Todavía no hemos encontrado una manera de acercarnos al fútbol de esta temporada. Las condiciones en las que se están jugando los partidos han cambiado, pero los aficionados seguimos usando criterios de tiempos pasados porque el hombre es un animal de costumbres y el amante del fútbol lo es aún más. Más fiel a las costumbres, quiero decir, no más animal.

Como decía Ortega y Gasset, hay que enfrentarse a los problemas dando un rodeo y, para el tema del fútbol, el mío me ha llevado al mundo del boxeo. Tampoco es nada extraño porque, terminada ya su lectura, sigo dentro de La dulce ciencia, donde una parte de mí ya se quedará a vivir como el que se enamora de un paisaje y se compra una casa con lo básico desde la que, inevitablemente, seguirá mandando postales.

La dulce ciencia recoge una serie de crónicas de combates de boxeo en las que el autor, A.J. Liebling, narra todo lo que rodea a cada uno, desde peleas pasadas de los boxeadores, a precisos perfiles de managers, representantes y aficionados. Su enfoque incluye sesiones previas de entrenamientos con sparrings en campamentos de entrenamiento o gimnasios y los preliminares, esos combates previos a los principales en los que demuestra el oficio y el interés por ese deporte al detenerse en enfrentamientos que otros pasarían por alto. No solo el demonio se muestra en los detalles. También la pasión.

Es ese ambiente de los preliminares, más que el del combate estrella, el que se parece a lo que estamos viviendo en el fútbol. Las sillas que rodean al cuadrilátero todavía no se han ocupado, los periodistas van llegando a la zona reservada, los aficionados apuran sus cervezas en lugares como el Neutral Corner, en la esquina suroeste de la calle 55 y la Octava Avenida, y los que pueden intentan ocupar una localidad más cara que la que les corresponde pegando la espalda al número de la silla para que nadie pueda leerlo.

Supongo que los jugadores, como esos boxeadores de los preliminares, tratan de cumplir con su trabajo dignamente, pero la diferencia entre lo que ofrecen y lo que podrían dar es exactamente la misma que hay entre esos combates previos y el principal. Por mucho que traten de convencerse de que todo va en serio, basta para rendirse con echar un vistazo a las gradas y percibir que el silencio que los rodea es el de una estepa rusa después de una noche con copos de nieve como pompones.

Liebling deja bien claro que lo que se ofrece en los preliminares es boxeo y que también se puede disfrutar de él siempre que se acepten sus limitaciones: menos asaltos por combate de los que no se obtendrá mucho porque los boxeadores no tienen tiempo para cansarse y “no se aprende nada hasta que no se está cansado”.

No hay duda de que en los partidos actuales también hay fútbol, pero para disfrutarlo del todo hay que rebajar el nivel de exigencia como el crítico gastronómico que levanta la tapa de la bandeja de su cena en su cama del hospital. Caldo de pollo, merluza fría, un trozo de pan de cuando Kim Kardashian se hizo su primer retoque estético y un yogur de coco en el que te puede tocar una figura de Cobi en la tapa. No hay lugar para la queja. Ahora se trata de que los equipos y los aficionados conservemos la salud. Ya llegarán de nuevo los tiempos de la cocina molecular, los platos con varios apellidos y el maridaje por copa.

Todos querríamos que los encuentros tuvieran la consistencia del plato principal, pero hay jornadas en la que el fútbol, en vez de avanzar, da un paso atrás y, abandonando el cuadrilátero, se refugia en los gimnasios o en los campamentos de entrenamiento. Son esos partidos en los que tienes la impresión de que tu equipo está haciendo de sparring para el rival.

La función del sparring es parecerse lo más posible al boxeador al que se va a enfrentar la figura que se entrena con él. Cuando Joe Louis se preparaba para su combate frente a Rocky Marciano se buscó como sparring a Elkie Brothers, un boxeador achaparrado y potente como el propio Marciano, del que imitaba su golpe con la derecha por encima del hombro. Marciano, por su parte, tuvo como sparring a Jimmy DeLange, un joven peso pesado, alto y delgado como Louis. Durante los entrenamientos, el boxeador va aprendiendo de los golpes del sparring en el único escenario en el que se puede defender tranquilamente que “la letra con sangre entra”.

 En esta temporada no lleva mucho tiempo descubrir en qué partido, por ocultas razones que tienen que ver más con la energía de la cabeza que con las de las piernas, a tu equipo le ha tocado hacer de sparring. Cada jugador lleva su dorsal, se coloca en la parte del campo que le corresponde y se mueve por él según lo esperado, pero con la misma intención frente al rival con la que la vacuna entra en el cuerpo: prepararlo para un escenario real sin provocar ningún daño en el organismo. Como hincha del equipo cuesta adaptarse a este contexto en el que parece que el corazón de tus jugadores latiera con una intensidad más propia del proceso de hibernación, como si, en vez del túnel de vestuarios, hubieran salido de una gruta en la que hubieran permanecido con las variables corporales al mínimo, esperando que, no importa el mes que sea, caiga la mascarilla y vuelva la primavera a los estadios.

Siendo esta situación mala, aún puede darse una peor: esos encuentros en los que los dos equipos saltan al campo con la intención de hacer de sparring frente al otro en unas jornadas extrañas para las que nadie está preparado. Los cronistas no dan con el adjetivo apropiado, los jugadores practican nuevas formas de fallar y los entrenadores parecen más motivados en darles instrucciones a los rivales que a sus propios jugadores.

Supongo que todo esto se debe a la falta de público en los estadios. Con el tiempo veremos estos meses como un gran experimento en el que se comprobó que en el futuro no habrá campos de fútbol sin espectadores. Que por mucho que nos rodeemos de pantallas, como aficionado siempre será necesario tener alguien al lado con el que comentar el partido para evitar, como decía Liebling, “volver a ese desarrollo social pretribal, cuando la familia era la unidad conversacional de mayor tamaño”. Y, como jugador, siempre necesitarás los gritos de los hinchas para acompasar el ritmo de tu corazón al de ellos cuando lo notes lleno de estalactitas y el cuerpo te pida echarte una siesta de varios meses.  

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