El control en el fútbol es una sensación efímera. Basta pensar que uno lo tiene para que el sopapo te alcance el mentón. Es una historia mil veces vista en este deporte y España, tanto recientemente como en tiempos pretéritos, ha padecido los efectos del cortejo. Insistir e insistir para que el premio se lo lleve otro. Esta vez le pasó a la España de Luis Enrique frente a la Ucrania de Shevchenko. Y de alguna manera ese 1-0 fue la metáfora de los dos entrenadores. Un maratoniano frente a un bombardero.

Si Luis Enrique apuesta tanto por las bandas como muestran sus onces iniciales, quizá haya que repensar la apuesta por Rodrigo, un delantero móvil, con capacidad para caer a los costados y bajar para asociarse, pero lejos del cazador que demandan los centros de Adama y las conducciones de Ansu Fati. Estuvo disperso el juvenil en esta primera mitad, casi diminuto en la enormidad del Estadio Olímpico de Kiev. Y eso que su figura hubiera vuelto a crecer varios palmos si hubiera estado atinado en la primera que tuvo. Un pase filtrado de Canales puso a Ansu frente al portero, pero su golpeo defectuoso propició la parada de Bushchan.

Más se lució Adama Traoré. Es cierto que sus intentos fueron infructuosos, pero nadie puede negarle su empeño y sus intenciones. Siempre directo, siempre dispuesto a jugarse un uno contra uno. En cuatro de los seis regates que intentó salió victorioso aunque sus centros unas veces fueron telegramas, otras sms, nunca un whattsapp. Nadie supo leer esos pases que debían ser el preludio del gol.

De hecho el gol nunca estuvo tan cerca como en esa falta lanzada por Sergio Ramos que buscaba la escuadra. De allí la sacó el cancerbero ucraniano para mandarla a córner. Los de Shevchenko todavía protestaron un penalti cuando Zubkov bailó frente a Navas, en el taconeo el sevillano rozó al extremo ucraniano pero el colegiado, Pawel Gil, no quiso saber nada.

El segundo tiempo comenzó con susto para España. La confusión se produjo por una internada por la derecha de Yarmolenko que terminó con un pase a la espalda de nuestra defensa. Por allí surgió Zubkov cuyo remate destensado se marchó a la derecha de De Gea. La torrija duró hasta que saltó Ceballos al terreno de juego. A partir de entonces los de Luis Enrique volvieron a empotrar a los ucranianos sobre su meta. El sevillano dio fluidez al juego de España y mejoró el fútbol industrial de Merino. El balón llegaba antes a los extremos, en los que ahora Adama y Ferrán Torres, que entró en lugar de un Ansu difuminado, intentaban encontrar la ventaja.

Las ocasiones empezaron a caer como fruta madura, espoleados los nuestros por el vigor y la velocidad de Adama. Primero Rodri, luego Oyarzabal, más tarde una incorporación de Reguilón e incluso un dos contra uno de Adama que terminó con un disparo saltarín y falto de veneno. Lo que demostró una vez más que el principal problema de este equipo es la pegada. Todo lo demás es aseado pero en la zona de castigo disparamos con pistola de agua.

Así que el guión del partido se retorció en el minuto 75. Dedicados a achicar agua hasta entonces los ucranianos mostraron lo sencillo que puede ser el fútbol. Un saque de puerta, bajar el balón con la cabeza, un pase al hueco y un zapatazo de Tsygankov que se alojó en el fondo de las mallas. La zaga española picó en el anzuelo de Yarmolenko, que retrasó su posición y abrió su ángulo de visión. Descolocada la defensa, De Gea se quedó a medias con un intento de achicar espacios que desguarneció aún más su meta.

Lo que siguió fue un quiero y no puedo de España. Las ideas se habían agotado en el cuarto de hora anterior y lo que quedaba por delante era una llamada a la heroica que nunca apareció. Si el plan es colgar balones a Sergio Ramos, es que no hay plan. Ante futuras emergencias habrá que buscar otras alternativas, la duda que nos dejan estos partidos es si hay jugadores para ello.

El balance de estos tres partidos dejan un regusto agridulce, casi amargo. De más a menos, el equipo no solo ha extraviado la puntería, también la fluidez en el juego y las respuestas ante defensas muy cerradas nos suenan a ucraniano, o a ruso, o a cualquier idioma lejano. España pierde su primer partido en la segunda etapa de Luis Enrique en el banco y el grupo se aprieta considerablemente, aunque la Selección sigue siendo primera. Lo que ya no es tan efervescente es la savia nueva de este equipo, que se disipa como la gaseosa.

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