Ir a un restaurante es una de esas preciadas mieles de la existencia que el confinamiento nos arrebató. Aquellas expediciones a los templos del ramen, los tacos, la trufa o el pato tuvieron que ser sustituidas por el pedido a domicilio, un sucedáneo que en determinados momentos puede ser de lo más disfrutado —esos viernes de pizza y peli en el sofá—, pero en otros, como en una celebración, son como follar con condón.

Es así como un servidor celebró su cumpleaños este aciago 2020 —no follando con condón, sino pidiendo comida a domicilio—. Por supuesto, no solo eché en falta aquellas expediciones a restaurantes por tratarse de mi aniversario, a menudo caros dada la ocasión, también la fiesta nocturna con los amigos, las risas, las tonterías, las conversaciones profundas, las discusiones políticas, el procés, la incertidumbre verdaderamente disfrutable de qué ocurrirá aquella noche, la incertidumbre elegida y no la impuesta.

Pero estamos aquí para hablar de restaurantes y no de nostalgias del sábado noche, que mejor para otro artículo. Mi afición por la comida y por comer fuera de casa viene desde niño. Todavía queda algún vídeo familiar en el que aparezco junto a mi hermano, con unos 10 años, comiendo un plato combinado en un restaurante —¿qué fue de los platos combinados?—. Lo degusto como si fuera la mayor de las ambrosías. Es más, en un grupo de fotogramas determinado, mientras sostengo con el tenedor una patata frita, miro a cámara y suspiro: “Qué rico manjar”.

Comer fuera era para mí motivo de felicidad asegurada. “Qué bien se come en los restaurantes”, solía decir. Era difícil que fallaran pues solía pedir lo mismo: filetes en todas sus variedades y patatas fritas. Eso y el postre eran mis favoritos. Claro que cuando era niño se comía fuera de casa muy de cuando en cuando. Gracias a eso supe apreciar aquella liturgia y valorarla al máximo a día de hoy.

Cuando entré en la universidad mis incursiones nutritivas aumentaron, aunque los restaurantes que frecuentaba no tenían mucho que ver con los que frecuento ahora. En Palencia solo teníamos un Burger King y un kebab, por lo que llegar a Madrid y ver el McDonalds, el KFC y otros de su especie fue equivalente para ese joven adolescente al descubrimiento de América. Pero sin duda, el gran descubrimiento de aquellos años fueron los buffets de comida china.

Este que les habla no probó sus primeros fideos chinos hasta los 19 años. Mis padres no eran consumidores y, por ende, yo tampoco. Quedé absolutamente prendado de una comida que parecía albergar todo lo que le gustaba a mi ingenuo paladar: pasta y carne. Encontré un buffet de estas características en Príncipe Pío y otro en la Calle Leganitos. Eran mi guarida de fin de semana. Después de una noche de fiesta, lo ideal era ir a comer o incluso a cenar en ayunas a aquellos sitios. Iba solo, para poder comer sin guardar formas ni educación, abalanzándome sobre la comida como los leones en el documental de La 2.

Fui tantas veces que incluso hoy, años después, cuando solo voy de pascuas a ramos, el dueño me sigue reconociendo y saludando, a pesar de que peso casi el doble que entonces, llevo barba y la cresta ha desaparecido. En mi viaje de Erasmus descubrí junto a un amigo el Cosmo, que como su propio nombre indica, alberga todo cuanto hay en el universo. Fue mi buffet favorito de la Historia. Me gustaba tanto que iba, sin exagerar, tres veces por semana. No se limitaba solo a las resacas, era también como un pasaporte a la felicidad que se podía tomar en el momento que quisieras. Muchas veces iba a la habitación de mi amigo Víctor para tratar de convencerlo y que me acompañara. Él, como cualquier persona normal, se cansaba de ir tantas veces. Yo insistía e insistía.

En ese caso sí me gustaba ir acompañado, aunque solo por él. Pasábamos tanto tiempo juntos que era como ir solo, como si fuéramos una sola persona, valga la cursilería. Si no me acompañaba, iba igualmente. Eran momentos de disfrute y reflexión. Era una fiesta que terminaba solo cuando tú querías. Ese mismo año, mi amigo tuvo una piedra en el riñón. Quizá no tenga nada que ver, pero siempre me quedó un poco de sentimiento de culpa por ello.

Salir a comer fuera de casa es un acto asociado a celebración. Incluso si hay que hacerlo por motivos de trabajo y apetece poco, un buen rape o un tartar en condiciones alegran a cualquiera. En cuanto tuve mi primer salario, aunque este era irrisorio, dedicaba una parte a comer fuera. Prefería ahorrarme otras cosas, quizá más necesarias, pero menos felices.

Procuro salir una vez a la semana a “darme un homenaje”, expresión acuñada por mi familia para esos momentos de esparcimiento. Y es que, ir a comer a un restaurante no es solo el momento de comer, es mucho más. Es el día previo, en el que uno guarda cierta ilusión, como en un Madrid-Barça —cuando la cosa estaba igualada—. Es la alegría de ese mismo día, al levantarse, sabiendo que uno estará tarde o temprano rodeado de manjares, buena compañía y el riego intermitente de Baco. Es entrar en el restaurante y saborear la carta, como aquel que abre los regalos que han dejado los Reyes Magos. Primer plato, segundo plato, postre, café y gintonic. Las liturgias hay que respetarlas.

Después de este momento suele ser domingo, el día raruno por excelencia en el que uno no sabe si estar contento porque no trabaja y tiene tiempo de seguir disfrutando, o si estar triste porque el temible Cronos sigue haciendo de las suyas, devorando instante tras instante, dejando todo atrás a su paso.

Los bares y los restaurantes son, para mí, bandera. Tengo asociados a ellos no solo momentos puntuales, sino fases enteras de mi vida. Pisar un restaurante que uno frecuentaba con los ojos cambiados es como volver a mirar a la chica que te gustaba en el bachillerato, ella ha cambiado, pero más has cambiado tú.

Los fideos chinos y las cheeseburguer han dejado sitio al brioche de rabo de toro y al sushi, como las noches de delirio dejan paso a las de manta y cabezadas en el sofá. Pero lo bueno de la comida es que puedes volver a ella cuando quieras. Es una máquina del tiempo, como bien sabe el señor Ego de Ratatouille o Proust con su magdalena. Pero se nos está haciendo tarde, será mejor que pida antes de que llegue el toque de queda. ¡Camarero! Lo tenemos…

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