Pase lo que pase ambos contendientes terminarán jadeantes. Exhaustos. Como los protagonistas de la cinta de Bernardo Bertolucci. Porque el combate se prevé sin tregua, acalorado en el otoño parisino, encendido por esa pasión que les ha guiado el resto de su vida. Ahora en estos días crepusculares de sus carreras, en los que cada baile, cada final, amenaza con ser el último achuchón a la gloria, Rafa Nadal y Novak Djokovic se reencuentran en París. Y al contrario de lo que les ocurría a Marlon Brando y Maria Scheneider ellos lo saben todo el uno del otro. Al fin y al cabo no hay rivalidad más repetida en la historia del tenis. Así que en la cita número 56 de este affaire la única tensión sexual no resuelta es saber quien terminará rebozado en arcilla.

Quince años y trece finales después cuesta imaginar que el idilio de la Philippe Chatrier con Nadal pueda romperse justo ahora. Cuando el torneo estudia la colocación de una estatua en honor de quien ha tiranizado esas pistas. Cuando la Ciudad de la Luz se ilumina con carteles que recuerdan al King of clay (Rey de la arcilla). Cuando hasta la prensa gala, encabezada por L’Equipe, se rinde ante su leyenda. Pero Rafa sabe que nada de todo eso saltará a la pista con él cuando hoy (15:00h., Eurosport) acceda al último escalón de la pirámide: “Necesito que el domingo sea mi mejor partido del torneo”, consciente de que la exigencia crece al mismo ritmo que las expectativas a cada paso suyo en París.

Así que a estas alturas Rafa Nadal es una de las pocas certezas que quedan en nuestras vidas. Capaz de imponer su tenis por igual en la primavera parisina o en el otoñal y ventoso París de principios de octubre. Al aire libre o con la nueva cubierta retractil cerrada. Con las pelotas de siempre o con estas más pesadas por la humedad reinante. En todas esas circunstancias, lo único que no cambia en es su tenis camaleónico y su voracidad competitiva para repetir una fórmula que conjuga tres ver verbos: Sobrevivir, gobernar y disfrutar. Con ese patrón ha conseguido que París sea la tierra prometida, un lugar inexpugnable para cuantos se sitúan al otro lado de la red, donde solo en dos ocasiones (Soderling, 2009 y Djokovic, 2015) le han hecho hincar la rodilla.

Ocurre que uno de ellos será el que se sitúe enfrente este domingo. Novak Djokovic es el monstruo de la pantalla final. Invencible esta temporada con 37 victorias. Número uno del mundo y campeón en París en 2016, el serbio puede presumir además de tenerle ganado el cara a cara particular (29-26) al manacorí. Aunque las cifras cambian cuando la lupa se pone sobre los partidos disputados en arcilla (17-7 a favor de Rafa). Desafiante y orgulloso hace tiempo que Novak igualó la batalla psicológica con Nadal, hasta el punto de que ni siquiera la tierra batida de París parece aval suficiente para asegurar el favoritismo de Nadal. Por eso Toni, el tío que cinceló al tenista, no augura un partido sencillo: “Será la final más difícil de Rafael en Roland Garros”. Y desde el box de Djokovic se crecen, aunque las palabras de su entrenador, Ivanisevic, suenan a bravuconada: “Veo pocas opciones para Rafa”.

Pero todo vale en estos momentos para arañar unas décimas de confianza. Porque en juego hay mucho más que un Grand Slam, al fondo del Bois de Boulogne florecen una serie de números redondos que alimentan los espíritus del serbio y el español. La victoria cien del manacorí en la tierra de París supondría también que Rafa contara con tantas Copas de Mosqueteros como su equipo del alma, el Real Madrid, Copas de Europa. Pero el número anhelado es el de 20 Grand Slams, porque ese le sitúa en la mesa de Roger Federer y redimensiona un debate que parecía agotado: ¿Quién es el mejor tenista de la historia? Precisamente por esa gatera pretende colarse Novak Djokovic con la que sería su victoria número treinta frente a Nadal. Todo un hito en la historia del tenis solo al alcance de Novak, quien a sus treinta y tres años aspira a su Majors número 18 para seguir siendo la incómoda piedra en el zapato de Roger y Rafa. Nole tampoco quiere perder el tren de los 20 Grand Slams.

Sucede que lejos de la relación idílica, incluso romántica, que existe entre Nadal y Federer, se sitúa la del manacorí con el serbio. Una relación mucho más distante, que depara partidos ásperos y declaraciones gruesas antes y después de sus combates. Unas contiendas que obligan tanto a Rafa como a Nole a exprimir su físico y llevar al límite sus recursos tenísticos. También el juego mental que se desata entre ambos cuando saltan a una pista de tenis y obligan al espectador a posicionarse en una de las dos orillas sin ambages. Algo que Enrique Ballester resumió así en su columna de ayer: “Cuanto más odias al rival, más te dolerá perder, pero más feliz te hará ganarle. Hay que aceptar ese riesgo, hay que firmar ese trato”. Disfruten de ese placer culpable. Algo similar a lo que Marlon Brando y María Scheneider hicieron cuando aceptaron ese último tango en París.

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