Advertencia “Los personajes y eventos mostrados en este artículo no son ficticios, cualquier parecido o semejanza con eventos o personas, vivas o muertas (el autor del mismo en particular), no es pura coincidencia para nada. Están basados en hechos reales, como cuando Felipe VI hace cualquier cosa. El uso y divulgación del presente texto sin autorización del autor será recompensada igualmente, acorde a un escalado de lectores. De diez a cincuenta con una caña y un bocadillo de calamares. Entre cincuenta y cien: Cocido completo. Más de cien: Fin de Semana en Piedralaves (Ávila) con todos los gastos pagados”.

Se encontraba a gusto entre libros. La visita mensual a la casa de papel, como le gustaba llamar a la Biblioteca Pública de su barrio, era uno de sus momentos favoritos. El laberinto de pasillos no tenía secretos para él y aun así, se le pasaban las horas decidiendo que seis nuevos amigos le acompañarían hasta la siguiente ocasión. Hasta el punto de olvidarse del resto de recados alguna vez.

—Qué más da no llegar a hacer la compra o no ir de tiendas, si al fin y al cabo todo está en los libros, acostumbraba a decir.

Sabía perfectamente dónde acudir para encontrar la pieza adecuada en cada momento, pero le costaba decidirse entre tanta oferta. Su lista de “obras por leer” era inacabable y se alimentaba constantemente, aunque siempre dejaba hueco a los impulsos y corazonadas que le asaltaban en cada nuevo recorrido. Era un defensor a ultranza del libro físico, del papel. No había sucumbido totalmente a la tecnología en este campo y se mantenía como un galo dopado en su reducto “ejemplar”.

Lo que no admitía era que hubiera personas a las que no les gustara leer. Lo rebatía diciendo que todo el mundo tenía un lector dentro, y que si no se manifestaba era porque los libros adecuados todavía no se habían cruzado en su camino. Un creciente número de interferencias externas hacen cada vez más difíciles estos encuentros, pero más emocionantes.

Dentro de su casa de papel tenía un rincón especial; el lugar en el que alfabéticamente estarían sus libros si alguna vez publicara. Entre Benjamin Black y Vicente Blasco Ibáñez, lo que le producía una gran respeto; conllevaba una gran responsabilidad mantener el nivel de la estantería. Aunque siempre podía firmar con seudónimo y forzar el encuentro alfabético con Quintana o Esteban.

Se fiaba mucho del estante de libros recomendados por la propia biblioteca y nunca dejaba de visitar las zonas temáticas o de autores que pasaban por un momento de actualidad, ya fuese por haber obtenido un galardón o por haberles llamado la tierra a filas.

En ambos lugares, los volúmenes allí expuestos tenían pasado el filtro de calidad, y si estaban allí era por méritos adquiridos. El porcentaje de acierto subía exponencialmente en estas selecciones, las más demandadas junto a las novedades.

La distribución de los seis elegidos variaba en temática y siempre buscaba la diversificación. Deformación profesional de financiero, se limita el riesgo de aburrimiento y se amplía el campo de aprendizaje. La última tanda puede servir de ejemplo: dos novelas contemporáneas, una clásica, un libro de cuentos y otro de divulgación científica. Para rematar, una obra de teatro. Ocasionalmente, también le acompañaban a casa poemarios, biografías, tratados de historia, comics o libros sobre deporte, cine y música.

La oferta de contenidos multimedia también captaba regularmente su atención. Había aumentado mucho de un tiempo a esta parte en la biblioteca, y siempre pensaba que más de uno se sorprendería si se dejara caer alguna vez por allí.

El personal le proporcionaba una ayuda imprescindible cuando lo requería y se notaba que a la mayoría le encantaba su labor. Los consideraba el corazón de la biblioteca y el motor necesario para despertar el entusiasmo entre los visitantes y transformarlos en amigos asiduos.

No sé si está demostrado empíricamente, pero la gente acostumbrada a leer es más educada y respetuosa; sabe escuchar, empatizar y comportarse en cada momento y situación. Si todos mejoráramos en estos apartados un poquito, cuántos problemas podríamos evitar en el día a día.

Su casa de papel de referencia era la Biblioteca Pública Antonio Mingote —no podía tener un nombre mejor—. Y desde aquí le gustaría agradecer la labor que hacen los trabajadores de esta instalación y de todas los demás implicadas en acercar la cultura y el conocimiento a las personas, aunque algunas no se dejen.

También quiere reivindicar, a través de este altavoz, un aumento en los recursos destinados a garantizar el acceso a cultura y educación de todas las clases sociales, sobre todo las más desfavorecidas donde su impacto es imprescindible.

Un país que lee es un país que progresa.

Y yo firmo debajo de todo lo que dice.

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