Durante las dos semanas en las que me aíslo en una habitación de casa, expulsado de mi rutina habitual por la tarjeta roja de un PCR positivo, me acuerdo varias veces de El sonido de un caracol salvaje al comer. En el libro, editado por Capitán Swing (editorial a la que estaré eternamente agradecido por la publicación de La dulce ciencia y el descubrimiento de A.J. Liebling), la narradora cuenta cómo, obligada a permanecer tumbada durante mucho tiempo por un extraño virus, se dedica a observar el comportamiento de un caracol que una amiga le regala después de encontrarlo en el bosque.

El libro me gustó mucho: me lo leí de un tirón, como hacía en esos lejanos veranos en los que la atención, en forma, antes de que los móviles convirtieran sus músculos en grasa, era capaz de enfrentarse a un Dostoyevski si hacía falta. Elizabeth Toya, la escritora, podría haber menospreciado a ese caracol, pero empezó a observarlo y a conocerlo mejor. Lo que iba descubriendo sobre él servía para reforzar un vínculo con él que nadie habría creído posible. ¿Quién tiene de mascota a un caracol?

La lectura de ese libro, además, estaba influyendo, sin que yo lo supiera, en decisiones futuras. Si ese 8 de agosto no lo hubiera comprado y acabado, es bastante probable que, unos meses después, no hubiera elegido en Netflix el documental Lo que el pulpo me enseñó. Hasta ese momento, yo creía saber lo fundamental del pulpo: que se tiene que comer a la gallega y que, antes de que el camarero se marche, conviene pedir otra de cachelos. Y otra de pan.

Pero ya había vivido un rodeo intelectual a lomos de un caracol y la promesa de subir de categoría y vérmelas con un pulpo resultaba irresistible. Así que traspasé el umbral de una puerta que ya había abierto antes. Y la experiencia mereció la pena.

Craig Foster es un cineasta que, tras unos años de duro trabajo, está quemado, incapaz de seguir con su carrera. Se ve incapaz de seguir haciendo fotografías o de grabar con su cámara. Para salir de ese bloqueo, elige la opción de volver a bucear como hacía de niño, recuperando así las ganas de registrar lo que ve. En una de esas inmersiones se encuentra con un pulpo hembra al que decide grabar durante 325 días.

Lo que descubre de ese pulpo es sorprendente, pero, como espectador, lo que no dejaba de preguntarme, suponiendo que el pulpo que vemos es siempre el mismo (las redes nos han vuelto especialmente desconfiados), es cómo consiguió estar presente en tantos momentos especiales. No es sólo el valor de lo que cuenta, sino el hecho de estar ahí, precisamente ahí y en ese momento, para grabarlo.

Al principio del documental, Craig explica cómo iba todos los días al lugar en el que descubrió al pulpo para conocer mejor su hábitat. “Al principio, todo parece más de lo mismo. Pero, después de un tiempo, aprecias los diferentes tipos de bosques. Está el bosque primario. El bosque con el fondo cubierto de algas de diferentes tipos. El bosque turbio.”

Como le sucedía a Elizabeth con su caracol, Craig empieza a prestar atención primero al entorno y, después, al propio pulpo. Y es, viendo la interacción de Craig con el pulpo, cuando me hago una pregunta a la que hasta este momento habría respondido de una manera y ahora me atrevería a hacerlo de otra: ¿influye la presencia de Craig en lo que está grabando? A otro nivel, ¿lo hizo también Elizabeth con su caracol?

Me doy entonces cuenta de que esa pregunta ya me la planteé una vez, pero que no me la tomé en serio a pesar de que, en otro campo diferente, también tenía delante unas cuantas evidencias. Fue en una exposición de Cristina García Rodero, la primera fotógrafa española en formar parte de la mítica agencia Magnum, en la que se mostraban celebraciones religiosas en diferentes pueblos de España.

En muchas de esas fotos, y en otras que he visto después, tuve la impresión de que la composición de la escena era tan perfecta que resultaba imposible. Imposible que la luz, los gestos y la combinación de formas hubieran coincidido de esa manera en ese momento. Un segundo antes no había nada. Un segundo después todo había cambiado.

Sé que en fotografía existe lo que se llama el “instante decisivo”, popularizado por Henri Cartier-Bresson y su trabajo. Ese momento en el que todo se arma en una escena para permitir una buena fotografía. Cartier-Bresson dejó muchos ejemplos de fotografías tomadas en ese instante decisivo. Sin embargo, él mismo explicaba que muchas veces, para captar ese instante, elegía el escenario y esperaba a que algo sucediera. Como un paciente pescador. Un pescador con suerte y, sin duda, mucho talento.

Pero mi experiencia con Cristina García Rodero supera ese instante decisivo. Cartier-Bresson esperaba que la realidad le ofreciera algo. Cristina, sin embargo, y aquí por fin me lanzo, provoca esa realidad para que la responda. O, dicho de otra manera, creo que si ella no hubiera estado en ese momento, los elementos no se habrían presentado así.

Sé que pensar de esta manera va contra lo acostumbrado. En aquella exposición lo sentí así pero no lo desarrollé. Dejé hundida esa intuición para no prestarle demasiada atención y me olvidé de ella hasta que se cruzó el caracol y después el pulpo y, en esta calma chicha de mi aislamiento, he permitido que ese tonel vuelva a la superficie para darle vueltas a la idea.

Es una extraña carta que he incluido en mi baraja personal y que me sirve para animar algunas partidas que se ponen en contra. Y, como suele suceder cuando le das vueltas a algo, he encontrado referencias en textos donde no las esperaba. En Viajes con Charley, por ejemplo. John Steinbeck también habla del tema: “Descubrí hace mucho recogiendo y clasificando animales marinos que lo que encontraba estaba estrechamente entremezclado con cómo me sentía en esos momentos. La realidad externa puede no ser tan externa después de todo”.

Así que aquí comparto esta idea, aunque me caiga la del pulpo.

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