El nuevo entrenador viene hacia mí moviendo el índice derecho como si fuera la aguja de un contador Geiger y en mi botella llevara agua de Fukushima. Pero yo no he estado en Japón. Repaso rápidamente los viajes que he hecho en los últimos años y no me veo más allá del metro de Plaza de España.

—¿Qué estás haciendo?

Le voy a responder que ejercicio. Cojo la barra larga con las manos y, sentado, tiro de ella hacia mi nuca. El nombre de la máquina en la que estoy no me ayuda mucho a ser más preciso. Lat machine. Suena a bebida del Starbucks. Ejercicio, pues. 

—Espalda. ¿No?

—Eso es.

—Pues es mejor que eches el pecho hacia atrás y bajes la barra hasta él. Eso es.

Así que descubro que llevaré unos cinco años haciendo mal este ejercicio. Cinco años en los que mi entrenador de cabecera no me ha dicho nada. Por un momento me pregunto quién tiene razón, pero la tensión dura pocos segundos porque es bastante probable que el nuevo, dispuesto a acercarnos en lo posible al futuro medallero de Tokio, no sepa quién ha dirigido El renacido. Y, para mí, lo fundamental no es lo que haces en las máquinas, sino entre máquinas. Hablar de Iñárritu, por ejemplo, con mi entrenador habitual.

—Me gustó más Babel que Amores perros.

Tiene una memoria compacta y resistente, como un saco de boxeo, que puedes golpear con cualquier duda. Hay gente que pasa por una película como un ciclista en una contrarreloj, dejando perfiles borrosos a ambos lados de la carretera. Él se parece más bien a la máquina que avanza pavimentando una comarcal, capaz de percibir en qué momento un girasol ha cambiado de posición o qué objeto secundario cambió una trama.

En una mañana en la que esté especialmente animado puede recitarte diálogos enteros de Amanece, que no es poco mientras, de pie, con los brazos cruzados, vigila la sala, comprobando no que la gente haga las cosas bien, sino que no se empeñe en hacerlas demasiado mal, que no es lo mismo. Supongo que tantos años trabajando en un gimnasio te acerca demasiado a la naturaleza humana y a lo que se puede esperar de la especie en temas deportivos.

Después de mis pulcros ejercicios en la Lat machine, me voy a hablar con él. Está en la entrada, con el nuevo uniforme negro que llevan desde que abrieron tras el confinamiento y la mascarilla puesta. Este no ha sido el único cambio en la sala. Además de compartimentar la gran sala de cardio en pequeñas celdas para las máquinas, han agrupado el resto en zonas señaladas con grandes carteles que cuelgan del techo: “Hombros”, “Pectorales”, “Piernas”, “Abdominales”. Como si, en vez de en un gimnasio, estuviéramos en la sección de charcutería de un Mercadona dirigido por Hannibal Lecter.

En los buenos tiempos, él me ponía al día de los estrenos, que veía en versión original en los cines de Plaza de España. Hacía un breve resumen de la historia y, como valoración, movía la cabeza y cambiaba el gesto de su cara. Eso era todo. Para mí tenía el peso y la elocuencia de una crítica de Oti Marchante. Mi impresión después de ver las películas coincidía siempre con la suya, salvo en un caso en el que ha sido imposible lograr un mínimo acercamiento: El árbol de la vida, de Terrence Malick.

Ahora esa conversación, antes tan fluida, apenas se da. Ese pequeño afluente de los estrenos está prácticamente seco porque a los cines apenas llega la corriente de las distribuidoras, que se guardan todo el caudal para el 2021. Podríamos hablar de series y de lo que se emite en las plataformas, pero aquí tenemos la misma devoción por los estrenos en salas de versión original que en el pueblo de Amanece que no es poco por Faulkner.

Cuando llego a su lado está echando hidrogel en unos botes. Sin dejar de trabajar, con los gestos de un alquimista cansado, me dice que ha visto The Rider. Se le escapó cuando la estrenaron y la han emitido sin anuncios, lo que es suficiente para que hablemos de ella. Con un movimiento de cabeza le quita un par de puntos a la valoración que yo le puse en su día.

—Para historias de personas que no se pueden dedicar a lo único que saben hacer, prefiero El luchador, la de Mickey Rourke. ¿La has visto?

—Le digo que sí para que siga hablando de ella, porque, si no, se callará para no arruinármela. El también ha aprendido a entender mis síes y sabe que éste lleva dentro un no, como la avellana de los Ferrero Rocher, pero lo pasa por alto.

Así que hablamos de la película un rato y, cuando los botes están rellenos, nos acercamos a la pantalla que emite Teledeporte para buscar inspiración. Uno de nuestros planes es aprender astrohúngaro, en homenaje a Berlanga. El otro, dedicarnos a un deporte que no exija ningún esfuerzo y dé mucho dinero. Tras una temporada en la que nos sentimos atraídos por los que se podían hacer sentados, siempre que no fuera un sillín, vimos la luz el día cuando pusieron un campeonato de dardos. La opción habría sido perfecta si no fuera porque a ninguno de los dos nos gusta la cerveza y da la sensación de que los riñones de los campeones de dardos, como consecuencia de sus horas de entrenamiento en pubs, han debido filtrar miles de litros.

Hoy están retransmitiendo la final femenina individual de gimnasia rítmica que se celebró en Ámsterdam en el 2004. Esas gimnastas ya no podrían realizar esas pruebas. A los deportistas el tiempo les quita más cartas que al resto de nosotros.  Pero esos ejercicios siguen vivos: lamento el fallo de una de ellas tras un salto, aunque me llegue con dieciséis años de retraso, y mi entrenador y yo nos quedamos callados viendo la serie de la belga Aagje Vanwalleghe, con el dorsal 306, en la barra de equilibrio. 

Mira, parece decir, aunque la realidad se os haya vuelto así de estrecha, siempre podéis realizar algo elegante sobre ella. 

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