Hace unos días escuchaba una reflexión de Mattia Binotto, ingeniero jefe de Ferrari, en la que hablaba de los grandes pilotos, de campeones que han conquistado carreras y títulos, y los dividía en dos clases: los que ganan y los que, además de ganar, ayudan a evolucionar los coches.

En sus primeros años como entrenador, Zidane manejó un equipo perfectamente evolucionado. El trabajo anterior de Mou en lo competitivo, de Ancelotti en lo técnico y alguna corrección de Benítez en lo táctico habían convertido al Real Madrid en una máquina preparada para ganar. Sin duda, él puso su parte, fundamentalmente en lo que tiene que ver con lo emocional y con el manejo de egos.

Ese equipo ganó tres Champions y una Liga y, aunque su fútbol puede ser discutible, sus resultados resultan avasalladores. No obstante, cuando Zidane regresó al banquillo el año pasado se encontró con una nueva realidad. Su equipo carecía de demasiadas cosas para ser competitivo en Europa y en las competiciones nacionales —la Copa fue un mal trago— el parón por la pandemia disfrazó en forma de Liga lo que en marzo amenazaba con ser un año en blanco.

Del mercado no ha llegado nada en verano y lo que el técnico francés tiene ahora en sus manos es un equipo lleno de jóvenes talentos que debe evolucionar. No le queda otra. Además de ganar carreras tiene que mejorar el coche.

Talentos sin pulir como Vinicius, Rodrygo, Odegaard y Lunin se suman a otros a medio hacer como Asensio, Valverde, Jovic o Militao, futbolistas con presente, pero sobre todo con futuro, y para eso tienen que desarrollarse.

Pero evolucionar futbolistas no es sencillo. No todos los entrenadores tienen ese perfil pedagógico que se necesita para hacer crecer a un jugador de 18, 20 o 22 años. A esa edad los futbolistas todavía están en época de aprendizaje, aunque ya sabemos que en el fútbol moderno a dirigentes, socios y aficionados solo les vale aquello de “ganar, ganar y volver a ganar”.

Hoy un futbolista no sólo tiene que tener esa técnica que se gana con la repetición en los entrenamientos, o ese físico que te proporcionan las horas de campo y gimnasio; además debe entender el juego, porque el talento ya no es la parte esencial del sistema, aunque sí su herramienta imprescindible. Ahí es donde entra la mano del entrenador y su capacidad para que el jugador crezca en virtudes y sea capaz de formar parte de un entramado asociativo en el que es básico la comprensión del juego, es decir: qué hacer, cuándo y cómo.

La función de Zidane como entrenador en este Real Madrid 2020 es potenciar las capacidades de sus futbolistas desde lo individual hacia lo colectivo. De momento, y en este último año, el crecimiento de jugadores como Rodrygo, Vinicius o Valverde es cuanto menos cuestionable; Asensio lleva cinco temporadas a sus órdenes y tampoco ha pasado de promesa; a Brahim ni le hemos visto y con Kubo ha preferido que sean otros los que se encarguen de su evolución, al igual que ocurrió con Odegaard, Archaf o Reguilón.

En definitiva. En un club cuya política de fichajes es la compra de talento casi juvenil, que el entrenador asuma un papel de Pigmalión es imprescindible.

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