Será así toda la temporada. A una derrota inquietante le seguirá un triunfo esperanzador. A una buena noticia, una mala. Cualquier análisis, por sesudo que sea, caducará a los tres días. No hay quien tenga razón, ni forma de quitársela por completo a Zidane. La teoría de que el Real Madrid no ha llenado todavía del socavón que dejó Cristiano sería impecable si no fuera porque tiene una grieta del tamaño de una Liga, la anterior. El argumento de que el equipo está envejecido lo desmiente Modric y lo confirma Marcelo. La falta de gol es discutida por quienes defienden a Benzema como goleador avalado por las estadísticas. Y si reniegas de los niños, verde que te quiero verde, aparece Rodrygo. En ese juego de balanceos, el colmo es afirmar que la Liga anterior fue un accidente y que la clasificación actual es cierta, a seis puntos del Atleti, con un partido menos. Yo lo afirmo. Con ligeras puntualizaciones.

No hay que perder de vista que el Real Madrid que fue derrotado por el Alavés es la versión mínima de sí mismo por carecer de dos jugadores esenciales, Sergio Ramos y Benzema. Ellos no anulan los problemas, pero los disimulan. ¿Y qué sucedió entonces en San Siro? Pues ocurrió que incluso un equipo tan mermado descubrió que es más alto que el Inter en cuanto se colocó espalda con espalda. También influyó el amor propio, por supuesto, el valor de la historia reciente. La lucha por la supervivencia resulta de lo más estimulante. Sin olvidar el factor suerte. Según se ha ido igualando a sus rivales, el Madrid ha quedado más expuesto a cualquier contingencia. Y un penalti a favor o en contra en los primeros minutos es una enorme contingencia.

La Liga no admite conjuras dramáticas, al menos en noviembre. Y sin conjuras ni urgencias, el equipo queda a expensas del primer viento bueno o malo. Lo vimos en Mestalla y lo volvimos a comprobar contra el Alavés. En cada caso, el Real Madrid fue batido por las circunstancias, sin que esto signifique menospreciar a los adversarios, que hicieron lo que tocaba.

La más llamativa señal de impotencia es que, ni jugando bien, el Madrid consigue cambiar el sino de los partidos. Y contra el Alavés jugó bien a ratos, como se exige a quien pretende remontar, aunque no fue suficiente. Quizá acusó todo lo que enumeramos al principio con sus correspondientes refutaciones: la falta de gol, la vejez de unos, la inmadurez de otros…

El columpio no se detendrá hasta la próxima primavera y, en ausencia de otras certezas, la advertencia nos la ofrece la física, nociones básicas: ningún columpio se para en lo alto.

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