No sé cómo se escribe de fútbol el día que ha muerto Maradona. De fútbol sin Maradona, quiero decir. Lo del minuto de silencio “atronador” me parece poco y de escaso mérito en un estadio vacío. El brazalete negro se usa tantas veces, y en recuerdo de personajes de tan distinto rango, que tampoco lo considero un homenaje suficiente. Pienso que los dieces sobre el campo —Modric y Lautaro— podían haber llevado una camiseta sin número como señal de respeto. Otra opción hubiera sido ponerse todos medias celestes, que igual hubieran valido para dar el pésame a su Argentina y a su Nápoles. Aunque me temo que gestos así habrían necesitado de otro mundo y de otra UEFA. De modo que sólo queda mencionar al genio en cada párrafo.

Cuando nació Lucas Vázquez (1991), Maradona ya lo había hecho todo en el fútbol (se retiró en 1997), de manera que es imposible que el niño Luquitas guardara algún recuerdo significativo del Diego futbolista. En su caso, como en el de todos los jugadores sobre el campo, es fácil que Maradona fuera un señor obeso y disparatado antes que un artista, cosas de la edad. Sin embargo, y por alguna razón que quisiera conectar con el mago muerto, Lucas Vázquez fue el futbolista más inspirado en San Siro, como si le hubiera querido dedicar la noche. Por cierto, y permitan el inciso: tal vez le debamos una disculpa al abnegado Vázquez. Su nombre es un fijo cada vez que apuntamos a una renovación en la plantilla, y no por la edad (29), sino por una supuesta falta de talento. Y es mentira. Lucas juega mejor de lo que parece. No hay más que verle parar un balón o poner un centro. El problema es que corre mucho y tendemos a creer que los tipos esforzados (le ocurría a Raúl) compensan así la limitación de sus recursos técnicos.

El día que murió Maradona al Madrid le salió el partido perfecto, y también podemos pensar que existió algún tipo de inspiración colectiva, impulsada, sigo delirando, por algún comentario de Zidane a sus muchachos, jueguen como le hubiera gustado a Diego. La especulación es atrevida, pero sólo así se puede explicar qué hacía Nacho (central disciplinado) dentro del área del Inter a los cinco minutos de partido. Y más importante que lo que hacía es lo que estaba a punto de hacer. De no haber sido derribado por Barella, habría disparado a puerta con buenas posibilidades de marcar gol. Nacho, repito.

Un penalti de inicio es la primera línea de cualquier carta de un entrenador a los Reyes Magos. Hazard marcó y no permitió que el foco le perdiera de vista. Durante muchos minutos fue el que era, dominador, veloz, amenazante… Maradona también actuaba de forma parecida, multipliquen por diez o por cien, no sé a cuánto está el cambio de estrella a mito.

El caso es que el Madrid descubrió desde muy pronto las vergüenzas de un Inter en proceso de demolición. Ni siquiera la presencia de Lukaku, al que muchos críticos tienen por un futbolista estimable, incluso excelente (yo me quedo en estimable), cambió la cara de un equipo que no cree en sí mismo, ni en su entrenador, ni en el escudo. Parte de culpa la tiene quien hizo temblar las rayas de la camiseta. Volvamos a Maradona. Nunca jugó mejor que cuando llevó camisetas bonitas, y ninguna lo fue tanto como la de Argentina de Le Coq Sportif.

Arturo Vidal, al que nadie tiene por un hombre especialmente inteligente, terminó de sentenciar al Inter con una autoexpulsión incomprensible. Tanto protestó al árbitro por un penalti que no fue que vio una amarilla tras otra, y hubiera visto siete de existir la opción. La expulsión aniquiló las esperanzas de su equipo. Quien asegura que al fútbol se juega con los pies minimiza lo importante que es la cabeza. Qué buen ejemplo era Diego. Antes de hacer lo que ninguno, pensaba lo que nadie.

El resto fue una exhibición del Madrid de Lucas, suya fue también la asistencia del segundo gol. En esta ocasión, Rodrygo marcó en su primer contacto con la pelota, un remate que no era tan sencillo como pueda parecer (prueben en casa). No diré que ahí acabó el asunto porque había terminado mucho antes. Tampoco diré que en el aire quedó Maradona, no es cuestión de ponerse líricos, aunque sea tan cierto como el 0-2.

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