Corría el minuto 89 de juego y en el césped, como un conejillo feliz, saltaba la sorpresa: el Cádiz estaba doblegando al Real Madrid con todo merecimiento. En ese momento las cámaras enfocaron a Sergio Ramos, el pelo tenso, la mascarilla negra. Volvió la mirada a su izquierda y esbozó un gesto de negación mientras conversaba con alguien. Pese a que estaba cubierto como el COVID manda, pude leer sus labios: “No hay manera de meterle mano a estos tíos”.

Y es que el equipo de Cervera resultó un puzzle indescifrable para los merengues (ayer merengues de fresa, por mor del cáncer de mama). Casi desde el pitido inicial pudo apreciarse que la intensidad física y el rigor táctico de los amarillos iban a ser escollos difíciles de superar para un Real Madrid plano y apático.

Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron, posiblemente, la presentación ante el gran público (hay partidos que son escaparates gigantes) del ideario de Cervera, ideario que, lucha aparte, podríamos condensar en una frase: el balón para ti, las áreas para mí.  Las cifras de posesión del Cádiz a menudo mueven al estupor (esta vez, un 25%) pero eso no suele traducirse ni en agobio propio ni en tranquilidad ajena, más bien al contrario. Ayuno de jugadores de gran calidad técnica (los dineros son los que son) el Cádiz plantea los partidos como un descomunal ejercicio de solidaridad, esfuerzo y orden, en el que el esférico es un actor secundario. Si Leni Riefenstahl viviera, podría rodar un documental con los movimientos de basculación de las líneas defensivas de los gaditanos, más que una táctica, un desfile marcial.

Y claro, a veces el rival te facilita un poquito las cosas. Zidane decidió confiar en un once sobrado de clase pero falto de músculo. Modric, Kroos e Isco apenas ganaron duelos individuales frente a sus pares cadistas, entre los que hay que destacar a José Mari (muy lúcido en el primer pase del contragolpe) y, sobre todo, a Jen Jonsson. El danés ha encajado en el equipo de Cervera como un exabrupto en un discurso de Donald Trump. Su sentido táctico, su despliegue físico y su voracidad en la recuperación le convierten en una pieza clave del mecano cadista.

Desde el principio los visitantes se encargaron de dejar claro que no habían viajado a Madrid para pedirle autógrafos a las estrellas: se mostraron agresivos para robar y atrevidos para correr, penalizando cada error de los locales. De este modo, las ocasiones fueron cayendo una detrás de otra, como los insultos en un debate en el Congreso. El primer vicegol fue obra de Negredo y el segundo del Choco Lozano. Ambos arietes compartían puesto en el titular por primera vez y, lejos de estorbarse, se complementaron de manera soberbia. El vallecano colmó de regalos al hondureño y este respondió con el tanto que a la postre significaría la victoria, cuando el reloj apenas marcaba el minuto quince de partido.

Durante el resto del primer periodo el Madrid siguió percutiendo por la banda izquierda con más insistencia que claridad, sin aprovechar algún desajuste puntual de la zaga amarilla, que seguía aplicando la disciplina como amuleto contra el peligro. Baste decir que Ledesma volvió al vestuario con los guantes limpios.

En el descanso Zidane movió piezas y cambió el batín de seda por el chándal: Casemiro, Valverde, Asensio, Militao. El francés apostó por la juventud y la energía para virar el rumbo del partido, pero a veces las inercias tienen ideas propias. El Cádiz, con algo de plomo en las piernas, dejó de inquietar a Courtois, pero siguió guardando la ropa con eficiencia. Eso sí, la inmensa calidad de los rosas se dejó entrever en alguna acción de Vinicius y, sobre todo, en un disparo de Benzema que repelió el larguero. Tras el susto, el partido se fue extinguiendo poco a poco sin que el marcador se alterase.

Empecé esta crónica con la imagen de Ramos en el minuto 89 y la quiero terminar con la de Cervera en el 93, tras el pitido final. El míster, exultante, se abrazaba a su equipo, saltaba, reía. El Cádiz, su Cádiz, había obtenido tres puntos fundamentales para su objetivo, sí, pero no solo eso: también le había regalado a miles de aficionados un buen trago de felicidad y un recuerdo luminoso que perdurará durante muchos años. Para eso, precisamente, sirve el fútbol.

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