Presiona, que algo queda. Y después de presionar, sólo a continuación y si procede, juega. Pero el primer requisito es inexcusable: asediar al contrario en su campo, cerrar líneas de pase, rascar, agobiar, violar la distancia de seguridad. Cuanto más arriba robes la pelota, más cerca tendrás la portería. Esa es la estrategia universal: acortar el camino y jugar menos. Los futbolistas ya no salen a divertirse; hacen marchas militares. Del Jabulani hemos pasado al balón medicinal. A igualdad de condiciones gana quien tiene más pulmones. En situaciones de desequilibrio técnico pierde quien peor saca la pelota de la sartén. En este caso, Suiza.

Asumido que el fútbol actual se está convirtiendo en un entrenamiento para marines, debo insistir en mi escepticismo con lo que respecta a España. No somos ni los más fuertes ni los más técnicos; ni los más feroces ni los más expertos. Carecemos de estrellas, descontado, quizá, Sergio Ramos. El resto de jugadores transitan entre lo aseado y lo esperanzador. Ansu Fati, que fue titular, nos hizo ver que no todos los días es fiesta. Estuvo discreto tirando a gris. Adama Traoré calcó el repertorio de su debut: desborde y luego ya veremos. Se escapa cuando quiere, pero no siempre decide como debe. Lo de embadurnarse de aceite para no ser atrapado por los rivales es una frivolité pringosa y pelín arrogante.

El gol de Oyarzábal llegó tras un fallo de Suiza en la salida del balón. Sommer, el guapo del cantón, cedió a Xhaka dentro del área, que se resbaló primero y luego fue incapaz de reaccionar, blandito como un peluche. Luis Enrique dijo al terminar el partido que la jugada fue mérito de España. Se acepta que la presión genera errores (para eso se practica), pero de ahí a atribuirnos el resbalón de un rival va un trecho. Salvo que el aceitoso Traoré calentara por esa parte del campo.

Al margen de esa jugada, nadie hizo demasiados merecimientos. Quizá fuera el viento serrano que se levantó de golpe en la capital confinada. De Gea sacó una y Merino pudo meter otra. El resto fue un reparto más o menos equitativo de aciertos (pocos) y equivocaciones (muchas).

Dicho lo cual, el optimismo es un elixir que cada uno ingiere a su gusto. En última instancia, la victoria siempre tiene razón. España gana mientras las promesas se hornean. Con eso hay que quedarse. Con el aroma.

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