No diré yo que el Real Madrid perdió por vestir de rosa, seamos serios, y tampoco afirmaré aquí que el equipo fue víctima de la fusión (fisión) del fucsia de sus camisetas con las amarillas del Cádiz, reacción tan mortífera como mezclar el Baileys con un refresco con burbujas, pero no me cabe la menor duda de que la enajenación fue la suma de diferentes factores y entre ellos se encuentra el uniforme de camelia, añadido al exilio voluntario y a la dejación de funciones, o mejor aún, a la concentración de funcionarios.

Aun suponiendo que la cromoterapia fuera una ciencia de charlatanes (bien probable), el Madrid habría caído sin remisión porque jugó peor o, para ser más exactos, porque nunca supo a qué jugar, ni cómo hacerlo. Creyó, seguramente, que el partido se decantaría como tantos otros, por un gol o por varios, sin conexión con el juego, por simple aplicación de la ley de la gravedad, y lo creyó hasta los últimos minutos, cuando toca medir el coraje de los equipos y su resistencia a perder. Ese Madrid final, tan protocolario en el asedio (buenas tardes, ¿es el enemigo?), es quizá la peor señal, porque la derrota es una opción, pero acabar despeinado debería ser de obligado cumplimiento.

El tropiezo es de los que hacen daño y quién sabe si la costalada no esconderá alguna fisura. Primero por la lesión de Ramos a una semana del Clásico. Luego por los cambios de Zidane al descanso, un arrebato algo sobreactuado que deja en mal lugar a los reemplazados (Modric, Isco y Lucas Vázquez), pero que en el fondo señala al propio entrenador por su pésima puesta en escena. Que el actual Real Madrid necesita a Casemiro y/o Valverde es algo bien conocido. Tanto como que por la banda de Marcelo se abre una vía de agua a poco que llueva. Y a estas alturas tampoco debería sorprendernos la evanescencia de Vinicius, más cerca de Onésimo que del Balón de Oro. La última evidencia no reconocida es que el Madrid ganó la pasada Liga sin jugar bien, algo que tal vez sólo pueda permitirse el Real Madrid.

Pero no seremos justos si no incorporamos al Cádiz a la ecuación. Sus primeros quince minutos fueron excelsos. Antes del gol del Choco Lozano (16’) encadenó hasta cuatro ocasiones de uy. Casi en cada acción Negredo ejerció de líder, porque el fútbol también produce veteranos de guerra que se conocen todos los mapas. La energía del equipo fue admirable, sus despliegues por la banda de Salvi y su ferocidad en defensa.

Que en la segunda parte el Cádiz renunciara al balón y saliera proteger el marcador pareció una imprudencia temeraria. Muchos han salido goleados en intentos similares. Sin embargo, la defensa del fuerte no fue en ningún momento agónica. Es cierto que el Real Madrid pudo empatar (tiro al larguero de Benzema y travesuras de Vinicus), pero los de amarillo no se alteraron, multiplicados por un Fali en modo káiser y por un danés (Jonsson) que aún no sabe que sus nietos nacerán en Cádiz.

El orden y las ideas claras. Y Negredo en rama. No hizo falta más para desquiciar a un Real Madrid en el que sólo se salvó Benzema, tampoco esto es nuevo, y en el que volvió a decepcionar Asensio, por no mencionar la mala sombra de Jovic, que marcó en fuera en fuera de juego y no se repuso del disgusto.

Para el Cádiz es el inicio soñado: a partir de ahora será más temible que simpático. Para el Madrid no es la mejor manera de entrar en semana de Champions y Clásico. Las dudas son como las bolas de nieve ladera abajo. Y ya va haciendo frío.

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