Tal vez nos estábamos excitando en exceso. Con España, digo; con la selección, aclaro. Son tantos los deseos de ilusionarnos con algo que entre todos habíamos convertido un proyecto de futuro (por definición incierto) en un equipo con hechuras de aspirante. Y no tenemos hechuras de nada. Al menos, de momento. Somos un bebé en la probeta. Estamos pendientes dar un salto de calidad que todavía no se ha producido. Intuimos que Ansu Fati será estrella, pero aún falta para eso. Últimamente parece algo achicado, como si hubiera perdido fuelle, o como si le vigilaran más de cerca; tal vez se esté tomando un respiro. Tampoco sabemos a ciencia cierta qué recorrido tiene Adama. Está claro que es un futbolista imparable en el uno contra uno, pero se correrá la voz y le tenderán trampas para panteras. Frente a Ucrania fue el mejor. Y eso que nadie le secundó una idea.

La derrota es compatible con la superioridad de España, casi abrumadora. La Selección dominó mucho y profundizó poco. Sólo Adama ofrecía una salida vertical. Lo demás era fútbol retórico, de mucho hablar y poco morder. Se generaron ocasiones a fuerza de colgar balones al área, lo que es un mérito considerable porque no tenemos quien los remate. Nos falta un rematador con instinto o incluso uno que no lo tenga. Nadie lo echó tanto de menos como Adama, que nunca encontró un cómplice, ni en primera línea ni en segunda, ni por alto ni por bajo. Si Adama es la diferencia hay que explotar la diferencia y volcar el equipo hacia su banda. Sin rubor.

Pudimos marcar primero y sentenciar, que conste. Pero no somos asesinos. Somos de disparar dardos tranquilizantes, de aplicar cloroformo a las víctimas. Y Ucrania no se durmió. En la segunda mitad tiró de coraje y observó que el grito nos distraía. En uno de esos arrebatos llegó el gol, una carambola cósmica a tenor la finura (poca) de los futbolistas locales.

El realizador de la televisión ucrania enfocó entonces a un niño llorando a moco tendido. Por la proeza, no por la gripe. Y con la misma emoción respondieron los futbolistas de amarillo, conscientes de una oportunidad histórica: ganar por vez primera a España.

Los últimos diez minutos los jugamos con Ramos de delantero centro, lo que resulta un acto de impotencia antes que un recurso ofensivo. Si la revolución consiste en poner a Ramos de nueve el plan está más verde de lo imaginábamos.

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