Pocas veces en los banquillos de un Clásico habrá habido un golpeo tan exquisito. También tan contundente. Un puñado de goles de faltas sazonan la trayectoria del Ronald Koeman futbolista. El repertorio de Zidane abarca mucho más que los libres directos de los que también era un especialista consumado, por más que la mejor parábola fuera la de aquella noche lluviosa en Glasgow. Uno y otro en su estilo son protagonistas de dos obras de arte en una final de Copa de Europa. Dos disparos para cazar la Orejona que de alguna manera representan no solo su carácter y su filosofía en un banquillo, también el estilo con el que ahora uno y otro dirigen a Barça y Madrid. Esta noche, ambos, se cruzan por primera vez en la pugna más clásica de nuestro fútbol con más urgencia de las deseadas.

Las similitudes entre Ronald y Zinedine van más allá de su extraordinario golpeo de balón. Uno y otro llegaron al Madrid y al Barça en época de turbulencias, por más que Koeman haya iniciado su proyecto desde el principio de temporada. El clima que viven los azulgrana, a vueltas con la moción de censura, las inminentes elecciones, el escarnio del 2-8 frente al Bayern, al que siguieron la salida de algunas vacas sagradas y el desencanto de Messi hacían de Can Barça una olla a presión en la que pocos sabrían manejarse. En medio de esa marejada fueron muchos los que interpretaron la llegada de Koeman como el último escudo de Bartomeu, un nuevo cromo tras el que refugiarse, el icono de la primera Copa de Europa como tabla de salvación.

Zidane fue eso mismo para Florentino Pérez. El último parapeto en el que esconderse tras el fiasco de Rafa Benítez. Tras echar a Ancelotti, el proyecto del madrileño saltó por los aires a los pocos meses. En 2016 el curriculum de Zidane era el de una leyenda del fútbol que atraía los flashes y las multitudes en los campos de la Segunda B española. Cierto que había formado parte del staff técnico de Carlo Ancelotti con el que se conquistó la Décima, pero su papel era más figurativo que representativo en aquel banquillo. Un entrenador en prácticas que tuvo que curtirse primero en el Real Madrid Castilla antes de dar el salto al primer equipo. Cuando lo hizo, supo recomponer a un Madrid desnortado y con la liga perdida. Bajo el mando sosegado de Zidane, el grupo recuperó la confianza. Lo siguiente fue recuperar la ambición. El mensaje de Zizou calaba en jugadores y afición. Porque unos y otros no veían a un entrenador sentado en su banquillo sino a la leyenda del fútbol mundial que años atrás había deleitado al Bernabéu. Que después ganara tres Copas de Europa es tan sencillo de explicar como aquel golpeo de mayo del 2002.

Zidane solo ha perdido dos de los nueve enfrentamientos ante los azulgrana como entrenador. CORDONPRESS.

Zidane cautivaba con su sonrisa. Durante un tiempo esa fue la respuesta a cualquier pregunta en la Casa Blanca. Koeman ha sonreído menos en Barcelona. Su gesto torcido se explica no solo por el volcán en erupción que lleva siendo la entidad en este 2020, sino también por alguna de las renuncias (Depay, Eric García) que ha tenido que hacer en forma de fichaje. Aunque el neerlandés, al igual que le ocurrió a Zidane, conocía la casa antes de llegar por lo que las sorpresas son siempre relativas.

Así que Koeman tan directo y contundente como ese desplazamiento en largo con el que hacía las delicias de Johan Cruyff ha ido imprimiendo poco a poco su sello al equipo. No le ha temblado el pulso para cambiar el dibujo táctico, para sacrificar el 4-3-3 (otrora pecado mortal en Barcelona), para sentar a alguna vaca sagrada y para dar la alternativa a chiquillos como Pedri o Trincao, dos recién llegados. Entre medias ha recuperado las dobles sesiones o los entrenamientos del mismo día de partido. Una normalidad que deja en mal lugar a sus antecesores. Su talante y personalidad también se ha escenificado en la sala de prensa donde ha sido crítico cuando sus futbolistas han estado por debajo de su nivel sin importarle si se apellidaban Griezmann, Busquets o De Jong. Incluso el nombre de Messi ha sido pronunciado en vano: «El rendimiento de Messi puede ser mejor».

Además de confiar en los jóvenes, Koeman ha recuperado a jugadores como Coutinho. CORDONPRESS.

Algo más confundido se ve a Zidane en esta segunda etapa. Como si la estela de esas tres Copas de Europa se hubiera esfumado con la marcha de Cristiano a Turín. Está también, qué duda cabe, el desgaste que provoca el paso del tiempo y un mensaje que a falta de caras nuevas no ha sabido renovarse. Zidane domó el vestuario de egos que siempre fue el camerino blanco con la misma elegancia con la que controlaba esos balones llovidos del cielo y todos supimos apreciar su liderazgo calmado, su discurso sin estridencias, hasta sus rotaciones inverosímiles. La llaga siempre fueron sus recursos tácticos para modificar el rumbo de los partidos y ahí acudíamos siempre periodistas y aficionados para poner el dedo.

Pero Zidane fue capaz de ganar una Liga de mínimos. De alguna manera, el técnico galo repitió la jugada que Valverde hizo en su día en Barcelona, tras la marcha de Neymar. En un Madrid con sordina, falto de eficacia ofensiva y con una columna vertebral entrada en años, supo juntar al equipo y construir una solidez defensiva (4 goles recibidos tras el confinamiento) a partir de la cual edificó sus victorias. Zizou había desempolvado sus apuntes italianos y la jugada le había vuelto a salir bien. Pero el Madrid ha seguido envejeciéndose en esta nueva temporada. Ramos, Modric o Benzema avanzan con paso firme hacia el ocaso sin relevo que les permita siquiera descansar. Las lesiones (Hazard, Carvajal, Odegaard) le han permitido pocas alternativas y los más jóvenes no terminan de quitarse el cartel de meritorios. Tampoco desde la pizarra (otra vez el dedo en la llaga) parecen llegar soluciones.

Así que con ese panorama, Zidane y Koeman llegan a un clásico más descafeinado que en anteriores episodios. El francés exprimiendo al máximo un equipo y un discurso que empieza a dar síntomas de agotamiento. El neerlandés agitando un vestuario agrietado en el que los roles han saltado por los aires y la revolución de los jóvenes se abre paso entre las vacas sagradas. La victoria siempre necesaria en los dos colosos de nuestro fútbol cortaría la hemorragia blanca de resultados, mientras que para Koeman sería un nuevo espaldarazo a su proyecto y a sus ideas. El balón echa a rodar en un rato y uno y otro saben que como en aquella tarde de mayo de hace ya tantos años solo les vale que el esférico termine alojado en las mallas del rival. Así de urgente es esto del fútbol. Incluso para las leyendas.

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