Se hace muy difícil dimensionar lo que está haciendo Rafael Nadal en la historia del deporte —el tenis ya se ha quedado pequeño—, y en este caso pido prestado el presente continuo de los anglosajones porque la acción está en desarrollo: no encuentro razones para que Nadal, de 34 años, no gane de nuevo y varias veces más en Roland Garros. El único límite temporal lo puso el mismo Rafa cuando en la ceremonia de entrega de trofeos dijo que le gustaría seguir librando estas batallas con Novak “durante un par de años más”. Ese fue el único escalofrío de la tarde. A estas horas es imposible saber si adelantó un plan de retirada o hizo una estimación cualquiera, no están los tiempos para imaginar futuros muy a largo plazo.

Rafa también comentó, y en esto mintió educadamente, que sólo pensaba en el nuevo título, y no en los veinte que le igualan a Roger Federer. Tengo para mí que esta es su principal inspiración, el motivo para seguir entrenando cada día, y moliéndose el cuerpo un poco más: batir el récord absoluto de grandes títulos y, si es posible, dejarlo a prudencial distancia de Djokovic (17). Sobre el papel, las previsiones son optimistas, tienen que serlo. Si pensamos que a partir de los 35 años Federer sumó tres Grand Slam a su palmarés (Australia 2017, Wimbledon 2017 y Australia 2018), no resulta descabellado imaginar que Nadal pueda lograr algo similar y dejar su cuenta en 23. Más complicado es que Federer, cumplidos los 39, vuelva a sumar. De momento, el suizo se puede añadir a su palmarés el campeonato mundial de la elegancia: «Siempre he sentido el máximo respeto por mi amigo Rafa como persona y como campeón. Ha sido el más grande de mis rivales durante muchos años y creo que ambos nos hemos empujado el uno al otro para ser mejores tenistas. Por tanto, es un honor para mí felicitarle por su vigésimo Grand Slam. Es especialmente asombroso que haya ganado Roland Garros 13 veces, una de las más grandes conquistas en el deporte. Felicito también a su equipo, porque nadie puede hacerlo solo. Espero que el 20 sea otro paso en este viaje que continúa para ambos. Bien hecho, Rafa. Te lo mereces».

Si nos ceñimos a la final, podemos afirmar que Nadal volvió a ser el mejor sin serlo. Me explico. Su proeza no es solo ganar lo que gana, lo que ya sería un mérito inmenso, sino hacerlo ante tenistas más dotados, y en este caso me refiero a Djokovic y Federer. Que nadie interprete que desmerezco a Rafa, es todo lo contrario. A lo largo y ancho de su carrera ha tenido que compensar esa desventaja con un despliegue que es más mental que físico, aunque le luzcan más los bíceps. Su primera hazaña deportiva fue devorar mentalmente a Federer y la última, esta misma tarde, ha sido recuperar la mano ante Novak, que le tenía comida la moral en los últimos tiempos. Desde que el serbio perdió la final de Roland Garros de 2014, el balance entre ambos era de 10-3. No arriesgo mucho si digo que Nadal no hubiera ganado los cinco Grand Slams que sumó tras su crisis de juego de haberse encontrado por el camino con Djokovic. Para su fortuna, los enemigos en aquellas finales fueron Wawrinka, Thiem, Anderson y Medvedev.

Esta es otra proeza en la montaña de méritos. Volver de entre los muertos. Entre 2015 y 2016, Nadal dio pena bastantes veces, y lo digo desde el corazón y no desde el desprecio. Cualquier rival le podía herir (véase Fognini). Verle concentrado en ganar la medalla de oro en el torneo de dobles de los Juegos de Río fue tomado por muchos como un gesto de campeón; para mí fue un acto de resignación. No le daba para más y lo sabía. Con todo, no dejó de sumar títulos sin estar todavía en forma, y de nuevo priorizo lo psíquico sobre lo físico. El problema no eran las rodillas, sino la cabeza.

Rafa volvió a ser Rafa en 2018, pero Djokovic siguió siendo inabordable en los grandes momentos. Hasta hoy. Esta era la prueba que debía superar. La definitiva. Demostrar y demostrarse que no le quedan complejos, que nadie es mejor que él, aunque los haya mejores. Apuesto a que el 6-0 del primer set le valió por cinco años de terapia. El 6-2 fue una exhibición de dominio mental y tenístico. En el 7-5 definitivo, cuando más se aproximó Djokovic, dejó claro que ya no tiene miedo y no volverá a tener prisa.

La celebración fue algo extraña. Rafa se limitó a arrodillarse y se incorporó rápido para consolar al difunto. Estoy convencido de que le pareció de mal gusto excederse en la celebración en mitad de una pandemia. A continuación, y con mascarilla, Nadal levantó la Copa de los Mosqueteros con la misma edad que lo hizo Andrés Gimeno en 1972, cuando los deportistas se hacían viejos a la treintena. En su discurso dejó algo claro: todavía necesita unos años más para perfeccionar su francés.

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