Dicen que las series de televisión (a la fuerza ahorcan) son el cine de nuestro tiempo y una de las bazas de cualquier serie que se precie es la fidelidad de los personajes a sí mismos: nadie imaginaría a Sheldon Cooper convertido en un macarra, por ejemplo. Se consigue así que el protagonista sea reconocible y que el espectador se sienta reconfortado por el aroma de lo familiar.

Algo similar nos ocurre a los que seguimos al Cádiz cada semana: ver las dos líneas de cuatro basculando con perfección milimétrica nos retrotrae al partido anterior, y al anterior, y al anterior del anterior. Porque el Cádiz es, para nosotros, la referencia cálida de nuestra serie semanal favorita. Una suerte de héroe humilde, que con sus escasas herramientas consigue fines superiores a los esperables (¿alguien ha dicho MacGyver?).

En el choque de ayer, el papel de villano lo desempeñaba el submarino amarillo que fondea en el Mediterráneo. A galope de los dineros mercadonianos, el Villarreal se ha convertido en un equipo de campanillas, capaz de mirar a los ojos (y a veces, desde arriba) a los grandes de nuestro balompié.

Y para luchar contra este gigante, Cervera prescindió de inventos: saltarían al campo los once de Madrid, no toques lo que funciona.

El encuentro comenzó como de costumbre. Balón al rival, defensa ordenada, intento de robos, etc… Qué los voy a contar que ya no sepan.

En el minuto seis, balón parado, gol de Negredo tras un rechace, el VAR que interviene. Llámenlo pesimismo o clarividencia, pero desde que el señor colegiado se echó mano a la oreja, supe que el tanto no subiría al marcador. Qué les voy a contar que ya no sepan.

Desde ahí al final, escribir la crónica se hace un poco cuesta arriba para el plumilla, porque fue la eterna historia del martillo contra el yunque, de la pelota contra el frontón, de la bala de cañón contra la barriga de Homer Simpson. El Villarreal tocaba y tocaba. El Cádiz se defendía y se defendía. Un dato: en el descanso los castellonenses habían acumulado un ochenta por ciento de la posesión y habían realizado cero tiros a puerta. A veces las estadísticas describen un partido mejor que cualquier narración.

Tras el intermedio, el guión siguió por los mismos derroteros. Los de Emery intentaban imponer su superioridad técnica pero el sudor amarillo contrarrestaba el diferencial de calidad. Ambos bloques componían una oda a la colectividad que habría emocionado a Marx. En este contexto coral, hablar de actuaciones individuales es tan difícil como apreciar la voz de un oscuro tenor en el Orfeón Donostiarra. Señalemos, casi al azar, que Take Kubo sufrió una intensa restricción de movilidad debido a la severidad del Pacha Espino, que casi no le dejaba respirar.

El choque languideció como les ocurre a todas las cosas finitas: inevitablemente. El postrero carrusel de cambios no animó el cotarro y los guardametas terminaron el partido inéditos. Su ducha posterior se debió más a la higiene personal que a la necesidad deportiva.

El caso es que el Cádiz sumó un punto valioso frente a un rival superior que había preparado el partido a conciencia. Cegó nuestro contragolpe con inteligencia y esfuerzo y eso llevó el choque a las tablas, tablas que no disgustaron a Cervera.

Cumplía nuestro míster, por cierto, doscientos encuentros al mando de la escuadra gaditana, lo que le convierte en nuestro hombre bicentenario particular. No puedo dejar de imaginármelo sentado en la soledad del vestuario, mirando la tabla clasificatoria y nuestros once puntazos, y musitando cual George Peppard en El equipo A: me encanta que los planes salgan bien.

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