Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Para un equipo recién ascendido, transitar por la Primera División es como intentar culminar cada semana una aventura en un escape room: nunca sabes qué nuevas dificultades puedes encontrarte en la próxima puerta ni qué camino te llevará hasta la salida. A veces será una lesión inesperada (o dos), a veces un penalti no pitado… Lo cierto es que habrá que aprender a lidiar contra cualquier circunstancia porque el escaso respeto arbitral es un peaje que suelen pagar los neófitos cuando ascienden en la escala social.

Se enfrentaba hoy el Cádiz a uno de los equipos más pintureros de la categoría. De la mano de Diego Martínez, el crecimiento del Granada ha sido exponencial: viajar de la división de plata a la Europa League no está al alcance de cualquiera. Y contra esa escuadra tenía que verse las caras el once de Cervera, que sigue pidiendo refuerzos como quien clama en el desierto.

Tras los habituales minutos de tanteo, los visitantes se mostraron dispuestos a hacer valer su jerarquía. No había balón dividido que no acabará en las piernas de un jugador granadino, fruto de su mayor intensidad. Milla y Herrera superaban a sus pares mientras que Neva e Iza protagonizaban un emocionante duelo de laterales portuenses, que terminó antes de tiempo por un pinchazo en el muslo del cadista. En pleno dominio nazarí tuvo que ser otro gaditano, Germán, el que cabeceara a la red un preciso centro de Kenedy.

El gol dolió como un golpe en el hígado y hasta el final del primer periodo el Cádiz, compungido, adoptó el papel de un condenado camino del cadalso. Ayuno de fe, se convirtió en un saco de boxeo que encajaba como podía las acometidas del rival. Ledesma fue espectador de lujo en dos disparos consecutivos que astillaron las maderas y los tiros postreros de Choco (batallador toda la tarde) y Pombo más parecieron el canto del cisne que otra cosa.

En el descanso las respectivas aficiones hacían sus cábalas: el Granada se asentaría en el ático de la tabla, los amarillos afrontarían el parón de selecciones con media docena de puntos nada despreciables. Todos contentos.

O no.

Al saltar los onces al campo Cervera descubrió sus cartas: moriría matando. Pobló el césped de atacantes y, sorprendido por la ambición del modesto, el Granada se vio arrollado nada más comenzar. Una jugada embarullada en el área terminó en un balón botando ante las narices de Alejo, que golpeó a la pelota como si le debiera dinero. Rui Silva solo alcanzó a ver un obús estamparse en su escuadra derecha.

El choque, desde ese momento, se impregnó de electricidad. Los dos equipos fueron abiertamente a por el partido y las ocasiones se sucedieron en ambas porterías. Conan Ledesma se erigió en héroe (vaya arquero…) y Perea, muy activo, comandaba las escaramuzas locales. Era una confrontación noble y tensa que se afeó al final por mor de una jugada pésimamente arbitrada por Alberola. El citado Perea recibió en el área rival y, antes de armar la pierna fue arrollado por Foulquier que midió mal su ímpetu. La jugada parecía clara pero el colegiado decidió abstenerse. En el VAR tenían puesto Netflix (algún documental deportivo, posiblemente) y las quejas gaditanas pasaron a engrosar la lista de plegarias no atendidas. En este asunto, Cervera también parece clamar en el desierto.

Hasta el final, no hubo noticias de cinco columnas. El Cádiz siguió intentándolo, demostrando que puede tutear a equipos superiores y el Granada decidió que un punto bastaba para celebrar su clasificación europea.

Definitivamente, deambular por la máxima categoría no es sencillo. Hay dificultades esperables y otras que te sorprenden como un chubasco de verano, pero para salir triunfante de este escape room de treinta y ocho escenarios hay que estar preparado para cualquier cosa. Busquemos la salida correcta y disfrutemos el camino.

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