Tres escenas.

Uno. Once de noviembre de 1898. Wilmington, Carolina del Norte. Igual les suena. Cerca de allí vive un tal Dawson Jordan. Bisabuelo, sí, de ese Jordan. Ya ven, misma familia, mismo lugar. Michael incluso llegará a conocerlo durante los primeros catorce años de su vida, nada menos. Ese día de noviembre un grupo paramilitar que se hacen llamar los Red Shirts empiezan a disparar en el centro del pueblo. Su intención es amedrentar a las vecinos de raza negra, darles a entender que aquello es el sur y allí no hay más ley que la suya. Las oficinas de un periódico afroamericano ardieron hasta los cimientos. Al día siguiente miembros de los Red Shirts escoltaron a destacadas figuras de la comunidad negra (sacerdotes, ejecutivos, líderes políticos y sociales) hasta la estación de tren, subiéndolos a la fuerza en cualquier ferrocarril. No vuelvan…

Dos. John McLendon fue a la Universidad de Kansas. Años 30, uno de los primeros estudiantes negros allá. Le prohibieron nadar en la piscina del campus, le prohibieron jugar en el equipo universitario. Cuentan que fue el mismísimo James Naismith (el que puso un día una cesta de melocotones en lo alto y dijo, bien, caballeros, encesten) quien intercedió por él. Para que entrenase. Primero a un instituto, luego en North Carolina College. Allí empezó a formar entrenadores negros, esos que tenían vetado al acceso a todos los demás lugares. Cuentan que su prestigio era tan grande que las autoridades de la vecina Duke lo invitaron a sentarse en el banquillo durante un partido. “Eso sí, con una condición… tienes que llevar chaqueta blanca, así los espectadores pensarán que eres el mayordomo”. Él declinó tanta amabilidad. Sus equipos cada vez eran mejores. Durante un partido secreto contra Duke (no pudo hacerse a puerta abierta por amenazas del Ku Klux Klan) los chicos de McLendon doblaban en puntuación a sus oponentes terminado el primer tiempo. A la mierda, pensaron todos. La segunda parte se jugó con blancos y negros mezclados en sendos equipos mixtos. Ah, McLendon también daba charlas a entrenadores deportivos de las Fuerzas Aéreas. En una de ellas estuvo Dean Smith, futuro director técnico de North Carolina. Sí, coach de ese Jordan en sus años universitarios. Un último apunte… De aquel programa de McLeod para formar entrenadores negros salió un tal Clifton Herring. Futuro míster durante el instituto de… sí, lo han adivinado. De él.

Y tres. Un joven acude al colegio. Nervios de la primera vez. Vive en un buen barrio, su familia es de clase media. Clase media acomodada, podríamos decir. Pero en el interior de aquel edificio todo cambia. Sus vecinos, sus amigos, se meten en un aula. Él entra en otra. Blancos y negros, separados, no vayan a contaminarse los unos de los otros. Aquel niño se llama Michael Jordan.

Es cierto que el fulgor posterior tapó todos estos detalles de sus primeros años, incluso de sus raíces, pero el caso de Michael Jordan resulta fabuloso no solamente dentro de la cancha. Por rompedor, incluso revolucionario. Fue, en pocas palabras, el primer rostro negro tomado como icónico para el mundo publicitario a nivel universal. Sí, antes hubo otros. Ali, por ejemplo. Solo que Ali era incómodo. Un bocazas, un tipo con ideas políticas radicales (aunque fuese puliendo aristas con el pasar de los años) que no podías vender como tu amigo simpático. Porque no lo era, entre otras razones.

Pero Jordan sí. A qué tuvo de renunciar para eso solo lo sabe él. Seguramente a establecerse como bandera de un movimiento mayor, más directo, más rompedor, en pos de la igualdad entre blancos y negros. La figura de Jordan era amable, muy amable. Cuando no competía, nos referimos, con un balón en juego se convertía en uno de los grandes depredadores de siempre. Pero después… eso. Sonrisas, palabras medidas, cierto deje encantador con la prensa (sobre todo al principio). “Los blancos también compran zapatillas”, cuentan que dijo una vez al ser requerido para una causa racial que consideraba excesivamente arriesgada. Por entre esos vericuetos se quedó el icono. Por entre esos meandros nació la estrella.

Todo esto aparece en el magnífico Michael Jordan. La biografía definitiva, escrito por Roland Lazenby y que ahora acaba de traducir al castellano geoPlaneta. Una obra tan inmensa en tamaño como meticulosa por detalles. Los que les he narrado aparecen en las primeras cincuenta páginas. Ya ven, uno es caprichoso, y se preocupa de asuntos que a los demás ni fu ni fa. Pero Lazenby tiene la certeza, igual que la tengo yo, de que una figura solo se puede explicar con su contexto. Y el racial es un elemento que no se ha tratado adecuadamente cuando se habla de Jordan. O no lo suficiente. Relean lo de arriba, son vivencias personales (o superpuestas a través de otros), no historias de los Padres Peregrinos. Ojo, quizá es mérito del propio Jordan que en ocasiones se obviase el color de su piel centrando la idea solo en la belleza, en la plasticidad. No lo niego. Pero excluirlo del relato no hace sino empobrecerlo.

Lazenby se detiene en eso. Y otros aspectos, muchos de ellos oscuros, los que se ausentan sospechosamente en las hagiografías. Las nubes que asaltan al héroe, sus problemas con el juego, su despiadada competitividad. Sombras, también, en su vida familiar, que no fue tan idílica como nos quiso pintar la prensa. El padre violento, golpes en la pareja. Incluso abusos sexuales confesados por su hermana. Figura paterna bien lejos del bonachón sonriente, del simpático tipo que siempre estaba ahí para las fotos. El autor no se guarda nada, y eso está bien, porque de alguien como Jordan se sabe tanto que siempre satisface ver todo lo que queda por saber. 

Análisis de un tiempo y un lugar. Aquel pasa, éste cambia. Eso. Pase y cambio. Como en un triángulo ofensivo…

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