Llegaba el equipo de Kurtinaitis a Madrid en horas bajas, con una plantilla en cuadro disminuida por los estragos del Covid. Sin embargo, la precaria situación de su rival no insuflaba optimismo al madridismo, sino todo lo contrario. El positivo de Mirotic tras visitar la cancha del Zenit había incrementado los habituales prejuicios sobre Rusia que a menudo condicionan la mirada que Occidente tiene sobre este país y sus integrantes —en muchas ocasiones de manera bastante injusta, como matizó Daniel Utrilla en su recomendable libro A Moscú sin kaláshnikov—. Un mermado Real, necesitado de la victoria tras su nefasto arranque en la Euroliga, se presentaba a la cita con la ceja alzada, como escudriñando la sorpresa vírica oculta que podían entrañar los bloqueos. Nunca, tras varias décadas forzando el chiste, fue más ajustada la denominación de Khimki.  

Por otro lado, una vez hecha la concesión a los chascarrillos fonéticos, el apelativo del conjunto moscovita evoca de forma más sencilla y natural a los Kinks. Cuya música, paradójicamente, se asemeja más al estilo tradicional del equipo de Laso, hasta el punto de que, en sus mejores tiempos, los blancos parecían jugar al son de la banda de Muswell Hill, aumentando la intensidad con cada contragolpe igual que crecen los decibelios en cada estribillo del You really got me; canción famosísima que, por cierto, dura poco más de dos minutos. Más o menos lo mismo que los rivales al Madrid cuando entraba en trance.

No obstante, el irregular comienzo de temporada merengue está lejos de aquellos años, y no invitaba a alegrías ni siquiera con un contrincante mermado. Sabedor del instante delicado, Llull asumió desde el inicio las riendas en ataque, en un ejercicio de responsabilidad que se pareció poco al afán desmedido de protagonismo de otras temporadas en que se encontraba más exuberante: esta vez golpeó sin piedad en el momento adecuado, con más inteligencia que arrebato. Su primera parte excepcional compensó el rol más secundario de Campazzo, cuyas dudas unamunianas acerca de la NBA han conferido a su rendimiento unos altibajos poco propios de él. Mientras tanto, el Khimki demostraba que no había venido a España buscando su particular Sunny afternoon: aferrados a escasos siete jugadores, mas con Booker repartiendo triples y mandobles y con Zaytsev atacando el aro con la determinación furibunda de un personaje de Dostoyevski.

Con la reanudación, el Madrid hizo valer su mayor profundidad en la rotación y consiguió despegarse trabajosamente en el electrónico. Unos acertados Thompkins y Laprovittola —gran noticia su reciente curva ascendente— tomaron el relevo en el timón del encuentro, y los rusos jadeaban cada vez más al llegar a las ayudas. Poco importó que algunos jugadores como Deck perpetrasen una actuación negada de cara al aro, siempre había otro madridista dispuesto a enmendar unos minutos después los fallos del compañero. Solo un arbitraje deplorable, acaso compasivo, retrasó la ruptura definitiva. Finalmente, en el último cuarto la defensa rusa terminó por hacer aguas de puro agotamiento y la goma a la que habían intentado agarrarse, Living on a thin line, acabó por romperse. Honor y gloria, en cualquier caso, a estos rusos. Si bien habrá que confiar en que las loas por su arrojo no se tornen en horcas a posteriori. Es cierto que los Kinks también cantaron sobre sorpresas inesperadas de última hora. Pero, por el bien de todos, esperemos que el homenaje de anoche se limitase al parqué.    

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