En los confines del territorio Vetón,/ dónde el verraco guarda difuntos/ y la sierra huele a romero,/ entre las Cogotas de Cardeñosa/ y las estribaciones del Zapatero,/ acunando a la vetusta Ulaca, cariñosa,/ dormita en su tálamo, olvidada,/ una ciudad caída del cielo:/ la romana villa de Ábula.

Libre y enjuta cual res avileña,/ sombra de ciprés alargada,/ discurren sus sempiternos días/ por la noble meseta castellana,/ amparada, desde San Vicente,/ por la Virgen de la Soterraña.

Al son del tamboril y/ de la gaitilla o dulzaina,/ gorro de paja y manteo,/ con su avío de Serrana,/ contempla pasar los siglos/ encerrada en su Muralla.

Compartiendo lecho / con el moribundo Adaja, / de aguas claras y heladas,/b colmado de incorruptos peces / cual mano de andariega / a la vera de la Muralla apostada,/ da cobijo, frente al Grande, / a Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, / Santa Teresa de Ávila, / su hija idolatrada.

Y si no fuere suficiente la Santa / para del Santo Padre enamorarse/ y que el recién llegado viere la Luz, / en la plaza del Corral de Campanas / puede el dilecto turista encomendarse/ al misticismo ascético de San Juan de la Cruz.

Taciturna y abnegada, / enlutada anciana al rosario dedicada, / cuenta sus cuentas / desvelando sus misterios:/ por cada diez Avemarías, / un Gloria al Padre y un Padrenuestro.

Ávila es dura y firme como reja de arado, / cuchilla que horada eternamente la piel de sus campos / soñando, a falta de mares, océanos dorados./ Es infinito valle de verde mies / por el sol de verano agostado. 

Ávila es adobe y granito/ cosidos con hierro y estaño,/ argamasa y mampostería./ Fiera domada en roca y ladrillo,/ hija de imagineros y artesanos/ y del Mester de Clerecía.

Tierra de guerreros y monjes, / de espada y crucifijo. / Castillo y refugio, / convento y posada,/ morada para el culto y el reposo / o frente para la batalla.

Ávila es aposento, / es casa sosegada. / Es “noche oscura, con ansias, / en amores inflamada”.

Cuatro Postes la contemplan lozana, / anclada en el tiempo, coqueta y ufana,/ mirando al cielo infinito,/ perdida en mitad de la nada.

A un lado Sonsoles, / su patrona atemporal, / con su lagarto carcomido / y su leyenda ancestral. / Al otro, rodeada de ermitas / tras el recinto ferial, / reluce la Encarnación / y su pequeña Universidad. 

En lo alto de un risco asentada, / Patrimonio de la Humanidad, /se alza enhiesta su Muralla/ abrazando la eternidad. 

Don Raimundo de Borgoña,/ desposado de doña Urraca,/ mandó levantar estos muros/ en defensa de tan noble plaza.

Hija de la antigua España/ forjada en mil batallas,/ revive la historia antigua / que brota de sus entrañas / entre relinches de caballos, / espadas y cimitarras.  

Pero no sólo de caballeros/ cantan sus torreones hazañas./ Pertrechada en sus almenas/ su gobernadora más recordada,/ doña Ximena Blázquez,/ y otras mujeres empoderadas,/ cubiertas de férrea armadura / y blandiendo al cielo su espada,/ hicieron frente al Islam/ en su intento por conquistarla.

¿Cuál será el tesoro que dentro encierre? / ¿De qué estará hecha su esencia? / No pudieron someterla con sesenta rehenes,/ ni con la matanza de las Hervencias.

Nueve puertas la franquean, / nueve palacios la protegen. / Con nueve iglesias que la guardan/ del mal agüero de otras gentes, / si el pecado no germinó en su seno / es imposible que en ella penetre.

Pueden trepar la Muralla, / descubrirla tramo a tramo, / rodearla por San Segundo/ bajando hasta el paseo del Rastro/ o, camino de San Vicente, / dejando el Cimorro a un lado.

Desde el Grande hasta el Chico, / buscando cobijo en un soportal, / adéntrense por la puerta del Alcázar / en su entramado monumental.

Por sus calles empedradas / retumba alegre el medievo, / ecos de laúd y vihuela, / de viola y de salterio, / de trovadores y de juglares / en estruendoso jubileo.

Acuda a San Juan Bautista,/ a su pila bautismal,/ o, unas calles más abajo,/ al Palacio Episcopal.

Encastrada en la Muralla/ se refugia la catedral,/ primogénita del gótico español,/ es su templo principal.

Recorriendo su transepto,/ el del Cristo Salvador, / aún se perciben vestigios / de su más notable Cantor.

Rumores de antiguo órgano/ reverberan en su capilla mayor/ entre salmos y cantos de gloria;/ fuente polifónica dónde bebió / su afamado compositor,/ don Tomás Luis de Victoria.

Doce leones la protegen / tras casi mil años ahí postrada,/ la Puerta del Alcázar a un lado/ y, al otro, el Palacio de los Velada.

Desde San Vicente a San Pedro, / de Santiago a Santo Tomás, / puede ir de esquina en esquina / recorriendo el Santoral./ Una iglesia aquí, / una basílica allá, / un ermita por aquí, / un convento acullá./ A nadie pues ha de extrañar/ descubrir su mayor virtud:/ el embeleso de tan sacra quietud, / viendo al pagano postrarse y orar.

Villa de rancio abolengo, / de palacios y de damas, / Ávila de los Caballeros,/ del Rey y de los Leales,/ perviven en el recuerdo / sus enredos cortesanos / y entremeses palaciegos.

En la lontananza del valle Amblés, / en día claro y albo, / se atisba sobre un promontorio / el castillo de Soltalbo.

Vuelan pañuelos de colores / y columnas de humo epistolar / en honor a don Alvar Dávila / y a su amada, doña Guiomar.

Metáfora de amor eterno, / pareja muy principal,/ “Manque os pese”, don Diego de Zúñiga, / su destino es al altar, / ya sea, por ventura, en este mundo… /o en el que exista más allá.

Ávila es azul infinito, / circo de montaña esmeralda,/ campanarios con sus cigüeñas/ craqueteando en la mañana.

Es campo en silenciosa penumbra / sobre bóveda estrellada,/ cortejo nocturno ululando/ en la soledad de la noche cerrada.

Ávila es de nieve invernal/ y de seco sol en verano;/ beben sus campos, sedientos,/ de sus pozos artesianos.

Es de campos de trigo, / de días a la solana, / de sus pueblos, de sus gentes / y de sus eras abandonadas,/ de bueyes tirando de carros/ camino de la majada,/ de ancianos que nunca se fueron,/ de jóvenes que ahora escapan.

Ávila es de domingos/ y camisa almidonada,/ de tradicional misa de doce / y luego… de copas vino y cañas.

Es de comida en familia / y tardes de apacible siesta, / y de algarabía de alegres hombres/ porfiando en la taberna.

Es de marros volando al viento/ buscando encontrar su Calva,/ de manos de mus y tute, / de juegos de brisca o de mata / que no se entienden sin sus gritos:/ ¡si no dominas, te matan!

No hay viernes sin su Rastro, / ni caña sin su tapa: / revolconas con torrezno, / callos, oreja o tajadas. / Quién no ha probado/ las tapas de Ávila, / ni ha tomado aperitivo, / ni ha disfrutado de nada.

Querer tomar un receso/ para aplacar sed o apetito,/ aunque parezca cosa mundana,/ no es asunto baladí./ Quedará usted satisfecho/ si hace un alto en el camino/ y se adentra en las posadas/ de la bajada de Vallespín.

Siga usted mi consejo,/ acéptelo de buena gana,/ en la sobremesa del frío invierno/ una rica sopa castellana/ es lo que agradece el cuerpo/ para desentumecer el alma.

Y si gusta de viandas, / amante del buen yantar, / aquí tiene cochinillo o chuletón / para goce del paladar.

Si le apetece un buen vino —ya que estamos, ¡qué leches!—/ tiene carta dónde elegir,/ desde Cebreros hasta el Tiétar / o de la vega del Alberche.

Y ya para saciar su apetito, / de postre, si le interesa, / unos Huesillos de Ávila / o yemas de Santa Teresa. 

Puedo prometer y prometo, / como diría nuestro primer Presidente, / que, una vez sentado y servido, / de ese mantel escogido/ no encontrará quién le eche.

Ávila de mis amores, / Ávila de mis recuerdos, / si no enloqueció con su belleza / es que jamás estuvo usted cuerdo; / pues no es sólo la más curiosa/ de nuestra España vaciada,/ es que Ávila es la más hermosa/de las ciudades olvidadas.

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