En ocasiones, para contar un partido de fútbol hay que hablar de elementos aparentemente ajenos al fútbol mismo. Hay que hablar del esfuerzo y del coraje de un grupo de jugadores irreductibles, que suplen con redaños lo que les falta de calidad. Hay que hablar del sentido de la solidaridad de un equipo en el que todos pelean por el balón como si fuera lo último que harán en su vida. Hay que hablar, en fin, del liderazgo de Cervera que es el que ha sabido insuflar a este grupo, limitado y honesto, el convencimiento de que muchos litros de sudor equivalen a algunas libras de talento.

Releo el párrafo y me doy cuenta de que, en realidad he hablado de fútbol, claro que sí. Del fútbol humilde y casi barriero, del fútbol alejado de chiringuitos, oropeles y papel couché. Del fútbol de actores secundarios que, en ocasiones, dan un paso adelante y ocupan el centro del escenario.

Y esta ha sido una de esas ocasiones, porque el Cádiz ganó en Bilbao por un gol a cero, tras disputar casi un tercio del partido con dos jugadores menos. Al lío.

La pandemia, los aficionados chinos y la modernidad han traído a nuestro balompié algunas costumbres chocantes. Para muestra un botón: el encuentro se disputaba un jueves a las siete de la tarde, momento propicio para dejar a la hija pequeña en kárate o para arreglar esa persiana que no cierra bien. Y sin embargo, a esta hora extraña de un día laborable, el once cadista saltaba al césped del nuevo San Mamés, un regalo para los ojos de los aficionados amarillos. Uno asciende a la máxima categoría precisamente para poder disputar partidos como este.

Durante la primera parte, pocas noticias. Cervera efectuó varios cambios con respecto a los derrotados frente al Sevilla y Garitano confió en los que vencieron en Éibar. Los locales ejercieron un dominio posicional tan soso como una croqueta de brócoli y los visitantes aguantaban con paciencia los embates de Muniaín o Williams, voluntariosos pero fallones. Morcillo lo intentaba por la izquierda, pero terminaba embutido entre los dos laterales derechos que ocupaban el carril.

En el descanso las cábalas eran legítimas: se sentarán los tarjeteados, se refrescará el ataque, el partido no está mal encaminado.

Pero ¡ay!, si Víctor Jara nos enseñó que la vida es eterna en cinco minutos, Carlos Akapo nos ha demostrado que hacen falta tan solo dos para destrozar los planes de un entrenador: en una jugada calcada a la que le supuso la primera amarilla, el ilicitano dejó a su equipo con diez. Morros torcidos, planes nuevos.

Ante el favorable panorama, los del Bocho empezaron a sentir el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. La expulsión fue para ellos como un dardo paralizante y el Cádiz decidió probar suerte. En un contragolpe iniciado por Jonsson, Choco Lozano superó en velocidad a Unai Núñez y centró para que Unai López, en propia puerta, batiera a Unai Simón. Tres Unais no fueron suficientes.

Cualquiera podría escribir el guion del resto del partido con poco margen para el error: los vascos se volcarían sobre el marco de Conan Ledesma —deslumbrante debut el suyo— y el resultado final dependería del acierto de unos y otros. Sin embargo, todavía quedaba un giro argumental inesperado. El colegiado asturiano González Fuertes le tomó la matrícula a Negredo nada más salir y le amonestó por un codazo en el aire a un rival. Poco después, el vallecano tuvo un encontronazo en el área con un defensor y terminó por los suelos. Su caída pudo parecer exagerada pero el contacto existió. El árbitro no se lo pensó. Aplicó la máxima de que en las decisiones discutibles hay que parecer decidido y se dirigió hacia el delantero con ademanes que no dejaban lugar a la duda: se encontraría con el bote de champú antes de tiempo.

A partir de aquí, ríanse ustedes de Numancia o de Troya. Los pocos visitantes que quedaban se atrincheraron en dos líneas juntitas cerca de su área y aguantaron como héroes los embates de los leones, que rugían mucho pero no mordían demasiado.

Los temores de morir en la orilla no eran infundados (el recuerdo de Sevilla estaba demasiado fresco) pero en esta ocasión, la fortuna quiso hacerle un guiño al modesto: hoy ganaréis, les dijo la diosa, y así se cumplió (con un descuento excesivo, en lo que fue el regalo final de González Fuertes).

El fútbol sirve, como todo el mundo sabe, para hablar de fútbol. El Cádiz ha sumado tres puntos pero ha conseguido algo más importante: regalar a sus aficionados un nuevo tema de conversación con el que renovar el repertorio. Muchas gracias por la parte que me toca.

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