El columnista de fútbol está acostumbrado a derrochar frases grandilocuentes en escenarios que son bastante más humildes que el verbo empleado para describirlos. Inclinado por defecto hacia las metáforas ampulosas, en múltiples ocasiones corre el riesgo de despeñarse en medio de preciosismos, aferrado a ocurrencias mucho menos ingeniosas de lo que su ego se piensa, un poco atrapado por el síndrome de Pantomima Full —en su cabeza era espectacular —. Como confeso simpatizante del Granada, la posibilidad de sublimar retóricamente su primera clasificación para una fase de grupos de un torneo europeo me tentó toda la semana; hay que comprender que un rival sueco ofrecía muchas opciones. Uno carraspea y las líneas de la crónica salen solas: “Durante siglos, los vikingos amedrentaron el continente europeo con sus correrías. Tiene algo de poético que, para abrir la puerta de Europa, el Granada haya tenido que derrotar a los descendientes de sus ancestrales enemigos”. Un ligero aroma a naftalina, es verdad, aunque acaso no resultan entrañables Cuéntame cómo pasó, las chaquetas con coderas o las canciones de los Tres Sudamericanos.

De cualquier forma, mucho habría que ejercitar la imaginación para identificar a los bisnietos de Ragnar Lodbrok entre los integrantes de la plantilla del Malmö. El equipo nórdico, histórico en estas eliminatorias previas, demostró una rusticidad más tosca que fiera, apenas capaz de generar ocasiones que no fuesen fruto de balones colgados al área azarosamente. Así llegaron dos buenas paradas de Rui Silva y su único gol en el partido, que constituyó una perfecta ilustración de su rudimentaria táctica: un saque de banda dirigido hacia un barullo en el área y culminado tras varios rebotes. Para entonces el Granada ya había dejado muestras de una calidad superior en los pases y la definición con el primer tanto de la tarde, exquisita jugada de Puertas que burló con una verónica al defensor –los españoles también tenemos tópicos salvadores para el cronista- y entregó el honor de empujarla a Machís. Al descanso se llegó con un empate en el electrónico, pero la comparativa de actitud y sensaciones presentaba mucho menos equilibrio.

Tras la reanudación, los rojiblancos mantuvieron una serenidad impropia de su inexperiencia y trataron de buscar la superioridad en los costados. El premio no se hizo esperar: en torno al minuto 57 Carlos Neva templó una pelota y de nuevo Puertas  controló con categoría, esperando a que el portero rival se venciera para colocar el esférico en el lado contrario. Llegados a este punto, la verborrea pretendidamente elocuente apenas se puede contener; uno tiene que atarse las manos para evitar citar a Bob Dylan con el predecible juego de palabras acerca de una llamada a las puertas del cielo, más oportuno que nunca.

No obstante, el Granada no cejó en su empeño atacante, permitiendo a otros jugadores compartir protagonismo y así esquivar el infame chascarrillo. La veteranía de Soldado desgastó a los centrales del Malmö con su duelo particular y, una vez exhaustos, Yangel Herrera aprovechó para entrar como una exhalación entre ellos, fusilando a un inmóvil Johansson. Con la clasificación en el bolsillo, el conjunto granadinista se dedicó a ocupar los minutos hasta la gloria circulando el balón en una cadena de pases perpetua, quién sabe si para aprovechar el césped cuidado de un coqueto estadio europeo, un decorado que durante más de treinta años de pelea en campos de tierra jamás se atrevió a soñar. Con el pitido final se certificó una hazaña tan grande que ni siquiera el reguero de desproporcionadas boutades de un emocionado columnista puede empañar. Felicidades.  

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