Hay ocasiones en las que el destino te susurra al oído palabras de amor. Cuando eso ocurre, solo procede dejar que se erice el vello y disfrutar el momento.

Algo así está experimentando este Cádiz de Cervera que parece tocado por la varita mágica de algún hada benevolente, admiradora del sudor y el esfuerzo sin cuento. Porque ayer noche, en el estadio Ipurúa, los amarillos consiguieron su cuarta victoria consecutiva a domicilio y se encaramaron al liderato de la Primera División española, escenario, no por provisional (y, obviamente, efímero), menos impactante.

Y eso que el encuentro no comenzó bien para los amarillos. El equipo eibarrés entró en el césped perfectamente aleccionado por Mendilíbar: circulaciones rápidas, presión tras pérdida, nada de permitir contragolpes al rival. El plan local parecía funcionar porque se hicieron con el mando real del partido, más allá de la falacia de la posesión. Por banda izquierda, el barbateño Bryan Gil hacía sufrir a Akapo y por unos momentos sentí la punzada amarga de lo que pudo ser y no fue. Más allá de Gil, la primera media hora fue un monólogo del equipo armero ante un Cádiz lastrado por sus propias imprecisiones y que no conseguía robar y correr.

Entonces ocurrió.

José Mari encimó a Diop, probablemente en falta (¡ah, el destino…!). El balón llegó a Álex que esperó lo suficiente para que el Pacha (imperial toda la noche) se desmarcara. El posterior centro del charrúa fue rematado a la red por Negredo en un cabezazo de esos que se enseñan en las escuelas de arietes.

Al Éibar se le pintó en la cara una mueca de decepción, como a un niño al que le regalan calcetines el día de Reyes. Si lo hemos hecho todo bien… ¿por qué vamos perdiendo? No habían terminado de formular la pregunta cuando Diop, esta vez por su propio despiste, volvió a perder una pelota: Choco robó, Negredo asistió, Salvi marcó. Nuestro trío atacante demostró que, en este mundo individualista, la solidaridad rinde réditos.

En el descanso los jugadores locales no necesitaban un entrenador, sino un psicoterapeuta. Todavía noqueados por el doble golpe, volvieron al césped faltos de tensión y a punto estuvieron de encajar el tercero. Lozano anotó tras un rechace del portero, pero su posición no era reglamentaria. Pinchados por la espuela de la derrota, los eibarreses tiraron de orgullo e intentaron cercar el área de Ledesma, pero ya era tarde. Los gaditanos habían recuperado el pulso defensivo de otros choques, sus líneas estaban ordenadas y los vascos se vieron condenados, como tantos otros, a la penitencia de la posesión estéril. Minutos y minutos de pases horizontales o centros laterales que eran repelidos por las cabezas de Fali y Cala sin mayores dificultades. El Cádiz en estado puro.

Durante los últimos minutos, ambos equipos se aprestaron para el ya habitual carrusel de cambios. Los locales introdujeron dinamita (de poca potencia) y los visitantes cemento armado. Como era de esperar, los muros amarillos ni se resquebrajaron y el partido terminó con el resultado del descanso.

En la rueda de prensa, se vivió una oda a la sensatez. Cervera declaró que no habían jugado bien (al principio) pero ganaron. Mendilíbar sostuvo que no habían jugado mal, pero perdieron. Sentido común por arrobas, ausencia de lírica.

Mientras tanto, el destino seguía a lo suyo, arrullando a su nuevo favorito en su mullido regazo. Hasta que no se encapriche de otro, sigamos disfrutando. 

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