craso error. O quizá no. En un puerto tan duro, caben varias vidas y muy diferentes estados de ánimo.

Cuando todo saltó por los aires, máscaras fuera, Carapaz apretó los dientes para alejar al maillot rojo. Roglic pareció perdido por un instante, pero los campeones siempre se encuentran. En meta cedió siete segundos con el ecuatoriano, un suspiro a las puertas (el martes) de la crono de Ézaro, donde el esloveno debería sentar cátedra. Siempre y cuando no se lo impida esa nube negra que se le aparece de tarde en tarde. 

Hasta entonces, toca indagar en Hugh Carthy, 11º en el Giro 2019, llamado así porque sus padres son fans de Hugh Grant. Como el hábito no hace al monje (cuántas Bárbaras lo son escasamente), el hijo les salió más parecido al compañero de piso de Grant en Notting Hill: rubio, escuálido (60 kilos repartidos en 193 centímetros) y algo desgarbado. Por contra, no sufre del miedo escénico del actor, un terror patológico que le provoca taquicardias y sudores fríos en cada actuación. El otro Hugh, el de las piernas depiladas, no tiene vértigo. Y eso es fundamental cuando se sube tanto y tan rápido. 

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