La gente vive como si nunca fuera a morir. En esta pandemia han muerto miles de personas y se han evitado las fotos de cadáveres y ataúdes. Si algún medio daba el paso y las enseñaba era tildado de amarillista. La muerte es tan real como la vida y si la tuviéramos más presente, muchos problemas de nuestro día a día se tornarían irrisorios.

Fernando Savater decidió comenzar su libro Las preguntas de la vida —del que está más orgulloso, según sus propias palabras— hablando sobre la muerte. El primer capítulo se titula La muerte para empezar y argumenta que es la existencia de la muerte la que nos hace pensadores. El hombre se ha enfrentado a la muerte desde el principio de los tiempos, incapaz de aceptar su estancia pasajera en el cosmos.

Hoy, la promesa de la vida eterna no convence a muchos, pero incluso esos viven dominados por una sociedad materialista con múltiples distracciones a mano para que nunca nos ocupemos del morir. A LA CONTRA ha hablado con un filósofo que el problema de la muerte lo tiene resuelto desde hace años, Antonio Escohotado.

Organizamos una entrevista por videollamada y acude ante la cámara con su eterna camisa blanca y bigote arreglado, desde su casa de Ibiza. El fondo es de lo más anodino así que da poca oportunidad a este periodista de lucirse con florituras literarias sobre el ambiente de la conversación. No obstante, el fondo de la tertulia es tan rico que suple esta carencia poética.

La manera de aceptar la muerte de Escohotado es tan poco común como su capacidad de admiración por la vida. Abre los ojos con fascinación cuando se detiene en alguno de los hitos del conocimiento humano, recogidos en su último libro Los hitos del sentido, editado por Espasa. También ríe y me pregunta que qué me ha parecido “ese coñazo”, refiriéndose a su propia obra. De “coñazo”, poco; es un recorrido por Grecia y Roma, por sus hitos, sus fracasos y el devenir de unos hombres que conformaron nuestro mundo y cuyo legado es hoy más actual que nunca para bien y para mal (Pericles, Sócrates, Heráclito, Platón, Aristóteles, Alcibíades…).

Charlamos durante casi dos horas, divagamos y Escohotado da buena cuenta de un par de cervezas, algún porrito y tabaco, mucho tabaco. A mí me sirven sus palabras como estimulante pues no todos los días se conversa con un sabio. El tema de la muerte surge al final de la conversación, pero, al igual que Savater, me parece más que oportuno empezar por ella.

Escohotado recuerda al fundador de la Cienciología, Ron Hubbard, al que se atribuye la frase: “La gran pasta está en la religión”. “Venden que ingresando en la secta te convertirás en un ser sobrenatural, venden esa salvación, que incluye toda la letra pequeña de las sociedades  secretas, su líder infalible, tu expropiación… Pero al infierno con esa delirante credulidad, no compro esa salvación. ¿Qué más quiero que recobrar al hijo que perdí, a mis venerados padres, la salud y el resto de las cosas amadas que ya no son? Pero, ¿cómo me atrevo a creer que ese milagro depende de poner mis bienes a los pies de los apóstoles? Si tras la agonía reaparecen Román hijo y Román padre, mi adorada madre Dolores, pues muy bien, pero sin darme una grotesca autoimportancia no hay motivo para pensar que en mi caso bastará desear para tener. Que venga pues un digno apagarse de todo, un sueño eterno mientras la vida se reorganiza reciclando mis restos. ¿Te has dado cuenta de que si viviéramos eternamente no tendríamos modo de distinguir la tontería del hallazgo?”.

El pensador afirma sentirse “tan vivo como cuando tenía ocho o diez años. No hay nada de mi cuerpo que funcione bien, pero el núcleo de todo, el flujo de conciencia, está intacto. Nadie sabe lo que es morir, porque nadie volvió para contarlo. Un esbozo de fallo renal me permitió estar en zonas limítrofes pero volví, y lo curioso es que no me encontré con el miedo en ese camino. El miedo lo tengo más bien cuando más despierto estoy, y veo qué sencillo es ser arrasado por un ictus, vegetalizarse, no poder ni asearse. Todo el mundo debería tener un Smith and Wesson en la mesilla, o un barbitúrico de acción ultrarrápida, por si toca decir adiós y la vida no tuvo la bondad de cesar dignamente”.

Creo que la mejor manera de introducir el tema es remontarme a una frase que pronunciaste en un programa de Fernando Sánchez Dragó, en compañía de Gabriel Albiac y Luis Racionero. Dijiste: “Todo está en los griegos”. ‘Hitos del sentido’ es un canto de amor a aquellos años de florecimiento sapiencial. ¿Todo está en los griegos?

—Doscientos años les bastaron para dejar una impronta inmortal. Ellos fueron los primeros en decir que bello, bueno, justo y verdadero son lo mismo. Hay una conversación entre Sócrates y Aristipo, que fue su pupilo más rebelde, donde este último observa: “¿Cómo va a ser bonita una cesta para estiércol?”. Y Sócrates le responde: “Puede ser bellísima. Las cosas son bellas en función de su utilidad. Si es duradera, cómoda…será hasta bellísima”.

Dedicas un importante espacio en el libro a Heráclito, uno de los filósofos presocráticos.

—Convertir los logoi de Homero (“decires junto al fuego”) en principio racional es una operación grandiosa, que funda al tiempo la primera deidad no absurdamente antropomórfica, y la conciencia de que el reino físico es un ente autoorganizado.  Probablemente empezó su breve libro llamando la atención sobre aquello que es común y permite hablar, aunque los “dormidos” lo consideren idéntico a su privado parecer, “rector como un fuego que se enciende y apaga fundando la medida”. El capítulo de Heráclito es de los más ambiciosos

Dices además que le puso palabras a lo innombrable.

—Verbalizó algo inefable hasta entonces, que en latín requiere dos palabras —verbum y ratio— pues su capacidad sintética no ha sido igualada. Que lo real sea devenir significa desde él que nada llega a un sí mismo sin hacerse otro, algo ejemplificado por el tortuoso retorno de Ulises a Ítaca, y es la manera más profunda de reconciliar los opuestos, viendo que no son negaciones simples sino negación de su negación. Aristóteles lo sistematizará como mediación, cumplimiento del término medio en todo, que funda lo positivamente racional. Con Heráclito lo divino del cosmos aparece “hasta en los fogones”, porque se entiende por ello lo eterno y verdadero, no un demiurgo celoso que sugiere degollar a un hijo como prueba de lealtad, o la gran vaca del Nilo.

¿Por qué decidiste dar esta vuelta atrás? Después de tratar temas controvertidos (drogas, comunismo…) haces este alto en el camino y vuelves al origen de todo (Grecia y Roma).

—Tiene su actualidad, por ejemplo rememorar la sustitución del trabajador libre por una profesionalización de esclavos, cuando tantos siguen pensando que la esclavitud es un buen negocio… Nada tan actual como los propios hitos del sentido, patentes tan inmortales como el logos, la verdad como desocultación o alétheia en Parménides, que Platón traducirá como recuerdo… También nos devuelve al rigen de la nefasta tradición del rey-filósofo, cuando la vanidad de Platón le mueve a implantar su espantosa utopía en Siracusa, una aventura que termina en un rosario de traidores asesinatos. Aristóteles pudo influir mucho más en Alejandro Magno, pero más bien publicó una Política de corte democrático, donde un pragmatismo prudente manda moderar el poder en todo caso.

En el libro señalas también la tendencia de la secta órfica de que el cuerpo es la cárcel del alma, el alma es lo puro, y el cuerpo es lo abominable. Una tendencia que vemos en el platonismo también, con su desprecio del placer, y que posteriormente hereda el cristianismo.

—Ahí está la neurosis originaria, y me gustó encontrar el paralelismo entre Pablo de Tarso y Filón de Alejandría, judíos de la misma edad y tremendo influjo en la historia ulterior, que siendo tan dispares coinciden en el disparate de ver al cosmos arruinado por la irrupción de lo  femenino y la concupiscencia. No señor, con la mujer no llega la oscuridad culpable, la catástrofe de la condena, porque hombres y mujeres son práctica y teóricamente lo mismo, separados solo por pequeñas diferencias morfológicas y las a veces mucho mayores impuestas por cada medio cultural. ¿A que no encontramos nada parecido al horror metafísico hacia el sexo en Aristóteles, en Demócrito, Heráclito o Epicuro?  

Vamos a hablar de ese gran amigo tuyo, Sócrates.

—Le tomé muchísimo cariño a Sócrates, tan parejo a Jesús por énfasis en el fuero interno e influjo, aunque el ateniense parte de un medio incomparablemente más refinado, donde las evidencias ocupan el lugar de los milagros, y la vehemencia profética linda con mala educación. “¿Qué es la virtud?” le preguntan, y responde que como es amor al conocimiento ama lo real, y evita así perder el tiempo. El obrar virtuoso es democrático, indiferente a que uno sea joven o viejo, hombre o mujer, rico o pobre, y fascina al punto de conmover a pitia de Delfos, que le nombra sabio entre los sabios. Acaba conmoviendo a sus conciudadanos hasta el punto de no poder sufrir su ironía, y deben matarlo a regañadientes, para arrepentirse a punto, porque hasta ese señor gordito, feo y feliz de la mañana a la noche el individuo no reclamaba ser reconocido como soberano último, y nadie había osado decir a la Asamblea: si he de elegir entre vuestro mandato y el de mi conciencia me quedaré con ella.  El grupo era el único titular de derechos, y conquistar el reconocimiento exigió un sacrificio expiatorio, que Sócrates aceptó con la mezcla justa de respeto y desafío.   

Con 70 años dijo aquello de que morir “ahorra las miserias de la vejez”. Ese desapego y lucidez lo he visto también en intervenciones tuyas donde dices que cada uno debería tener el adecuado botiquín en casa para cuando llegue el momento…

—Mimesis pura y simple. No sé qué se le puede poner o quitar a ese hombre, no le encuentro un defectillo.

Platón le admiraba tanto que su muerte le hace despreciar la democracia y a la plebe. Levantaba pasiones.

—Sí, pero el Sócrates platónico es una especie de santón hindú, un órfico, en las antípodas del Sócrates de las Escuelas, que no es un héroe libresco y no escribe para subrayar la fluidez del pensamiento, su apego por el aquí y ahora. Dudo de que hubiese aceptado instituciones como el sacramento de la confesión, por no hablar de la fe como testimonio y fundamento general. Con él nace el concepto de dogmatismo, y la convicción de que nada estorba tanto el despliegue de la inteligencia y la paz.    

Dice Juan Arnau que todo problema filosófico acude a dos respuestas: Platón y Aristóteles. ¿En realidad todo se fundamenta en ellos?

—Whitehead observó que la historia de la filosofía son notas a pie de página para la Apología de Sócrates platónica, y es en buena medida cierto, siempre que no olvidemos el sesgo órfico-pitagórico de Platón, que cree en la transmigración de las almas, y es uno de los primeros locos dispuestos a considerar que el reino físico está condenado por su afinidad con la lujuria. Recordando a Freud, el libro se despacha un poco con los dispuestos a satanizar el sexo.

¿Platón es un paso atrás respecto a Sócrates?

—¿Por qué no fue invitado a verle beber la cicuta, como los cuatro ulteriores cabezas de Escuela y otros tres amigos, entre ellos Critón? Tras cubrirse púdicamente con una sábana e rostro, cuando el veneno empieza a obrar, Sócrates la aparta brevemente para decirle: “Critón, no olvides el gallo debido a Esculapio”. Y, en efecto, décadas antes pasaban ambos ante un puesto donde vendían escapularios y otras ofrendas a este semidiós de la salud, y Sócrates puso en duda que sirviese para algo. Critón repuso un “me apuesto la ofrenda de un gallo si sigues pensando eso al morir”.

Detalle de La escuela de Atenas, de Rafael.

La influencia pitagórica también fue enorme. En la portada del libro se ve el cuadro ‘La escuela de Atenas’ de Rafael. La figura que representa a Pitágoras está rodeada de un montón de figuras que miran lo que escribe. A pesar de ello, este hombre creía en la inmortalidad del alma, la purificación del cuerpo, que no había que comer habas…

—Dedico un trecho a la ambigüedad pitagórica, que para empezar es una sociedad secreta sectaria, combinada con un orfismo que es culto ascético y al tiempo dionisíaco,  en ceremonias que comenzaban con oficiante cortando a mordiscos el pescuezo de un cordero recién nacido, como en tiempos de Eurípides hacía aun Olimpia, la madre de Alejandro. Si contextualizas lo previo y posterior a Sócrates te das cuenta de que viven una época de furores homicidas añadidos a un brote de prosperidad inaudita, al que sigue una irreversible pérdida de independencia.

Vemos esa mezcla de explosión del saber y ese sectarismo que hace que Anaxágoras tenga que abandonar Atenas para irse a Lámpsaco, acusado de impiedad.

—Y con Protágoras, por no decir con todos los procesados por violar el secreto de la iniciación eleusina, unos ritos mistéricos que se celebraban ya antes de escribirse los poemas homéricos, y eran la más antigua y sólida atracción de Atenas, administrados por una sola familia, la de los eumólpidas, que bien pudieron ser una especie de Rothschilds por su facultad de iniciar o no a incontables peregrinos, muchos de rango real, venidos de los cuatro rincones del mundo. La reserva mistérica se comprende, teniendo en cuenta que el kykeon, la papilla administrada a los peregrinos, contenía alguna variante de los alcaloides contenidos en el cornezuelo, y cabe imaginar la influencia que tendría hoy una familia con la exclusiva de administrar ácido en condiciones muy controladas a grandes grupos de elegidos.

En el capítulo final hablas de cómo el científico se alzó como una versión corregida del místico. Ya vivíamos en una era de cientificismo, pero creo que con la pandemia de Covid ha arraigado mucho más. El ministro de Sanidad sale en la tele y dice: “El camino nos lo marca la ciencia”. Sustituyes ciencia por Dios y está hecho el trasvase del científico al místico. Me pregunto cómo la ciencia va a decidir qué vida salvar. O qué dolores tienen más peso, la soledad o la enfermedad.

—Basta oírles hablar de ciencia y científicos para comprender que no pueden estar más en la higuera. “El 99 por ciento de los científicos cree en el cambio climático”, dicen, por ejemplo, cuando nunca se cifró en tantos por ciento la veracidad de un criterio, y la ciencia es un proceso tan ajeno a la fe como interminable, jamás conforme con una visión acabada del mundo.

Ese comité de expertos que cuando se menciona parece el oráculo de Delfos.

—Ya quisieran, son tarzanes de lianas burocráticas, cuando la ciencia se ha convertido en un fenómeno gremial, y se comporta como una mezcla de sindicato-academia, con un profeta tan mediocre como Augusto Comte, que de paso estaba como una regadera. Tras aprender todo de Saint-Simon, luego adujo que le había copiado todo, y le correspondían sus derechos de autor. También se tiró al Sena, y ser un excelente nadador le preservó de morir pero no de preconizar la dictadura empírica del orden positivo.

¿Y las mujeres en Grecia?

—Les dan poca vela en el entierro. Sócrates es muy generoso con Aspasia, la compañera de Pericles, alegando que fue el intelecto más despierto de la ciudad, sin perjuicio de regentar el más refinado burdel de Atenas, donde él mismo, Anaxágoras, Alcibíades, Fidias y un tropel de otras personalidades pasaban al menos parte del tiempo.  Pero las casadas y las casaderas pasaron largas épocas siendo parecidas a menores perpetuos, como las romanas no emancipadas por inscribirse en el censo de rameras, y pagar impuesto.

También me parece enorme el salto de Epicuro, que permite a los esclavos asistir a sus clases.

—Y tanto. Aristóteles fue algo rarito al pensar el tema de la esclavitud, sin duda influido por criarse como hijo del médico real, a quien se encargó más adelante ser el tutor del siguiente.

Hay algo de herencia platónica ahí, ¿no crees? Platón no soportaba a la plebe. El conocimiento estaba reservado a unos pocos. Tampoco es que fuera muy amigo de las mujeres…

—Dicen que fue célibe toda su vida, como Newton, Adam Smith y Kant.  A Platón más bien le horrorizó el sexo, y a medida que me hago más viejo menos entiendo darle tanto peso en la existencia al coito y al orgasmo, salvo cuando los disfrutamos precisamente.

Ahí tú y Sánchez Dragó tenéis unas cuantas batallitas.

—Fernando ha sido y es mucho más activo que yo. Pero haberme casado con su ex me permite aseverar que no solo es una buenísima persona, que jamás se prestó a malediciencias, sino un caballero como la copa de un pino, al que siempre deberé gratitud y respeto.

Parece como que algunas tendencias feministas también ven a la mujer como ese ser cósmico, puro…

—Tuve algún viaje con ácido donde aparecían reinas de la lascivia, fascinantes hasta dar miedo.

En la caída de Roma le das mucha importancia al tema de la esclavitud. Hay otras tesis (el cristianismo, la pérdida del valor moneda, etc.), pero tú defiendes la de la esclavitud.

—Me quedo con ese factor —la desmotivación de trabajo— como el primero en peso a largo plazo.

Me gustaría hacer un ejercicio de imaginación, ¿cómo nos vería hoy en día Sócrates?

—Convencido de que hay cada vez más personas cultas y virtuosas, y de que su influjo fructificó.

¿Cuánto tiempo le dedicas al estudio?

—Todo. Pero hablar contigo también hace funcionar las neuronas, como jugar al ajedrez, y sobre todo informarse sobre lo que vaya apareciendo.

Hay una cosa que tienes en común con Sócrates, ese hacerse de menos. Por ejemplo, cuando anunciaste este libro dijiste que no estabas conforme del todo con cómo había quedado. Con ‘Sesenta semanas en el trópico’, que vas a reeditar, dices que al releerlo viste inmadurez, y eso que tenías 60 años al escribirlo.

—Pero, ¿de qué vas a presumir? Envanecerse es entrar en una espiral de bobadas, de la cual saldrás por fuerza perjudicado. Sabemos que no sabemos, que el mundo no se acaba con ninguno de nosotros, que hay una inmensidad de cosas esperando ser conocidas.

¿Con cuál de los capítulos estás más orgulloso?

—Con el titulado ‘¡Oh, cuerpo inmundo!’.

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