Imaginen la primera vez que pisaron un campo de fútbol. Aquella primera impresión cuando salieron a las gradas y ante sus ojos se extendía esa pradera verde con la que tanto habían fantaseado. Esa imagen no se borra jamás del disco duro de nuestra memoria, porque a la expectativa de lo nuevo se suman un sinfín de sensaciones que van desde el odio a la pasión, de la decepción hasta el éxtasis del gol, de las amistades que se empiezan a tejer con los vecinos de asiento a los cánticos que se anclan en tu mente. Imaginen ahora que en esa primera vez, quien lleva el 10 de su equipo es un tal Diego Armando Maradona.

Lo contó Jordi Puntí en su libro Todo Messi. Aquel 7 de octubre de 1993, día del debut de Maradona con Newell’s Old Boys, Leo estaba en el estadio. Fascinado por los prodigios de El Diego, Jorge Messi no podía creerse que fueran a disfrutar de Maradona en Rosario, en la vuelta del 10 al fútbol argentino. Aquello luego fue más efímero de lo que parecía en un principio. El romance entre Diego y Ñuls solo duró siete partidos, cinco oficiales y dos amistosos. El primero de ellos fue frente al Emelec, ecuatoriano. Y ese día 40.000 personas se dieron cita en la casa de los Leprosos para frotarse los ojos y dar fe del milagro. Maradona, para seguir alimentando su divinidad, se marcó un eslalon en el balcón del área que culminó con un golpeo a la escuadra… con la derecha. El 10 seguía siendo el 10.

Tras ese bautismo quizá se comprenda mejor la carrera de Messi, obsesionado por emular a ese genio que vistió los colores de su equipo en un paso fugaz pero eterno a la postre. Ese fogonazo de emoción despertado por El Diego explica también la búsqueda de Leo por fotocopiar alguno de los mejores goles de Maradona. Messi se había alimentado, antes y después de aquella primera vez, de los relatos que su padre o su abuela Celia le contaban sobre El Pelusa, capaz de poner un país patas arriba jugando igual con la mano que con el pie.

Así que no cuesta imaginar el brillo en sus ojos el día que Leo supo que el Barça también llamaba a su puerta. La primera estación de Diego en Europa también sería la suya. Como tampoco sorprendió el desencanto posterior de Leo con la entidad azulgrana. A Maradona también le ocurrió.

Cuatro días después de la muerte de Maradona, parecía imposible diseñar un homenaje original e inédito, que estuviera a la altura del personaje. Pero eso también lo consiguió Leo despojándose de la camiseta del Barça para lucir la Newell’s, en un viaje a la infancia, a su Rosario natal, a esa Argentina añorada, que remitía a aquella primera vez. Queda por ver si el 10 azulgrana será alguna vez rojinegro. Y algún niño en la grada continúa con el legado.

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