Greg Clarke era el presidente de la FA, la federación inglesa de fútbol, hasta que fue citado a declarar por una comisión parlamentaria y empezó a meterse él solo, y sin que nadie se lo pidiese, en más charcos de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. A diferencia del chapoteo del actor, lo suyo no fue un canto a la felicidad. El señor Clarke se metió en los peores fangos y certificó el final de su carrera al frente del futbol inglés.

Retrocedamos unas semanas para saber cómo se llegó hasta este punto. Clarke fue citado por la comisión para explicar su rol en el llamado proyecto Big Picture, una idea surgida de las directivas de Liverpool y Manchester United que quería dar más poder a los seis clubes ya más poderosos de la Premier a cambio de una serie de limosnas para las categorías inferiores. Se supo que Clarke estuvo involucrado en las conversaciones, pero según sus palabras solo en la fase inicial. Una investigación del diario The Guardian demostró que su implicación fue mayor a lo reconocido y de ahí su cita con el parlamento británico.

Y fue ahí, en una comparecencia retransmitida en directo, donde Clarke, varón blanco de 63 años, empezó a complicarse la vida cayendo en todos los tópicos posibles. Sobre el fútbol femenino dijo que a las chicas les da miedo que el balón les golpee y les haga daño. Pasó a explicar que no hay jugadores de origen asiático en el futbol inglés porque los asiáticos prefieren otras carreras, añadiendo que la mayoría del departamento informático de la FA cuenta con empleados de origen indio. Sobra decir que sus palabras dejaban en evidencia a la FA y su política de integración, por mucha comisión que se haya creado.

Continuó, sin que nadie se lo reclamara, hablando de las redes sociales y del abuso que sufren las mujeres futbolistas más activas —¿acaso debieran mantener sus opiniones y su vida en privado?— y del que sufriría un jugador que se declarara gay —algo que Clarke considera «una elección de estilo de vida»—. También se refirió a los jugadores “de color”, un término totalmente en desuso en el Reino Unido y por el que tuvo que disculparse incluso antes de terminar su intervención y a petición de un miembro del comité. Clarke alegó que lo había dicho sin darse cuenta, lo que sugiere que es un término que tiene asimilado en su forma de hablar.

Ser presidente de la FA en el mundo del fútbol equivale a ser rey o reina en una monarquía parlamentaria: es un puesto fundamentalmente de representación y con poco poder de decisión en comparación con el presidente de un club. La FA, más allá de su cuerpo técnico y de la organización de su propia competición, tiene como objetivo integrar al mayor número de practicantes, sean de la raza, sexo o tendencia sexual que sean.

Terminada una intervención en la que ofendió a todo el mundo, Clarke intentó recabar apoyos dentro de la dirección de la FA. Sin embargo, no encontró a nadie dispuesto a dar la cara por él tras semejante colección de meteduras de pata. Es más que posible que Clarke no sea activamente racista y no vaya por ahí haciendo comentarios denigrantes. Tampoco se puede decir que sus conductas públicas o privadas sean sexistas u homófobas. Pero sus palabras están ahí y se traducen en una ignorancia profunda de la realidad social. Tienen el clásico olor a naftalina y a habitación sin ventilar, común en instituciones rancias ancladas en un pasado que ya no existe.

Clarke perdió toda credibilidad frente a los trabajadores de la FA que pertenezcan a los colectivos mencionados y es de suponer que también ante el resto. El propio seleccionador inglés, Gareth Southgate, comentó que no tenía más opción que dimitir. Sus puntos de vista no caben en la dirección de una entidad que debe representar al conjunto del país.

Sirvan las palabras de Clarke para explicar, una vez más, a aquellos que proclaman que “las vidas blancas también importan” cuánta distancia hay entre las realidades de unos y otros.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here