Si han visto el accidente de Sebastien Grosjean en el Gran Premio de Bahréin de Fórmula 1 coincidirán conmigo en lo impactante de las imágenes. El piloto tuvo suerte y se notaron las muchas horas de trabajo por parte de equipos, pilotos y entidades reguladoras del deporte para minimizar el riesgo de lesiones graves o fatales en caso de accidente. Pese a todas las precauciones, algo se salió de la norma. El coche no debía partirse como lo hizo ni convertirse en una bola de fuego. Tampoco debió atravesar la barrera de protección. Afortunadamente, Grosjean lo puede contar. Los pilotos saben que en cada carrera ponen su vida en peligro.

Y, ¿los futbolistas? ¿Son conscientes de los riesgos que toman al saltar al campo? Algunas fotografías que ya forman parte del imaginario de este deporte muestran a jugadores corriendo con el brazo en cabestrillo, como Beckenbauer, o con aparatosos vendajes en la cabeza que proclaman la heroicidad de los jugadores y la virilidad del juego… cuando en realidad deberían advertirnos sobre la salud de los futbolistas.

Camacho, en el Mundial de México 86.

Ayer mismo, Raúl Jimenez y David Luiz sufrieron un fortísimo choque de cabezas; el impacto se hizo todavía más sonoro en el estadio vacío. El delantero del Wolves acabó en el hospital con fractura de cráneo. Los médicos del Arsenal permitieron que David Luiz siguiera en el campo tras ser atendido como indica el protocolo de la Premier League. No obstante, su herida siguió abierta y durante los siguientes minutos la sangre traspasó la venda. Finalmente, el jugador fue sustituido en el descanso porque no podía cabecear.

La actitud del Arsenal, cumpliera o no el protocolo, fue temeraria. Mantener un jugador en el campo que no está en plenas facultades es un riesgo deportivo, pero el asunto es mucho más grave si tomamos en consideración la salud del jugador. Algunos golpes en la cabeza tardan un tiempo en mostrar sus consecuencias y el riesgo es mayor si el afectado está sometido a un esfuerzo físico exigente.

Todo esto surge cuando en el Reino Unido se ha abierto un debate sobre los efectos a largo plazo de la práctica del fútbol en el cerebro de los jugadores. Hace unos días falleció Nobby Stiles, duro centrocampista de la selección inglesa campeona del Mundial de 1966. Entre sus enfermedades se encontraba el mal de alzheimer. Apenas dos días después la familia de Bobby Charlton anunció que el mítico jugador del United y estrella de aquella selección campeona también sufría esa enfermedad. Su hermano Jackie la padeció igualmente en sus últimos días. Ryan Wilson o Martin Peters, miembros de aquel equipo histórico, sufrieron alzheimer antes de morir.

Llamo la atención sobre este tema porque no me parece que este debate se haya planteado en el fútbol español. Mientras se estudian las posibles causas que hacen que los futbolistas profesionales tengan hasta tres y cinco veces más posibilidades de desarrollar el mal de alzheimer que el ciudadano medio, Escocia ha prohibido que los jugadores menores de edad golpeen el balón de cabeza.

Es posible que el estudio concluya que el balón de 1966 era demasiado pesado y, por tanto, notablemente más dañino que los de la actualidad. Los campos se cuidaban peor y la pelota era más propensa a acumular agua y barro, lo que la hacía más pesada. También es posible que nos recuerden que el juego era antes notablemente más violento (vean las entradas que le hacían a Maradona) y que los métodos para detectar conmociones eran mucho peores. Todo eso es cierto, pero también es verdad que los jugadores de hoy en día son más fuertes y los choques entre cabezas o codazos a la cara pueden hacer más daño que entonces. A la espera de conclusiones médicas, los datos muestran una tasa de desarrollo del mal de alzheimer desproporcionada entre los futbolistas.

Entretanto, queda la oportunidad de abrir el debate, de concienciar a las partes y de poner los medios para evitar tragedias innecesarias. Otros deportes ya lo hacen.

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