En Alemania, el Real Madrid tuvo el juego, pero le faltó el gol. Podría pasar como resumen abreviado sin entrar en muchos detalles. Contra el Huesca, el Madrid tuvo los goles y careció del juego, al menos en cantidad suficiente para poder celebrarlo. Creo que también sirve como sinopsis y como demostración de que se puede decir lo mismo de muchas maneras. No ha cambiado nada. Si el equipo se emplea a fondo puede ganar en el Camp Nou y dominar en Monchengladbach. Si juega al trote le da para vencer al Huesca y a otros equipos sin uñas. Pero la esencia es la misma. La mayor parte de las veces, el Madrid cumplirá con la burocracia del campeonato gracias al comodín del talento. A igualdad de esfuerzos, a algún jugador de blanco se le ocurrirá algo imposible de prever. Multipliquen esa opción por diez. Y resten la progresiva pérdida de concentración del equipo rival en función del tiempo jugado. Si hacen las operaciones correctas les saldrá gol de Hazard en el 40.

Hasta ese instante, Hazard no había hecho nada y el Real Madrid, poco. Es cierto que el Huesca perdía metros después de una presentación espléndida (aunque sin uñas). Sin embargo, el gol madridista no era inminente. Me apuntó hace días un amable tuitero que al Madrid no le falta gol, sino goles, y la puntualización es precisa. Lo que se echa de menos en la abundancia, pegar antes de hablar.

En este caso, nada de lo que dijo el equipo fue interés hasta que Hazard se volteó y soltó un chutazo con su pierna izquierda, la menos buena, al menos en teoría; las piernas zurdas de los diestros actúan por libre y generalmente de modo caótico, salvo en contadísimas excepciones. Esta es una. Estoy por apostar un millón de dólares a que esto es todo lo que tenía Hazard, un tiro. Y lo aprovechó. Ser bueno es eso. Influir. Dicho esto, Andrés Fernández debió hacer algo más que dibujar una hermosa e inútil palomita.

Debemos suponer que el Huesca se desmoronó anímicamente, porque no había hecho nada mal, así que desde entonces se aplicó a la ardua tarea de hacerlo todo mal como modo de dar sentido al mundo. Empezó Maffeo. No despejó un balón al segundo palo y Benzema controló y fusiló a Fernández. Buen movimiento del francés, al que no se le discute el talento, sino la especialidad. Ahí terminó el cuento. Lo que siguió fue otra cosa sin el resultado en disputa. El Madrid jugó para disfrutar y el Huesca para disimular el morado de los ojos. Ambos consiguieron sus propósitos.

El tercer gol del Madrid fue el que te meten chicos de 18 años cuando tienes quince. Para culminar la jugada, Valverde la pegó a trallón. El Huesca metió el suyo y se imaginó que valía por dos.

El segundo de Benzema lo marcó el dios del fútbol para borrar sus huellas. El día que seamos capaces de desvelar su misterio se terminará la magia, y mientras Benzema siga marcando nosotros no tendremos razón. Al menos por hoy.

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